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Del título a las competencias profesionales

Resumen

Formalmente, título se define como un documento oficial que acredita al portador de haber realizado los estudios y superado las pruebas o exámenes requeridos, y, además, lo legitima para ejercer cierta profesión o cargo. Por ejemplo, título de maestro, de psiquiatra, de relacionista público, de periodistas, de comunicador corporativo, de médico, entre otros.  
 
De acuerdo con la semiótica, cada título es un documento oficial que representa las competencias técnicas y transversales de los profesionales graduados, obtenidas a lo largo de un proceso de formación teórica y técnica. 

Cada título académico, titulación o grado académicos es una distinción dada por una institución de educación superior, generalmente después del término exitoso de algún programa de estudios, y certificada por el Ministerio de Educación.  

Personalmente, para los egresados, el título es la culminación de la vida estudiantil y símbolo de preparación profesional y de la competencia para desempeñarse en un campo especializado del mercado laboral.

Socialmente, en términos generales, el título se trata de una distinción social que lo ubica en un grupo privilegiado de ciudadanos al que se abren diversas posibilidades socioeconómicas, por ejemplo, la obtención de mejores trabajos, mayor estabilidad en estos, salarios más significativos, entre otras.

Culturalmente, en las relaciones cotidianas de los salvadoreños, por una parte, en las relaciones simbólicas entre los interlocutores, el acreditado adquiere otra imagen y reputación entre los ciudadanos que lo conocen; pero, además, él asume otros comportamientos y hábitos de consumo, que lo diferencian y lo distinguen en la comunidad.

Sin embargo, en la dinámica económica, social y tecnológica esa acreditación académica no es lineal, sino discontinua, determinado por una diversidad de factores, como el estatuto de la profesión en la dinámica económica, la universidad de donde se graduó, el promedio de sus notas, la experiencia que posea, la actitud personal del profesional, las redes de contactos que posea, entre otros.

Evidenciamos que en las relaciones que se generan en el campo laboral, muchos profesionales, el ambiente no es un lecho de rosas. Generalmente, no se emplean en su área de especialidad, terminan por trabajar en empleos diferentes a su formación académica, como vendedores de tarjetas de crédito, como profesores, como subinspectores de la policía, como cajeros de supermercados u otro oficio.

En este artículo se aborda, desde la perspectiva de la semiótica de la comunicación social, el valor social y personal del grado académico, el abuso de la denominación de este en las relaciones sociales, el contexto adecuado para su utilización y, además, la sustitución del título por una certificación de competencia en las nuevas condiciones laborales, definidas por la lógica de vida de la cibersociedad. 

Introducción

Este título, un documento formal, comunica que los profesionales tienen la licencia y la legitimidad social para ejercer su especialidad en el campo laboral especializado. Por eso las graduaciones y las publicaciones en los periódicos relativas a los graduandos, promueven a través del simbolismo la legitimidad como profesionales hechos y derechos. 

En el dinamismo cotidiano de la sociedad salvadoreña, a muchos de los profesionales titulados, en un claro acto de soberbia, les fascina que medio mundo los trate como “Licenciado (a)”, “Ingeniero”, “Arquitecto”, “Doctor” o “Profesor”; no importan las circunstancias en que se lo digan ni tampoco la pertinencia de esta designación, en las relaciones sociales y económicas del país.

Los interlocutores reverencian con esas designaciones a los titulados y los profesionales encumbran el título como estandarte del éxito y de la diferenciación con respecto a los demás; pero ese discurso zalamero no tiene relación con las condiciones socioeconómicas en que se desempeñan los profesionales ni con la distinción con respecto a otros grupos sociales sin mucha formación académica.  

Desde el punto de vista semántico y pragmático, el uso indiscriminado del grado académico antes del nombre es uno de los actos comunicativos más superficiales y sin sentido pertinente en nuestra sociedad, porque no corresponde al estatuto social de los profesionales, en el mercado laboral, ni abona ningún valor a las relaciones y a su dignidad humanas. 

Contrariamente, el uso del grado académico antes del nombre añade antivalores en las relaciones simbólicas entre las
personas, como la prepotencia y la soberbia, que excluye a las personas en los actos de comunicación cotidiana y esconden una trampa en el valor real del profesional en el contexto económico y social.  
 
