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El desafío en Nicaragua no es solo Daniel…

Nicaragua se encamina, en abril, a cumplir el segundo aniversario del intento fallido de sacar del poder a Daniel Ortega, acción ejecutada por un grupo de organizaciones de la sociedad civil y jóvenes universitarios, hoy se enfrenta a luchas internas a las que denominan: normales.  

Al hacer un poco de memoria, este movimiento surge separado de los partidos políticos tradicionales y constitucionales. El objetivo fue el de generar cambios en Nicaragua que permitieran, según ellos, la democratización del sistema político. 

Dentro de algunos sectores de la sociedad se exigía la salida inmediata y sin condiciones del presidente Daniel Ortega. Acción demostrada desde el inicio del dialogo nacional convocado una semana después del estallido social por el gobierno bajo la tutela de la Iglesia Católica. 

La estrategia utilizada por Daniel fue la de escudarse en la Asamblea Legislativa, el Concejo Electoral y el aparato de justicia, organismos en los que él tiene el control, por lo que argumentó que la única salida del poder sería por medio del voto y por ello se descartó el adelanto de elecciones. Hay que esperar hasta el 2021.  

Daniel se retiró una semana después del dialogo llamando a la crisis sociopolítica “un intento de golpe de Estado”. La policía junto a paramilitares sandinistas, rompieron violentamente los tranques en carreteras y se prohibió cualquier manifestación popular. Los resultados oficiales señalan unos 150 muertos mientras que la oposición los eleva a más de 450.  

A inicios del 2019, un grupo de fuertes empresarios junto con el Nuncio Apostólico se reunieron con Ortega, con el objetivo de solicitar una nueva agenda de dialogo. El punto principal era la aprobación de una ley de amnistía para la liberación de los presos políticos y la investigación por las muertes de ambos bandos. 

A finales de 2019 se formó una nueva incertidumbre: cómo lograr la unión entre la oposición cívica, pasando por los partidos políticos tradicionales.  

El diputado del partido Conservador Alfredo César reconoció, a principios del mes de enero, la necesidad de unirse a la Alianza Cívica, pero advierte que hay que resolver el problema que genera la intolerancia de que ven crítico todo lo que “huela a sandinismo”. 

Por hoy, pareciera que el problema no es Daniel, más bien es el disolver los tranques internos existentes entre tantas organizaciones civiles, que lo único en lo que están completamente de acuerdo, es en la creación de una gran coalición para sacar del poder a Ortega. Hay que recordar que ese histórico acuerdo se logró solo con la imagen de Violeta Chamorro en 1990. 

Pero, el 12 de enero, la Coordinadora Universitaria anunció su retiro de la Alianza Cívica, e incorporarse al movimiento Unidad Nacional Azul y Blanco, esta entidad alberga ocho organizaciones de jóvenes pertenecientes a la Universidad Autónoma de Nicaragua (UNAN). 

“Queremos dejar claro que no se trata de ninguna ruptura. Por el contrario, es para abonar al sistema de unificación de fuerzas y voluntades en diferentes plataformas”, recalcó Juan Quiroz miembro del movimiento estudiantil UNAM. 

Los Azul y Blanco representan 43 organizaciones sociales y fue creado en octubre de 2018, con el objetivo principal de construir una Nicaragua en democracia y libertad. Para alcanzarlo, reza sus orígenes, es indispensable la salida de Daniel Ortega Saavedra. 

Pero frente a estas presiones existe otra realidad que tienen que enfrentar. Según la reciente encuesta publicada el 12 de enero, por M&R Consultores, Daniel Ortega cuenta con el 52 % de simpatía, y el 55 % de los consultados consideran que Ortega lleva al país por el buen camino. Por otra parte, el sondeo refleja también que la oposición logra un estéril 9 % de simpatía. 

Ortega, desde que llegó al poder en el 2007, siempre ha salido favorable en las encuestas y ha logrado dividir hasta a la misma oposición política integrada por cinco partidos, que cuentan con poca credibilidad por parte de la población, aunque esto no signifique que Daniel se gana todos los aplausos. Más de un 35 % no responde o se mantienen alejados de la opinión en las encuestas. 

En diciembre pasado, Daniel Ortega llamó al dialogo para trabajar sin especificar qué artículos se reformarían de cara a las elecciones del 2021.

Hoy da la impresión que quienes quieren dar tiempo hasta las elecciones presidenciales son las mismas organizaciones que por hoy, no han logrado ponerse de acuerdo para elegir a un líder que los represente a la presidencia. 

Mientras tanto, Daniel con su maquinaria de propaganda en todos los medios de comunicación social del cual es dueño, ha logrado minimizar la percepción negativa que algunos sectores nicaragüenses dentro y fuera del país. 

Finalmente, se une a esta incertidumbre, la crisis de vida por la que han pasado miles de nicaragüenses que se refugiaron en Costa Rica a la espera de algún apoyo por parte de las organizaciones en el exilio. 

Personas que perdieron sus empleos, incluso dejando deudas bancarias pendientes, entidad que ha sido una de las más golpeadas en la crisis tras el cierre hasta los primeros quince días del 2020, de más de un centenar de sucursales.   

Ortega hasta hoy ha vencido batallas frente a la Organización de Estados Americanos (OEA), entidad que no ha logrado alcanzar los votos para una efectiva resolución sobre la crisis, además de las sanciones de Estados Unidos a funcionarios o los mismos desplantes que Daniel ha efectuado a la Unión Europea. 

Las controversias de los liderazgos políticos en Nicaragua han terminado tejiendo una historia de imposiciones, autoritarismo, las mismas caras en la oposición política, intolerancia, dictaduras y pequeñas dinastías, estas ya sean de derecha o de izquierda. Y que cualquier pensamiento opositor al dúo Ortega – Murillo, tendrán el reto en el 2021 de romper o de caer en la tentación… 

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