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Óscar Picardo

Óscar Picardo

Conflictos…

"Entre el ruido de las armas las leyes no se pueden escuchar”.

Cicerón

Parece que el conflicto es inevitable, pero la violencia puede ser opcional…; en efecto, la conflictividad es un elemento esencial de la condición humana debido a las libertades y a los diversos sistemas ideológicos, políticos, culturales, creencias o religiones; y siempre llegamos al mismo punto: razón versus emociones y fanatismos. 

El conflicto suele definirse como una circunstancia o situación en la cual dos o más personas con intereses distantes o distintos entran en confrontación, oposición o emprenden acciones mutuamente antagonistas, psicológicas o físicas, con el objetivo de dañar, eliminar a la parte rival o arrebatarle poder de algún tipo en favor de la propia persona o grupo.

La anatomía del conflicto se basa en un trayecto de escalada, qué fácilmente se puede desescalar mediante el diálogo o la administración de disensos, identificando los principales elementos: personas, procesos y problemas.

Algunos teóricos definen en la teoría del conflicto cinco etapas y cinco fases: Etapas: 1) Oposición; 2) Personalización; 3) Intenciones; 4) Comportamientos; y 5) Resultados. Fases: 1) Incubación; 2) Manifestación; 3) Explosión; 4), Agotamiento y 5) Resolución. También existen categorías taxonómicas de los conflictos: Latentes, explícitos, interpersonales, intrapersonales, intragrupales e intergrupales.

En estos días, al asomarnos por la ventana de las noticias nos encontramos un amplio escenario de conflictividad: Ucrania-Rusia, Palestina-Israel y, nuestros vecinos de Guatemala que se disputan la democracia entre los sistemas de impunidad, corrupción y el hartazgo ciudadano; mientras que los nicaragüenses son testigos de cómo su república se transforma en un pequeño imperio del terror. El mundo no pinta bien.

La industria armamentística siempre necesita guerras para oxigenar las finanzas de I+D (investigación y desarrollo); los autócratas quieren más poder para alimentar su corrupción y saciar su megalomanía; y cuando en los conflictos se entremezcla la religión poco y nada se puede hacer, el fanatismo manda; porque “del fanatismo a la barbarie hay un solo paso” (Diderot).  

Mientras leía un interesante artículo del profesor de Georgetown University Bruce Hoffman, descubrí “Pacto de Hamás de 1988” del Movimiento de Resistencia Islámica (18 de agosto de 1988); un manifiesto -comparable al “Mein Kampf” de Hitler (1923)- en el cual se justifica la aniquilación como único recurso para solucionar el conflicto palestino israelí, bajo principios religiosos. Terrible, dramático e inhumano.

Pero sin ir muy lejos, debemos reconocer nuestra propia “cultura del conflicto”; Marc Howard Ross nos ofrece una amplia explicación teórica de las diferencias e intereses humanos en la dinámica del conflicto y sostiene que, si queremos explicar por qué algunas sociedades son especialmente dadas al conflicto hay que tener en cuenta los intereses socioestructurales y las disposiciones psicoculturales.

En nuestro medio latinoamericano existen profundas raíces de división socioeconómicas, que van desde la tenencia de la tierra, pasando por un sistema educativo ineficiente, corrupción e impunidad, familias disfuncionales, resentimientos, cultura del más vivo, lenguaje soez, irrespeto, falta de oportunidades, hasta llegar a una sociedad con dos tipos de ciudadanos: Una minoría con bienestar y unas mayorías excluidas. Un caldo de cultivo esencial para la conflictividad.

La principal herramienta contra los conflictos es la educación; pueblos educados suelen utilizar la razón y el diálogo como mecanismo de resolución de conflictos. Bien nos recuerdan Isaac Asimov y Gandhi, respectivamente que: “La violencia es el último recurso del incompetente” y “Ojo por ojo, y el mundo acabará ciego”.

Y nos cuesta aprender que la violencia genera más violencia, y que existen rutas alternativas para sobrepasar el antagonismo y sobre todo saber llegar a los “mínimos” -entre los extremos- en dónde podemos coincidir; en efecto, ante todo conflicto las partes deben saber ceder y negociar, es un método que ya ha funcionado.

Aunque la posverdad actual quiera cambiar la historia, los Acuerdos de Paz de 1992, que posibilitaron los espacios democráticos y la alternabilidad en el poder, permitiendo al actual gobierno estar en ese lugar privilegiado, lograron poner fin a una guerra fratricida, pasando de la locura a la esperanza; las negociaciones entre los principios marxistas y las ideas anticomunistas y militares no fueron fáciles. Todos cedieron, dialogaron y logramos la paz; y fuimos un ejemplo para el mundo.

Hablar con pausa, guardar silencios, evitar responder en la exaltación, razonar, explicar, utilizar la lógica, pero sobre todo los datos y la evidencia es clave para resolver conflictos. En la historia de la humanidad, sobre todo a partir de la segunda guerra mundial, todas las guerras y conflictos han dejado cicatrices y dolor; y saber perdonar y desplazar los resentimientos han sido ingredientes clave.

La venganza nunca ha sido amiga de la justicia, ni una herramienta de solución; la escritora inglesa Jeanette Winterson nos advierte: “La venganza y la tragedia a menudo suceden al mismo tiempo. El perdón redime el pasado”. La pedagogía del dolor y de la tragedia bélica no nos ha calado, parece mentira, pero sigue siendo una solución perversa de los grandes “líderes” políticos. No les importa nada, solo su ego, su poder destructivo. “No hay nada que la guerra haya conseguido que no hubiésemos podido conseguirlo sin ella” (Havelock Ellis).

Disclaimer: Somos responsables de lo que escribimos, no de lo que el lector puede interpretar. A través de este material no apoyamos pandillas, criminales, políticos, grupos terroristas, yihadistas, partidos políticos, sectas ni equipos de fútbol… Las ideas vertidas en este material son de carácter académico o periodístico y no forman parte de un movimiento opositor.

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