La figura femenina es uno de los temas presentes en la obra de Armando Solís

De Firempresas, Bandesales y otras yerbas

En El Salvador siempre hemos sido reacios a la certificación de los talentos y las capacidades. ¿Quién certifica si eres artista plástico, poeta, narrador, editor, escenógrafo, fotógrafa, bailarina, director de cine o teatro, guionista, etc? Por absurdo que parezca, la respuesta es NADIE. 

Hasta el momento, pareciera que la mera suma de diplomas, congresos, publicaciones hechas (incluso y por mayoría, las autopublicadas) y los catálogos de exposiciones o de montajes constituyen los muestrarios de muchos profesionales de la cultura nacional. En síntesis, un tambache de papeles, fotos y recortes de periódicos son nuestra mejor presentación para evidenciar toda nuestra carrera. 

Ningún gremio, sindicato, secretaría o entidad pública o privada tiene métodos definidos para certificar toda aquella información que suministramos como nuestro currículum de trabajadores de la cultura. No existe tampoco la extensión de un carné de especialista en X o Y área del conocimiento y trabajos culturales. ¿Sirve el título universitario? Sin duda alguna, pero no es suficiente. En un país sin titulaciones superiores en artes, el diletantismo y el amateurismo son parte constante del quehacer cultural. Y eso no es malo en sí, salvo cuando toca certificarlo todo ante las instancias nacionales, regionales e internacionales. 

Hace muchos años, recuerdo una reunión en el Teatro Nacional de San Salvador. Fue convocada por el escritor y promotor cultural José Luis Valle, el entrañable Chuti. La finalidad de la reunión era obtener un espíritu cooperativo para proveer de servicios funerarios dignos a gran parte del poetariado nacional y evitar que sus representantes y familiares se encontraran en apuros a la hora de darles sepultura más allá de envolverlos en algún petate o sábana. Luego de tildarla de “Asociación Pro-Féretro”, el tema se zanjó con más de alguna carcajada hiriente. 

Fue hasta después del año 2010 cuando comenzó a hablarse de la necesidad de certificar a los hombres y mujeres dedicados al trabajo cultural. La intención era lograr su incorporación al sistema del Seguro Social o, al menos, crear una cooperativa de apoyo mutuo, como la ya existente dentro del Ministerio de Educación. Por desgracia, esa fue tan sola una de las ideas peregrinas de aquella pareja de funcionarios cuya memoria institucional se reduce a haber guardado silencio mientras la alta curia destruía el mural de la Catedral capitalina. 

El año pasado, con el inicio del confinamiento nacional por la pandemia, el reparto de bonificaciones de 300 dólares y paquetes solidarios de comida por parte del gobierno llegó a pocas manos dentro del sector cultural. Fue un verdadero quebradero de cabeza. Incluso ahora, hay personas que aún esperan algo de eso que se prometió. Otro tanto ha ocurrido con los subsidios ofrecidos por Firempresa-Bandesal. Ambas entidades oficiales han reaccionado sólo hasta que algunas voces (femeninas, en su mayor parte) se alzaron y denunciaron que las estaban dejando fuera de los seleccionados para recibir tales estímulos. ¿Cuáles fueron los criterios escogidos? ¿Qué personas formaron parte de ese panel depurador? ¿Con qué entidades se asesoraron para discriminar o favorecer a las personas y entidades escogidas? 

Ayer, el Ministerio de Cultura anunció la apertura de cuatro líneas de crédito para la reapertura de espacios y centros culturales, festivales y ferias culturales, espectáculos artísticos ya producidos y apoyo a editoriales independientes. ¿Y qué pasará con el resto de los grupos y trabajadores de la cultura que no quedan comprendidos dentro de esos cuatro ámbitos señalados? 

Por ahora, quizá la misión en el corto y mediano plazo sea buscar maneras para certificar el trabajo cultural individual y conjunto, además de buscar la gremialización plena y efectiva de los sectores trabajadores de la cultura salvadoreña dentro y fuera del país.  Como bien dijo el exdiputado y expresidente de la Lotería Nacional de Beneficencia, Lic. Juan Pablo Durán, actual presidente de Bandesal, “los sectores que fueron afectados por la pandemia y que no han podido acceder a créditos deben buscar mecanismos para solucionar el problema”. Más claro sólo el agua de algún nacimiento. Aparte de señalar que “hubo personas que intentaron hasta sesenta veces acceder a subsidios”, no puede esperarse que haya una ventana abierta a la guía y educación de esas personas y otras del sector cultural interesadas en acceder a dinero para seguir adelante con las actividades programadas y las futuras. ¿Podíamos esperar algo diferente de funcionarios que nada dijeron cuando un mismo número de DUI cobró 1293 veces los 300 dólares, tal y como lo denunció en febrero de este año la Corte de Cuentas de la República? 

Como nos gustan mucho los eslóganes y consignas, hay que decir que “sólo los trabajadores de la cultura salvarán a la cultura de El Salvador”. También es necesario decir que esa salvación será colectiva o no será, a la vez que esto implicará un profundo cambio en la manera de vernos unos a otros. Menos tolerancia desde el “cherismo” y más afán de trabajar de cara al futuro y a los lineamientos internacionales. Ya es momento de profesionalizar a la cultura nacional en muchos sentidos. Aquí y ahora, este es el momento para repensar todas esas discusiones y propuestas de ejes, estrategias, planes y acciones de las que tanto hemos hablado desde 1990 para acá. Que las letras y pensamientos de ayer se actualicen en un hoy que nos haga posible proyectar y visualizar el mañana. 

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