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Roberto Cuéllar

Roberto Cuéllar

«…40 aniversario del magnicidio de san Óscar Romero… en cuarentena»

El virus “corona 19” cambió abruptamente a El Salvador y al mundo entero, tan solo hace semana y media cuando nos disponíamos a conmemorar las cuatro décadas transcurridas desde que ocurrió el cruento asesinato ‒un magnicidio, ciertamente‒ del entonces jefe de la Arquidiócesis de San Salvador, monseñor Óscar Arnulfo Romero y Galdámez, el 24 de marzo de 1980.   

Tan envolvente es esta peste mundialista que, a más de marzo del 2020, nada será igual después de irrumpir, contagiar y demoler avanzados sistemas de salud en algunos países del primer mundo. El “todopoderoso” sistema capitalista también está resquebrajado hoy, desde hace dos semanas. Lo está además y aún más por las graves consecuencias económicas, laborales y sociales a causa de la avaricia planetaria que desde el final de la “guerra fría” ‒hace 30 años‒ cegó a los “capos” de los llamados “imperialismos”. 

Pienso que esta epidemia ha puesto de cabeza o “patas arriba”, sobre todo al más “puro y duro” capitalismo estadounidense, inglés y europeo; eso alguna vez lo dijo Eduardo Galeano, mi buen amigo que ya no está en vida junto a su pueblo uruguayo. 

Y es que este agudo drama global ha dejado a más de 6000 obreros en la calle en menos de una semana de crisis hasta en la Costa Rica democrática, social y de mercado, nación en la que el 33 % de familias no aguantará tan depresiva carga por más de 25 días. 
 
Vendrán multitudinarias “riadas” de desocupación forzada y perturbación de derechos laborales, sin que algún milagroso espaldarazo salve la caída de mercados financieros ‒el viejo Bretton Woods, altar del dinero‒ incluido el de la millonaria industria de la aviación. Para muestra, desde pasado el 19 de marzo, varias líneas latinoamericanas operan al mínimo de lo que tienen en su flota y sus acciones aterrizan emergentes – y en “caída libre” – para provecho del mejor postor. 

Hoy por hoy debemos agarrar “al toro por las astas” porque estamos “atrapados y sin salida”. Tenemos que encontrar mayor sentido de derechos humanos, en medio de la peor adversidad inhumana, y entre la más grave calamidad social y financiera jamás imaginada. 

Las fuentes de estrés capitalista siempre existieron desde que san Óscar Romero, cuarto arzobispo arquidiocesano, advirtió la nula detección del virus de la violencia a causa de la injusticia social a la que nadie le ponía remedio. Ese 24 de marzo de 1980, justo hace 40 años, se cometió tan cobarde magnicidio cuando empresarios de la miseria y “escuadroneros” ‒matones y exmilitares‒ asesinaron vilmente a monseñor Romero ante el altar, por advertir esa epidemia de la injusticia explotadora que causó más de 75 mil muertes violentas desde su martirio hasta el inicio de 1992. 

Ayer fue una guerra que desató miedo, terror y pánico por no prever atención ni remedio a la crisis social salvadoreña demoledora de la dignidad, también inmisericorde en buena parte de la región centroamericana. 

Hoy estamos ante una urgente alerta por la salud pública entre esos mismos pueblos. Esto no es derrota ni canto a la muerte, aunque muchos esperan lo peor en medio de esta crítica situación que también desencadenará miseria social e inhumana condición de pobreza. 

Aunque no soy sujeto de nadie sino “solo de Dios”, decía nuestro santo, “con los débiles me hice débil para defender sus derechos fundamentales y preservar sus mínimas garantías sociales” ante cualquier adversidad.  

Es esa memoria histórica de grandeza ‒grande en humildad y espíritu‒ a imitar entre la preeminencia del derecho a la salud en debida atención urgente ante la pandemia. Tal emergencia nos exige asumir la prevención eficaz y la garantía de derechos humanos de quienes más han sufrido el sempiterno malestar de la injusticia, hasta hoy irreversible, dañino e irreparable en El Salvador.  

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