del agua
Rafael Lara Martínez / Jorge Molina Aguilar

Rafael Lara Martínez / Jorge Molina Aguilar

Del agua, a(:)t, y sus derivados. Una enseñanza creativa del náhuat

Una de las palabras más simples de la lengua náhuat —at/a:t, «agua»— plantea una serie de problemas fundamentales sobre su diferencia radical con el castellano. Si a mediados del siglo XX presentaba una vocal larga —a:/aa— hacia finales este sistema vocálico de ocho sonidos se reduce a la mitad, seguramente por asimilación al idioma dominante. El complejo de ocho vocales se mantiene vigente en las hablas locales más cercanas al náhuat de El Salvador, en Veracruz, México.   

A esta disparidad sonora se añade que esa voz con dos letras-sonidos se compone de dos partes claramente diferenciables: a- y -t.  La vocal inicial representa la raíz de la cual —veremos— se deriva un vasto campo semántico de vocablos que toda traducción castellana opaca. Anticipando la temática a desarrollar, piénsese en cómo «agua», «water» y «regar”, «to water» se traducen al inglés para reflexionar que, si dos lenguas europeas se separan, tanto más sucederá con un idioma no-indoeuropeo.  Describir este empleo creativo de un radical es el cometido de este artículo.   

La segunda letra-sonido —-t— se conoce como sufijo absolutivo, el cual en sus varias formas acompaña a todo sustantivo singular y no-poseído.  Ni-a:, «mi agua», obliga a desprenderse de ese sufijo debido a la posesión inicial.  Basta citar las palabras takat, «hombre”, y siwat, «mujer», para advertir que ofrecen la misma terminación -t.  Esta presencia de un mismo sufijo equipara las palabras en su correspondencia gramatical.  Por tanto, ni/ti/ø-takat/siwat, «soy/eres/es-hombre/mujer» reconoce una marca ø para la tercera (no)persona—como la de «llueve» en castellano, «it» en inglés.  De aceptar esa huella vacía, ø-a-t se traduce por «es agua».  Mientras la gramática suele hablar de «la ausencia del verbo ser», una teoría menos reconocida describe esta presencia como omni-predicación.  Casi toda palabra forma una oración en sí misma que predica, esto es, le atribuye una cualidad cultural al objeto nombrado, H2O.   Ø-ni-aa, «es mi agua».  Resumiendo, esta descripción inicial plantea una triple distinción del náhuat con el castellano, a saber: palabra-oración, raíz y absolutivo. 

Para continuar, se amplía el concepto de posesión que anteriormente describe la ausencia del sufijo absolutivo. Tradicionalmente, la gramática presupone la separación entre la posesión inalienable como «mi cabeza» y la alienable, «mi camisa».  Así, de «agua», a:t se deriva -a:yu, el líquido que destila de un fruto o animal.  I-a:-yu kuku “agua de coco; es-su-agua-inherente es-coco”; i-a-yu lala, «jugo de naranja, es-su-agua-inherente es-naranja»; i-a-yu kwawi-t, «savia, es-su-agua-inherente es-árbol»; i-a-yu tijlan, «sopa de gallina, es-su-agua-inherente es-gallina»; chi;-a-yu. «sopa de chile, es-chile-agua-inherente»; iayu yuch, «café, es-su-agua-inherente es-cafeto».  Tomados de dos diccionarios —el clásico de Lyle Campbell (1985; vocal larga (a:) y x=sh) y el reciente de Werner Hernández (2019)—, estos ejemplos no sólo vuelcan el concepto de «agua (H2O)» hacia la secreción vegetal y natural –la savia, el jugo, lo líquido—, también la noción se desliza hacia productos elaborados –sopa, café, etc.— que se hallan listos al consumo alimenticio.    

