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Claudia Lorena Turcios

Claudia Lorena Turcios

Fundadora de Los Castaños Alternative Education. Estudios de Comunicaciones y Periodismo y Licenciatura en Educación.

¿Le he fallado al Sistema o el Sistema me ha fallado a mí?

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En medio de la cotidianeidad que viven las familias salvadoreñas, resulta imposible no preocuparse y analizar de qué manera los hijos afrontan cada día su realidad educativa en las escuelas. Es uno de los temas fundamentales, que mantiene el equilibrio emocional en los hogares, sin ignorar el hecho de cuánto más les preocupa a los propios niños, cumplir con las exigencias de un Sistema Educativo bastante exigente, pero irónicamente avaro. Le preocupa a la gran mayoría y, de hecho, esa preocupación, en el transcurso del tiempo, se transforma en el inicio de una enorme cadena de frustraciones y autopercepciones completamente erradas.

¿Le he fallado al Sistema o el Sistema me ha fallado a mí?

La educación tradicional en El Salvador ha tenido desde hace décadas una importante evolución en sus propuestas, un tropezado proceso de modernización y una creciente deuda histórica con la niñez y la juventud de este país. No se trata de establecer juicios de valor arbitrarios, sino de reunir las piezas que conforman la extraña imagen del “estudiante exitoso” que demanda la sociedad a través del sistema. Si atravesamos la realidad educativa con una lupa, podemos encontrar los orígenes del fracaso escolar, pero también un brote de buenas intenciones y valiosos esfuerzos por mejorar la oferta educativa a nivel nacional. Lamentablemente, si acudimos a las estadísticas, la realidad nos tumba fácilmente: no tenemos un sistema educativo que entienda y se preocupe verdaderamente por lo que la población estudiantil demanda y, a la vez, el mismo sistema no tiene, ni ha tenido, el apoyo necesario de ningún Gobierno, a pesar de sus buenos deseos y los apaciguadores efectos fugaces de su estrategia publicitaria.

Si aterrizamos en el tema, el preocupante incremento en el índice de diagnósticos médicos asociados con el TDH (Trastorno de Déficit de Atención); las manifestaciones de estados de estrés en los niños; la poca capacidad de los docentes para manejar los conflictos en las aulas; la numerosa cantidad de estudiantes que acuden a un mismo salón de clases; la insuficiencia de recursos materiales y económicos para abastecer las necesidades de los centros educativos; la constante migración de una escuela a otra por parte de los niños y adolescentes, la poca atención brindada a la educación emocional y a las tendencias vocacionales de los alumnos, por mencionar algunos ejemplos, son aspectos de urgente tratamiento, pero se diluyen desenfrenadamente entre las numerosas páginas de los manuales y programas educativos. Tantos padecimientos, en muchos casos, no son más que el reflejo de un sistema disfuncional y de una preocupante cantidad de familias con el deber de autoanalizar su propio sistema de crianza. Ante este panorama, se vuelve absolutamente válida la gran pregunta que se plantean los estudiantes: ¿Le he fallado al sistema o el sistema me ha fallado a mí?

Señales inequívocas de la necesidad de un cambio

Al analizar los espacios donde ocurre el proceso de enseñanza (debería ser “acompañamiento”), se vuelve contundente la necesidad de una reingeniería, tanto en los ambientes y disposiciones de los salones de clases, como en las normativas internas para la organización del trabajo y la disciplina en las escuelas. Esta no es solamente una parte de la realidad nacional, sino la de toda Latinoamérica. Los niños se aburren y nadie atiende esa petición de auxilio, ni se le da la importancia que requiere. Un niño inquieto muchas veces quiere decirnos: “no comprendo esto que me dices”, “no me siento cómodo”, “necesito otra forma de recibir las clases”, o simplemente un agente externo (una situación personal) hace que se desenfoque. No sabemos leer los mensajes de los estudiantes. No queremos, quizá. La zona de confort que nos provee el sistema educativo imperante, nos bloquea la creatividad y el instinto de iniciativa para promover cambios urgentes. Todo lo anterior es apenas un ligero esbozo de la realidad que viven los niños día a día. Agreguemos a ello, el acoso escolar, los elevados índices de criminalidad, la poca atención a la salud emocional y la poca práctica de la disciplina positiva: estamos minando el ímpetu, la alegría y el disfrute de los niños por el aprendizaje.

