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La política de la verdad en El Salvador

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La verdad es el conjunto de ideas que se posicionan en un colectivo social determinado como aceptables, defendibles y provechosas. Es decir, la verdad no es una idea por descubrir o aceptar, más bien es definida a través de un conjunto de mecanismos diferenciadores.  

Estos mecanismos hacen funcionar las ideas identificadas como verdaderas, y sancionan aquellas ideas identificadas como falsas. Designan a las personas encargadas de difundir la verdad, y desarrollan las técnicas para su obtención. A la forma concreta que estos mecanismos toman en cada sociedad le podemos llamar la “política de la verdad”. 

Todo lo anterior al menos desde la perspectiva del francés Michael Foucault. En su libro “La Microphysique du Pouvoir”, específicamente en su primer capítulo llamado “Vérité et Pouvoir, desarrolla esta definición y construcción de la verdad. Esta visión se posiciona directamente contra las interpretaciones positivas del mundo, dominantes en el paradigma de la modernidad del conocimiento científico. 

En el caso salvadoreño, así como en el francés, existen por lo menos dos elementos históricos que caracterizan como semejantes sus respectivas políticas de la verdad. En primer lugar, la producción y transmisión de la verdad, no exclusiva pero preponderante, a través de los medios tradicionales de comunicación. En el caso francés, la producción y difusión de la verdad es compartida con la academia, situación que en nuestro país apenas está iniciando. 

En segundo lugar, tanto en el caso salvadoreño como francés, y quizás en todas partes del mundo – guardando la reserva de las generalizaciones inapropiadas – la verdad es objeto de debate político y confrontación social. En otras palabras, es el contenido de las luchas ideológicas – donde también participan aquellas ideologías caracterizadas por un centrismo simbólico o un negacionismo ideológico – por definir proyectos viables a largo plazo de convivencia humana. 

Algunas personas pueden no compartir esta forma de definir la verdad, y estén en desacuerdo con la superación del paradigma positivista de la modernidad del conocimiento científico. Puede que esos individuos no estén de acuerdo con el llamado paradigma de la postmodernidad, definido por Boaventura de Santos Souza en su libro “Um discurso sobre as ciências”, como un conocimiento prudente para una vida decente. O con el paradigma de la modernidad líquida, desarrollado por Zygmunt Bauman en su libro “Liquid modernity”, como una etapa donde las definiciones de los conceptos se transforman a un ritmo acelerado y constante para mantener su vigencia frente a la realidad social. 

Sin embargo, aunque no sean aceptadas estas transformaciones en el paradigma dominante, cada vez es más difícil negar la transformación de la política de la verdad a nivel internacional, y el caso de El Salvador no es la excepción. A manera de ejemplo, los medios de comunicación tradicionales están siendo desplazados por las redes sociales como herramientas de construcción y difusión de la verdad.  

De igual forma, las ideologías están dejando de ser los elementos de cohesión de las organizaciones sociales llamadas partidos políticos, los cuales están iniciando a cohesionarse con base a temáticas específicas: lucha contra la corrupción, sostenibilidad medio ambiental, nacionalismo, antiinmigración, etc. 

En este contexto de transformaciones de la verdad, como sociedad debemos plantear preguntas generadoras de debates epistemológicos profundos. Sin intención de crear una lista taxativa puedo señalar algunos ejemplos: ¿Es beneficioso para las mayorías que conforman la sociedad salvadoreña la modificación de los canales de creación y difusión de la verdad? ¿Debemos enfocarnos en concientizar a las personas de acuerdo a la verdad que creemos beneficiosa o debemos enfocarnos en construir nuevos mecanismos de creación de la verdad? ¿Cuáles son los beneficios y límites de organizarnos sociales con base a temáticas y no con base a ideologías dentro de un mundo eminentemente ideológico?  

Estas interrogantes y más deben ser parte de un proceso de autodescubrimiento como sociedad. Solo así podremos construir un proyecto viable de convivencia humana a través de mecanismos democráticos.  

Finalmente, pienso que la academia salvadoreña – entendida como universidades, tanques de pensamiento/acción y observatorios sociales – tiene el desafío histórico de asumir un rol importante en este proceso. Debe ser capaz de dar unos pasos a la periferia de la transformación de política de la verdad, para de esa forma poder analizarla y ayudar a la construcción de las preguntas epistemológicas que deben encontrar sus respuestas en la sociedad en general. 

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