Se está en una situación en donde los veneran por tu título académico, pero no se les paga salarios dignos para sobrevivir y desarrollarse como personas, correspondiente a las competencias adquiridas durante largos años de estudio. 

En las relaciones cotidianas, exigir o presumir el título académico comunica prepotencia y soberbia personal, proyección de superioridad, en menoscabo del interlocutor al que se invita u obliga a reverenciar al emisor, haciéndolo sentir en un ficticio mundo de la arrogancia.  
 
En estas condiciones, por el lado del interlocutor, los iluminados profesionales excluyen al receptor de la comunicación, al mundo de la desconfianza y falta de paridad. 
 
En el acto de comunicación, se expresa una actitud de distanciamiento del interlocutor, que conlleva al establecimiento de un candado a la confianza en las relaciones humanas, que impide compartir información relativa a la cotidianidad de los actores sociales, con los muros que impone la titulitis. Estos antivalores propician la marginación y la falta de entendimiento entre el profesional y los demás interlocutores.  
 
Estos muros de soberbia y prepotencia simbólica fortalecen las brechas entre los sectores sociales más desprotegidos de la ciudadanía salvadoreña. Este distanciamiento entre los profesionales titulados y los demás ciudadanos es un espejismo, porque, de acuerdo con la ubicación estatutaria que establecen los mercados laborales, este sector de titulados se constituye en uno de los grupos vulnerables de la sociedad salvadoreña. 
 
Por su parte, la reverencia generada en el marco de la titulitis no se trata de una etiqueta que añade información significativa en beneficio del profesional, en términos de respeto, importancia y reconocimiento económico, social y profesional. En la práctica comunicativa, más que un distintivo de trascendencia social se vuelve más en una especie de burla para el sector profesional, porque las denominaciones de los títulos no se traducen en dividendos económicos y en exclusividad social. 
 
En consecuencia, este uso indiscriminado del título académico en las relaciones cotidianas sólo evidencia las limitaciones de la estructura mental subdesarrollada de países como el nuestro, porque se valora el discurso empalagoso, lleno de superficialidad y halagos, donde se valora el envase, no el contenido concreto y el valor social de los ciudadanos.  
 
El mejor sustantivo existente, la palabra más efectiva y motivadora, que suena mejor al oído de las personas, es su nombre. Es un gran poema de amor para el interlocutor, cuyo significado enaltece y reconoce la importancia y la identidad del designado. 

Valor de los títulos

Individualmente, las carreras universitarias son muy importantes, porque dotan a los ciudadanos de competencias técnicas en una determinada área de conocimiento, que los habilitan para el desempeño de una profesión demandada por la sociedad. Los vuelve de alguna manera en ciudadanos letrados, con una perspectiva más estratégica y analítica, y con el dominio de herramientas técnicas para resolver problemas que demanda la sociedad.  
 
Sin duda, también es un reconocimiento al esfuerzo y al logro de una meta, que implicó el desarrollo de una autodisciplina, la capacidad de aprendizaje y mucho sacrificio personal. Es el logro de un largo esfuerzo, se trata de la llegada a una meta significativa en la vida, en la que se abren las posibilidades, para cooperar financieramente con la familia y cumplir con las demandas que la sociedad establece. 
 
Además, significa la realización profesional por haber alcanzado su aspiración vocacional, aspecto muy importante en el éxito profesional, ya que es mucho más fácil ser brillante en aquello hacia lo que nos sentimos inclinados vocacionalmente que cuando la trayectoria laboral está marcada por el azar, en función de la oferta laboral existente.  

En nuestro país, en términos vivenciales, ser parte de la experiencia universitaria es una oportunidad única en la vida, y todo lo que viene con ella ayuda a formar a los jóvenes en adultos. Estar en la universidad ayuda a los estudiantes a aprender la responsabilidad, la disciplina y la iniciativa. Aprende a trabajar con grupos de personas, cómo trabajar de forma independiente, fomentar la gestión del tiempo y las habilidades de organización.  

Todas estas competencias transversales ayudarán en su vida profesional y personal para siempre. Tendrá las herramientas para ser un mejor empleado, un mejor empresario, un mejor cónyuge, un mejor padre y un ciudadano más responsable.  
 
Otro valor presente en la obtención de un título universitario es que también tendrá la oportunidad de establecer contactos con profesores y compañeros de clase que podrán ayudarle más tarde en sus estudios de postgrado o en su carrera profesional. 
 