¿Qué soluciones ofrecemos a estas problemáticas?

Podríamos crear una infinita cantidad de documentos, con tantas ideas, con propuestas, y aun así necesitaríamos toda la voluntad que hasta ahora no ha existido por parte del Estado y del sistema educativo mismo.

Frente a esta realidad, tiene un buen tiempo desarrollándose en el mundo, y mucho en Centroamérica, la práctica basada en un concepto diferente de educación. Una manera propositiva de enfocar todos los esfuerzos en la atención de la salud emocional y mental de los niños, así como en impulsar sus talentos, redescubrir su intelectualidad y la importancia en la firmeza de normas y hábitos responsables: la educación alternativa. La misma comunidad ha tomado en sus manos la importante decisión de ser más conscientes de las necesidades de la población infantil. Son cada vez más países los que se suman a proyectos educativos renovadores, cuya práctica educativa defiende al niño como centro del proceso educativo. La educación tradicional enfoca al docente como el centro de este proceso, aunque en El Salvador ya hay visibles algunos esfuerzos por transformar esta visión. “Los procesos educativos alternativos, implican la práctica de metodologías dinámicas y la construcción de nuevas oportunidades de formación en lo técnico-vocacional y en lo lúdico-artístico-cultural, así como una educación relacionada (conformación de redes solidarios) (en contraposición de una educación de proyectos aislados).

La educación alternativa que se orienta a inspirar y formar docentes que se comprometen con su desarrollo personal y el de su comunidad. Implica necesariamente una dinámica incluyente, nunca excluyente en sentido alguno.

Esta educación alternativa puede construirse tanto dentro de un contexto escolar formal como contextos totalmente extra-escolares, o alguna combinación de ambos. Además, la alternatividad también consiste en el hecho que sea una educación orientada al aprendizaje conjunto desde, en y para la vida, no una educación únicamente orientada a obtener calificaciones, aprobar exámenes y conseguir títulos.” (Maribel Ochoa, Abaco en red, Nicaragua)

Lo alternativo de la educación puede caracterizarse desde diferentes ámbitos del quehacer educativo:

  1. Una educación alternativa por construir oportunidades a personas no integradas e históricamente excluidas del sistema escolar.
  2. Un carácter alternativo por desarrollar una metodología orientada al aprendizaje consciente, activo y significativo de cada una/o de las y los participantes, incluyendo el o la facilitadora. Esto mismo tiene, por supuesto, consecuencias para el proceso de construcción curricular.
  3. La alternatividad de la educación definida por valores: cooperación y solidaridad en las competencias. 
  4. Educación alternativa es aquella que procura llenar vacíos del sistema educativo nacional en cada país. Los espacios educativos que responden a necesidades no cubiertas por el sistema, como formación técnico-vocacional, construcción de capacidades emprendedoras, liderazgo comunitario, liderazgo político juvenil, entre otros.

Dicho esto, no se vale sostener una pugna entre la educación tradicional y la educación alternativa, sino más bien equilibrar y transformar la primera, con el sentido humano que nos ofrece la segunda basada en el desarrollo personal y emocional. Se trata de hacer transformaciones y unir esfuerzos, no de construir guerras inútiles entre dos sistemas educativos predominantes. Es necesaria una transformación. La puesta en marcha de una propuesta reveladora y urgente. Una que nos asegure el completo desarrollo de mujeres y hombres más conscientes y libres.

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