Por esta dispersión del sentido, toda oposición binaria simple —nu-naka, «mi carne (del almuerzo)» como el nakatamal; nu-naku-yu, «mi-carne-inherente; mi carnalidad (flesh)»—, la complican el arte culinario y la alimentación posterior.  Al ingerir la carnalidad o el líquido de otro organismo vegetal o animal, su energía inherente la hace suya el comensal.  En un sentido espiritualista o animista, el animal nos entrega su ánima, como el vegetal su naturaleza al devorarlo.  Por la nutrición, la energía inherente al Otro se vuelve consustancial al Yo que la absorbe.  Tal es la ley biológica que la lengua náhuat disemina de la simple dualidad gramatical hacia la multiplicidad de significaciones.   

No extraña que mi lágrima sea ø-nu-ish-a-yu, «es-mi-ojo-agua-inherente», mientras mi llanto inconsolable se vuelve «el abrevadero del ojo», ish amel.  No en vano, a doble enfoque, el sollozo (in)alienable provoca la envidia de La Llorona quien lo imita.  En oposición, las secreciones de la base (tzun-) corporal se imaginan alienables: a:pitsa, «cursiar, tener diarrea, agua-sopla»; ashish, «es-agua-orín»; al igual que sucede con la apariencia corporal, a:tultik, «pálido, descolorido (de gente), es-agua-tule-adjetivo/amarillo».  Resumiendo, de nuevo, esta segunda descripción plantea otra clara diferencia del náhuat con el castellano, a saber: de la posesión inherente del agua se derivan fluidos orgánicos vegetales y animales, al igual que productos culinarios.    

Esta simple derivación plantea un problema serio para la inherencia del agua, al igual que para la noción misma de la gramática.  En primer lugar, se trata de la creatividad del hablante —ne i:x ne kakawa-t, «la semilla/ojo el cacao» vs. ne i-i:x-yu ne tekuma-t, «la su-semilla-inherente ne tecomate»—, quien decide por sí que elementos son propios a un fruto.  Esa selección proviene de la narrativa más que de una regla biológica y gramatical que prescribe lo inalienable.  Por eso, el agua en sí —H2O— carece de ese atributo, pero le otorga esa cualidad intrínseca a fluidos vegetales y corporales.   

La lluvia, esto es, el agua se precipita de las nubes —ø-witz ø-at, «cae es-agua»— al igual que la mar —wey ø-at, «es-gran-agua»— vaticina las oscilaciones que le dictan las fases de la luna, en anticipo de la menstruación y del parto.  Los ríos donde el agua fluye como el tiempo —ø-a-panu, «agua-pasa; cruza agua/río»— definen «en el lugar del agua», ø-a-pan, «es-agua-locativo», mientras las orillas y las playas se abren como bocas que engullen o expelen seres. (sobre)naturales: ø-a-ten-pan, «es-agua-abertura-locativo».  También, esos bordes localizan los finales del agua, ø-a-tami, «agua-termina», el inicio de la tierra firme.  Otros lugares notables son a:mistan, “Agua de gato”, Amistán (un ojo de agua, presa); es-agua-gato-locativo/en-el-lugar-de»; a:tahtsumpan, “Punta de Agua” (lugar donde nace un río); agua-bucal-punta/cima/cabeza-locativo/en-el-lugar-de».  En resumen, adicional —como el pozo, at kumul, «es-agua cóncava»; ashaput, «es-agua-cueva»—, múltiples sitios que contienen el líquido vital reciben su nombre radical sin necesidad de recalcar la apropiación inherente.  El sustantivo compuesto se distingue del término a carácter locativo o topónimo —-tan, -pan, etc.  Ambas categorías tienden a identificarse, por la ausencia de un concepto locativo en la lengua hegemónica, el castellano.    