Asimismo, el valor de un título universitario se extiende más allá. Asistir a la universidad amplía su alcance del mundo. Aprendes a ver más allá de las esquinas de tu casa, tu familia, tu ciudad y aprendes a entender la diversidad del mundo.  
 
En este mismo sentido, la formación profesional debe servir, además, para actuar de una forma más humana; para propiciar transformaciones en los micro o microespacios donde se mueve el profesional, en un entorno global donde existen todavía una diversidad de abismos marcados por el egoísmo y por la falta de cooperación. 
 
Todos estos factores coadyuvan al desarrollo de una sociedad que se merece disminuir la pobreza, el crimeny las enfermedades, y, consecuentemente, posibilitan el progreso humano, lo que en última instancia es un beneficio para todos los ciudadanos. 
 
No obstante, ese logro profesional con la obtención de su grado académico, obtenido con sudor, sacrificio e inversión, no es coherente con el uso indiscriminado en la designación del título, como si este lo hubiera alcanzado en la pila del bautismo o estuviera consignado en la alcaldía del municipio en que nació.  
 
En consecuencia, debe reconocerse el esfuerzo y la visión profesional, pero habrá que distinguir en qué momento y condiciones, es oportuno el nombramiento del título académico. El problema, en El Salvador, es que el término se usa de manera indiscriminada, con alcance injustificado en los circuitos de las relaciones cotidianas. La titulitis es pertinente en las condiciones adecuadas y en el momento oportuno.

Contexto propicio

El uso del título académico no puede ser indiscriminado, válido para todos los espacios e instituciones; debe ser adecuado al contexto en que los profesionales se mueven, para no generar incomodidades en las relaciones sociales. 
 
Así, en el campo empresarial, lo importante es el puesto que ocupa, no la educación académica que tiene la persona. El título académico no hace diferencia; más bien lo relevante es la función que está realizando, la posición dentro de la empresa o corporación. Por ejemplo, en su desempeño, el profesional tiene una función de presidente o gerente general; no importa cuál es el grado académico que ostenta.  
 
En el sector gubernamental ocurre algo parecido; los grados académicos no son significativos. Aquí en El Salvador, salvo raras excepciones, los funcionarios de primero, segundo y tercer grado son graduados académicamente. En esta área lo que se necesita es confianza y sumisión política al partido que lo patrocina. 
 
En el único campo en que está permitido el uso de los grados académicos es, naturalmente, el ámbito universitario. En la academia sí importa y hace diferencia que usted tenga un doctorado sobre una maestría. Porque el nivel de rangos está determinado por su título académico; así que es algo fundamental y necesario. 
 
En este ámbito, sin esta formación académica, no se contratarían a los profesores tiempo completo u hora clase. Además, los estudiantes nombran a los profesores por tu título académico en señal de cortesía y respeto. 

Es importante que tengamos esto claro, para que hagamos las cosas de manera más correcta y coherentemente posible. Eliminemos el uso de los grados universitarios, las abreviaturas y las siglas en la información y las cosas que van para la comunidad general.  
 
Como profesionales conocedores de lo que es correcto y empático para la sociedad, debemos evitar el uso arbitrario de los grados universitarios y las abreviaturas. La pertinencia de su uso dependerá del contexto, la naturaleza del trabajo y el perfil de los interlocutores en el acto de la comunicación.

La confianza, la condición

Por ejemplo, tutearse con alguien y llamarse por el nombre de pila implica un grado de confianza e intimidad, a partir del cual la comunicación es más natural y directa. En cambio, tratarse de usted genera cierta distancia y, en consecuencia, una mayor cautela ante el interlocutor. 

Llamar a alguien por el título pone su autoridad como profesional por encima de la consideración como persona y, además, limita el intercambio de información vinculada con ese rol. Por eso, este trato resulta casi siempre adecuado en la relación estudiante-profesor o, con menos frecuencia, en la relación cliente-profesional. 
 
Sin embargo, un director general de una gran empresa que promueve la participación de los empleados y la apertura puede sentirse a gusto si lo llaman por el nombre de pila y lo tutean porque esto es favorable para sus objetivos. 
 
A veces sucede que una de las partes evalúa la relación de un modo diferente a como lo hace la otra. En ese caso, un simple pedido de la parte que desea acortar o ampliar distancias resuelve el asunto sin mayores inconvenientes. 

