Jennifer Coreas

¿Qué cambia cuando los chicos leen y escriben?

Ya casi son las nueve de la mañana. La cancha y los pasillos del centro parecen estar aún despertando. Calma y serenidad, chicos por aquí y por allá. Me asomo a la puerta para saludar a los que van entrando uno a uno al salón de clase. Visten tatuajes, sonrisas y gelatina para el pelo. Llamaré Ricardo, Pablo y Juan a los chicos que hace tres años fueron mis estudiantes de escritura creativa en el Centro para la Inserción Social El Espino.   

Ricardo tiene 17años; Pablo, 16 y Juan, 18. Estos tres chicos tienen condenas de entre 10 y 15 años y pasarán la mayor parte de su adolescencia en este centro. A esa edad, a los 17, yo estaba entrando a la universidad.  

Los chicos de este centro se inscribieron al tallerSoy Autor: Escritura Creativa para la Paz, de ConTextos, para escribir y publicar un libro sobre una historia de sus vidas. Algunos escriben sobre su familia, sus hijos y otros sobre el día en que fueron encarcelados. Para muchos, esta es la primera vez que cuentan y comparten sus historias con otros: y entre risas, lágrimas, frustraciones, silencios y juegos, los autores de esta clase ya han terminado de escribir su primer borrador. Además, han leído muchos libros. Les he dicho que: “para ser buen escritor, hay que ser un fantástico lector”. De hecho, después de cada clase, tal como una biblioteca regular, los autores prestan uno o dos libros para leerlos dentro de los sectores y de esa manera, imaginar, conectar y soñar con las historias de otros autores.  

¿Qué cambia cuando los chicos leen y escriben? Los autores y autoras que han participado en este taller visitan sus vivencias para encontrar aquellos momentos que han marcado un antes y un después en sus vidas. Para muchos autores, este gran cambio sucedió cuando tenían 10 años y se encontraban viviendo y sobreviviendo en las calles; para otros, este hito importante de sus vidas se refleja a los siete años, cuando experimentan la soledad total después de pérdidas en la familia. Los autores y sus comunidades nos han demostrado que las historias transforman realidades, relaciones y experiencias, por lo que contextualizamos el proceso de Soy Autor desde una perspectiva de prevención de violencia, inserción y reconciliación.  

Comencé este camino con ConTextos en el 2013 cuando tenía 22 años, construyendo y resignificando historias con adolescentes y adultos en contextos de encierro, escuelas y comunidades, y aunque siempre me gustó leer y escribir, nunca lo había hecho en comunidad, con conciencia de audiencia y escuchando las historias de otros.  

En El Espino, el taller de Soy Autor está a punto de iniciar y mientras el resto de los autores entra al salón, Ricardo me entrega el libro que prestó la semana pasada y se va a la biblioteca para escoger el libro que se llevará hoy. Observo a Ricardo explorar los libros y los juguetes estériles sobre el estante, y entre todas las opciones escoge la figura de Bob el Constructor y la pasea sobre la superficie del estante. Construyo la historia en su imaginación: Bob tiene que cruzar la estantería para reparar el ventilador que se descompuso… Está jugando por un instante. Un libro lo distrae y se pone a hojear la enciclopedia de dinosaurios y luego el libro de cómics. Tengo que llamarlo para que se incorpore a la media luna de sillas para así iniciar la clase. Sé que ha habido requisa en el centro esa semana así que lo primero que les pregunto es si tienen sus cuadernos. Todos dicen que sí.  

Cada clase inicia con una ronda en la que todos debemos tomar turnos para compartir. Utilizamos generadores de diálogo como: “si este día fuera un árbol, sería…” o “me siento orgulloso de mí mismo cuando…” o “lo que tú no sabés de mí es que…”. El generador de diálogo que utilizamos depende del objetivo de la clase. El objetivo de la clase de este día es proyectar su intención como autores o el mensaje que quieren transmitir, a través de ilustraciones, ya que este día comenzaremos a ilustrar el libro.  

Uno a uno los chicos comparten su intención como autores: que mi mamá sepa cuánto la quiero, que mi mamá sepa que al salir la voy a cuidar como se merece, que mi abuelita me perdone y que sepa que yo he cambiado…”. Y así, sigue la ronda. Y yo les creo.  

Yo les creo. 

Les creo porque la escritura me ha hecho conocer la mejor versión de ellos mismos. La escritura ha sido la excusa perfecta para explorar una parte de ellos que por tanto tiempo ha estado oculta. Y esa parte es preciosa.   

Es difícil trabajar en los centros de inserción o en los penales, pero no por las razones que uno pensaría. Es difícil porque existe una paradoja constante entre identidades. El Ricardo juguetón, curioso y atrevido coexiste con el Ricardo que a los tantos años “brincó”. El Juan que sueña con que su hijo sepa que su padre lo ama, vive con el Juan que un día decidió tatuarse la cara. El Pablo que pide perdón a su abuelita es el mismo que recorrió las calles del barrio.  

¿Quién es el verdadero Ricardo?  

¿Con qué versión nos quedamos?  

Yo soy la Jennifer que escribe esta historia, pero también la Jennifer que bailó hasta las 2:00 a. m. el otro día; soy Jennifer, docente por vocación y amor, y la misma que faltó a clases de la universidad por dos meses. Soy Jennifer, la que provocó un accidente de carro donde iba una mujer embarazada y la misma que lloró y suplicó perdón a esa mujer.  

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