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 2706-5421

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Bibliotecas: ventanas de pasado, puertas de futuro

Desde la casi legendaria sede greco-egipcia de Alejandría, las bibliotecas son reservorios para almacenar, custodiar, investigar y proponer los conocimientos de la humanidad. Un espacio único donde confluyen lo antiguo y lo moderno, lo bueno y lo malo, lo religioso y lo profano, el status quo y sus oposiciones.

La Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, por ejemplo, custodia en sus sótanos los acervos más inimaginables, como las bibliotecas personales de los jerarcas nazis, y las más grandes colecciones mundiales del racismo y la pornografía. Pero también entraña el cuidado de millones de materiales valiosos publicados en diversas partes del mundo, todo lo cual sirve para que sus principales clientes -los senadores estadounidenses y sus asesores- tomen decisiones cruciales. Todos son materiales bajo el común denominador (incluso, los del odio, discriminación y marginalidad) de ser productos culturales creados en coyunturas históricas o políticas que nos han marcado a toda la humanidad y que exigen el resguardo y acceso universal a su consulta en los años venideros.

Desde el ámbito local, la biblioteca también cumple una doble misión esencial respecto a su comunidad: en sus estantes se deposita la producción nacional que dan testimonio de nuestras identidades. Una misión a largo plazo que implica un compromiso con el rastreo, adquisición, estudio y reproducción de materiales bibliográficos y hemerográficos de todos los tiempos, realizados dentro y fuera del territorio de nuestra república transfronteriza.

La Biblioteca Nacional Salvadoreña tiene el reto de incorporar en sus colecciones no sólo los materiales impresos realizados desde 1824 por la Imprenta Mayor del Estado, sino también los libros que trascendieron fronteras, como los ilustrados por Toño Salazar en países suramericanos o los poemarios, novelas y cuentos escritos en inglés por diversos jóvenes de las más recientes hornadas de poetas salvadoreños. La biblioteca, como motor de cambio, debe sumarse al reto de dinamizar la ciencia y cultura salvadoreña al promover seminarios, charlas, artículos, tesis y demás posibles estudios de esos materiales, con la idea de posicionarlos en las redes más contemporáneas de investigadores.

Pero la biblioteca también se mira a sí misma. La actualización de su red no se reduce al envío de una orden de descarte de los acopios existentes, sin definir con claridad los parámetros técnicos para esa supresión, así como sus implicaciones. ¿Tendrán esas bibliotecas algunas ediciones de autores municipales que vale la pena conservarse? ¿Habrá ediciones antiguas que no existan en otras estanterías locales, regionales, nacionales, universitarias y que merezcan ser rescatadas del triste destino final que se les ha asignado? ¿Qué cuerpo técnico bibliotecario debió asesorar ese proceso de selección, descarte y renovación? La eliminación y renovación del acervo es un ejercicio de transparencia propio. Nos ayuda a evitar confundir al “progreso” con “desarrollo”, o creer que “lo nuevo” es mejor que “lo antiguo” o lo “viejo”. Es inconcebible pensar que las Bibliotecas Nacionales de Francia, España, México o Colombia envíen a la basura sus catálogos para sólo reemplazarlos por libros y revistas de reciente publicación. Es, simple y llanamente, una monstruosidad.

Por otro lado, si asumimos que el proceso de salida de bibliografía y hemerografía ya se hizo en diversas instituciones culturales salvadoreñas como las Casas de la Cultura, las sedes de Ciudad Mujer y otras, surge la cuestión sobre cómo serán reemplazados y actualizados esos conjuntos. Eso nos lleva al “qué leer” y “quién escogerá y bajo qué parámetros”, una cuestión que no es menor, y que no se reduce a la mera función burocrática de la adquisición mediante al proceso de compra, ya que implica a un grupo interdisciplinario de profesionales en cuyas manos cae la responsabilidad del principio del acceso universal a la cultura y los derechos de los lectores. Sin sesgos ni agendas ocultas. La adquisición del acervo que los usuarios tendrán a disposición podrá leerse en las redes (existentes o en proyecto) de bibliotecas escolares, especializadas, públicas, universitarias, penitenciarias, ludotecas/bebetecas, bibliomovilidad, Cubos, comunitarias, casas de la cultura, etc.

De manera más especializada, se echa de menos una “red de bibliotecas especializadas”. La biblioteca de la Fundación “Dr. Manuel Gallardo” (Santa Tecla), cerrada desde los terremotos de enero y febrero de 2001, esconde valiosos tesoros nacionales desde 1850 hasta 1950 (como manuscritos de Rubén Darío, periódicos salvadoreños de 1840 en adelante, archivos personales de unionistas como Salvador Mendieta Cascante, etc), que por ahora están muy lejos de encontrarse en condiciones dignas para la consulta directa de los usuarios y de una inmediata digitalización.

La red de bibliotecas, como la REDICCES, une de forma digital a varias bibliotecas públicas y universitarias del país, no opera con la misma eficiencia en el formato físico ya que, no se dispone de un sistema efectivo de intercambio que haga posible que una persona lectora de Santa Ana pueda acceder a un libro disponible en una biblioteca de San Miguel o viceversa. Una cuestión que requiere voluntad política, inversión económica, personal e infraestructura.

Otro elemento para considerar en estos proyectos de redes de bibliotecas es la duplicidad de funciones y el desapego actual de las bibliotecas con respecto al sistema escolar predominante. Nuestras aulas no nos enseñan a usar las bibliotecas y sacarles el mayor provecho posible. Existe la errada concepción de que “ya todo está en internet”, lo cual sólo fomenta la cultura del “copia y pega”, sin investigar, analizar, contrastar y aprobar/descartar los conocimientos reunidos. Así, ¿se justificará abrir más de diez redes simultáneas de bibliotecas y concentrarlas en las áreas urbanas del Gran San Salvador, en demérito de las posibilidades que tendría apostarle por inaugurar, al menos, una biblioteca básica en cada uno de los 262 municipios nacionales? Desde luego, hacer eso implica disponer de locales propios o fondos para pagar alquileres de forma eficiente y oportuna, personal adecuado y suficiente para la promoción de la lectura y bibliografía seleccionada y abundante en número de ejemplares, para que así se pueda atender bien a las diversas edades lectoras, se satisfagan necesidades locales y se puedan desarrollar diversas actividades en torno a los libros, sus autores y sus circunstancias.

Más allá de un edificio con estanterías vacías o repletas de tomos, una biblioteca es una institución cultural de impacto local, regional, nacional o internacional. Las bibliotecas son centros abiertos al desarrollo cultural integral, desde los talleres de confección de piñatas hasta el diseño de estructuras para impresoras 3D, robótica y más. Pero, por desgracia, también son entidades sujetas a los vaivenes políticos, con ejemplos históricos tan monstruosos como aquellos imitadores del nacionalsocialismo que mandaron a la hoguera todo y decidieron sustituirlo por miles de ejemplares de libros y revistas, decidiendo de forma paternalista sobre la ciudadanía aquello que se debe leer o no.

Leer es un acto de libertad y generador de más libertades. Apostar por las bibliotecas es una construcción de futuro. Pero caer en el falso dilema de “la novedad” como innovación en sí misma implica sesgos que impactarán en los usuarios de forma directa. Un sesgo burocrático que se corrige con la transparencia de mostrar a las comunidades los planes, estrategias y proyectos bibliotecarios que se quieren desarrollar y no reducirlo a los ataques políticos y personales hacia quienes estamos interesados en la lectura, la escritura y sus respectivas promociones en El Salvador transnacional.

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