La ignorancia ​es un concepto que indica falta de saber, conocimiento, o experiencia y tiene curso común en los ámbitos filosófico, pedagógico y jurídico; mientras que la arrogancia, en la teoría de la neurosis de Karen Horney, es el producto de la compensación que ocurre en el ego por tener una autoimagen sobrevalorada.

En síntesis, podríamos concluir que el ignorante es el que no sabe y el arrogante es un ignorante que cree saber todo.

¿Qué sucede cuando en una misma persona se combinan ambos fenómenos?; surge la “agnorancia”; el Urban Dictionary define el concepto “agnorant” –un neologismo que no existe en español- del siguiente modo: personas ignorantes y arrogantes al mismo tiempo (The compound stupidity of a person so arrogant they can’t see their own ignorance).

Por ejemplo, es ignorancia desconocer el proceso y significado de los Acuerdos de Paz, sobre todo el contexto y los diálogos precedentes de La Palma, San José, Ayagualo, La Nunciatura hasta llegar a las negociaciones de New York; y es arrogancia pretender borrar o reescribir la historia, deslegitimando y obviando este hecho, por qué se desvía el protagonismo político actual o se pretende afectar a opositores políticos, sin considerar que muchas personas que vivieron las tragedias de persecución, crímenes y masacres en la época del conflicto y saben el valor y el significado que tienen.

La ignorancia y la arrogancia son constructos sociales aprendidos; la gente no nace ignorante o arrogante, se hacen así cuando NO poseen una educación adecuada o cuando no valoran ni respetan a los demás.

En el análisis debemos considerar y parafrasear una las máximas definidas por Francisco de La Rochefoucauld: “Existen tres clases de ignorancia: no saber lo que debiera saberse, saber mal lo que se sabe, y saber demasiado y mal o lo que no debiera saberse”

El narrador cubano Herbert Trozano publicó el libro “Anatomía de la ignorancia”, en dónde se exponen ideas, mezclando pasado y cotidianidad, ficciones con realidades, personajes e historias diversas y hasta divergentes, para confundir los campos del saber e intentar una deconstrucción de códigos, textos y conceptos preestablecidos, para rehacerlos y descubrir las incoherencias.

Últimamente se ha desarrollado el estudio de la ignorancia: Agnotología, el estudio de “lo que sabemos que no sabemos”, de la promoción de la ignorancia, de la incerteza y de los datos engañosos.

El concepto Agnotología fue acuñado por Robert Proctor, profesor estadounidense de Historia de la ciencia y de la tecnología en la Universidad de Stanford, quien ha investigado cómo la ignorancia se genera activamente en la sociedad a través de fuentes dudosas, manipuladas o poco transparentes, que dan pie a teorías conspirativas; de forma más general, el término también hace referencia a los casos cada vez más comunes en que un mayor conocimiento de un tema resulta en que se tengan más dudas que al comienzo.

En la política contemporánea existe una profunda degradación cultural por medio de la retórica de la desinformación y la posverdad, las cuales niegan la credibilidad de las fuentes, por muy solventes que sean o niegan los propios hechos y buscan convencer a los demás sobre estos “errores”.

El efecto combinado de estas dos estrategias de propaganda es brutal: la producción intencionada de ignorancia necesita de la colaboración no solo de políticos y publicistas, sino también de medios de comunicación digital, personajes o activistas conocidos, comprados o voluntarios, logrando resultados y produciendo estas nuevas verdades.​ Así, «la ignorancia es poder… y la agnotología es la creación deliberada de ignorancia.

No hay que confundir la arrogancia con una elevada autoestima. Las personas con una elevada autoestima tienen una imagen sobre sí mismas adecuada y equilibrada. No sienten que están por encima de los otros. Por el contrario, las personas arrogantes tienen una autoimagen o autoconcepto sobreestimada (ego) y una actitud defensiva, que oculta y enmascara miedos, traumas, inseguridades.

Según la psicóloga Natalia Franco, la arrogancia posee ciertas características: Necesidad de admiración o de atención exclusiva por parte de los demás. Baja empatía y escasa capacidad de escucha. Actitud impositiva de los propios criterios e ideas. Agresividad en la comunicación. Dificultad para reconocer los propios errores y encajar las críticas. Baja introspección. Egocentrismo, hablar de uno mismo en exceso. Comentarios despectivos o minusvaloración de los demás. Actitud de superioridad. Suelen contar con buenas competencias o habilidades sociales. Excesiva preocupación por los logros o éxitos. Competitividad “no sana”. Clarísimo…

Imagínese lo peligroso que es cuando en una misma persona confluyen ignorancia, arrogancia y poder; es ahí donde emerge el trastorno de megalomanía o de superioridad, y en la historia de la humanidad hay demasiados ejemplos de estas conductas desfiguradas y fanatismos.

Es difícil el tratamiento terapéutico para la ignorancia y la arrogancia; mucha lectura y escuchar a otros es la clave, pero lamentablemente no hay mucho tiempo ni disposición, y se suele cambiar o aprender a golpes de realidad.

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