En seguida, el agua le ofrece el hábitat natural a una amplia flora y fauna que habría de explorarse para desarrollar esta temática en toda su plenitud.  A la descripción etno-botánica, aún a la espera de estudios extensos, se añadiría el carácter simbólico de cada especie vegetal y animal.  El más conocido se llama a-tsakwa-ni, «azacuán, es-agua-cubrir/tapar/cerrar-agente”, ya que su paso de ave migratoria anuncia el final de la estación lluviosa o invierno.  Su travesía describe la cubierta, la tapadera o el encierro de las aguas y la llegada del sol en el verano, Tunalku.  Otros animales prominentes son los siguientes: akuat, «anguila, es-agua-culebra»; akuke, «lagarto, es-agua-garrobo»; akuyut, «nutria, es-agua-coyote»; amazkal, «jaiba, “es-agua-?», a:petasul, «gusano/ciempiés, es-agua-petate-despectivo».  Para incentivar investigaciones futuras, el principio descriptivo del náhuat relaciona la fauna y la flora acuática a la raíz hídrica que las sustenta y estimula su mito-poética. 

Por último, la raíz de la palabra agua —a(a)-– apoya la formación de una serie de actividades que utilizan ese líquido.  Ya se mencionó regar que se glosa a:teki/a-tekia, «agua-trabaja/corta», al cual se agregarían varias actividades que utilizan el agua.  Una lista parcial sería la siguiente: bañar, beber, lavar, mojar, etc.  -A:ltia, «bañar, bañarse; agua-causativo»; a:pachua; «mojar, hundir, sumergir, empapar; agua-apacha/aplasta/detiene»; mu-a:paka; «lavarse; reflexivo-agua-lava»;  a:miki, «tener sed, agua-muere»; a:tepe:wa, «mojar, echarle bastante agua; agua-amontona/vierte».  Un nuevo resumen establece la combinatoria raíz nominal-verbal para expresar el uso del líquido.   

En recapitulación final: 

  1. Hay una palabra-oración nominal y verbal: ø-siwa-t, «es mujer»; ø-kuchi, «duerme».
  2. Hay una raíz-nominal-sufijo absolutivo.
  3. La oposición entre el posesivo alienable y el inalienable se desliza hacia la derivación, de igual manera que el género en castellano, i. e., tío-tía vs. puerto-puerta. Del agua también proceden secreciones corporales cuya inherencia varía hacia ambos lados de la dualidad.   
  4. Los lugares que contienen el elemento agua pueden derivar su nombre de esa sustancia constitutiva. Por el sufijo terminal. los topónimos deberían distinguirse del sustantivo, pero la influencia del castellano tiende a asimilar ambas categorías gramaticales.  Lugares de transición, las orillas y las playas señalan el paso —el nacimiento y la muerte— de seres (sobre)naturales que emergen del agua o se sumergen en su abertura (-ten-).   
  5. La fauna y flora acuática pueden derivar su nombre de esa misma raíz.  A sus cualidades biológicas debe añadirse el simbolismo mito-poético que complementa su filiación natural. 
  6. Las actividades que utilizan el agua reiteran el uso de su raíz al combinarse con un verbo.  Estas últimas tres características acentúan el principio descriptivo que conforma la lengua náhuat.

De esta manera, los mecanismos gramaticales del náhuat le ofrecen al hablante (Yo) un vasto potencial creativo para acuñar términos nuevos, acordes a la revitalización del idioma.  Por ello, es necesario que la facultad de hablar (ø-ta-ketza) añada la de reflexionar (ø-yul-ta-ketza) al alzar (ø-ketza) el mundo en palabras, gracias a una filiación (philos) cordial (ø-yul) en diálogo constante con la sabiduría (sophos) del Otro.  Como toda identidad, la salvadoreña suele seleccionar a su arbitrio monolingüe los rasgos que la identifican.  Los inculca desde la escuela elemental hasta la filosofía descolonizadora, a la vez que oculta en su inconsciente (id) lo que juzga irrelevante.  La mejor demostración de esa exclusión la certifica la ausencia de una antología mínima de las mito-poéticas en lenguas indígenas —ch’orti, poqomam. xinca, náhuat, lenca, cacaopera…—, y su rechazo de los estudios culturales, de los departamentos universitarios de literatura, antropología, historia, filosofía, etc. 

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