La titulitis se va relegando

Como en la vida todo cambia, el valor de los títulos también cambia de un momento a otro, por las transformaciones sociales, económicas y tecnológicas. Últimamente podemos encontrar el término “titulitis” usado despectivamente para indicar que alguien (persona física o empresa) da una importancia desmesurada a la posesión de un título.

Empresas de talla mundial, como Google y Apple están viralizando la tesis de que la titulación universitaria y el buen expediente académico dejen de ser cruciales en sus procesos de selección, para centrar su atención en otras habilidades, de las llamadas competencias transversales, que no necesariamente tienen que ver con la posesión de un título universitario. 

La utilidad del diploma universitario en un mundo laboral en el que la barrera entre el estudiante y el profesional se difumina ante la constante necesidad de actualización, la amenaza de la automatización, y un mercado laboral con competición internacional.
 
Aquellas grandes corporaciones empresariales expresan que no existe correlación directa entre estos expedientes y el buen desempeño profesional, es decir, no necesariamente las personas con mayor formación universitaria son más brillantes en su práctica profesional. 
 
Se buscan hoy en un profesional, además de la titulación, competencias transversales, tales como tener una visión inclusiva, demostrar sentido común, capacidad de resolución de problemas, ser autodidacta en diferentes campos y acreditar una experiencia práctica. 
 
Ya no se valora únicamente tener un título universitario, sino que además se valoran otras habilidades que no necesariamente van vinculadas al grado académico. 

Dotar de poder al título

Considerando lo antes señalado, dar mayor significación al título, dotar al título de mayor poder en estos tiempos líquidos, donde interesa no sólo en la denominación escrita de profesional universitario, sino la certificación de sus competencias transversales, tecnológicas, operativas y la habilidad para solucionar problemas se requiere disponer de las siguientes facultades: 

1) En cuanto a competencias cognitivas. Se trata del dominio de los procesos cognitivos, como el análisis, la interpretación y la creación de propuestas. Una de estas competencias es la abstracción, que se entiende como la capacidad del razonamiento, permite separar a los objetos en partes y comprender lo esencial de cada una de ellas.  

Estas competencias son importantes, pues permiten identificar, caracterizar, definir y vincular los fenómenos, en sus contextos concretos. Estos datos permiten formular propuestas técnicas, para actuar sobre las realidades y los problemas. 

Estas competencias permiten atribuir significados a los sucesos que ocurren en la empresa o en el entorno social. Además, facilitan el procesamiento de la información recibida, la evaluación y creación de nueva información, la toma de decisiones acertadas, la resolución de problemas y el control del aprendizaje y la conducta.

2) En cuanto a competencias operativas. Estas competencias consisten en saber operar herramientas industriales o tecnológicas, que permiten producir mercancías o servicios relacionadas con las características del campo profesional. Son aquellas competencias relacionadas con el desempeño eficaz de los puestos de trabajo desde el punto de vista de una actuación personal e individual en los mismos. Son habilidades de eficacia y eficiencia operativa cuando el profesional trabaja en una tarea o en un proyecto determinado.

3) Competencias tecnológicas. Consisten en la disposición de habilidades para buscar, obtener, procesar y comunicar información, y para transformarla en conocimiento. Esto supone el manejo eficiente de todas las herramientas tecnológicas que permiten el trabajo en entornos colaborativos, como la nube, en tiempos simultáneos.

4) Competencias actitudinales. Son disposiciones de la voluntad que dirigen el comportamiento hacia la superación personal y el bien común. Se refiere a los conocimientos y destrezas que desarrolla el estudiante para comprender, transformar y participar en el contexto en el que se desenvuelve. En puestos de responsabilidad o dirigidos a profesionales independientes, es importante la predisposición a iniciar acciones sin que necesiten ser impulsadas desde fuera. En tiempos volátiles, debe poseerse una actitud de propuesta permanente, con iniciativas pertinentes para adaptarse a los cambios.  

Según el Informe Infoempleo-Adecco (2017), esta es la competencia transversal que ocupa el primer lugar entre las más. Sin pensarlo o planificarlos en las aulas universitarias, estamos promoviendo el hábito del trabajo individualista. Pero en el mundo que se está configurando el trabajo en equipo.  
 
Esta competencia, definida como la acción individual dirigida que, al tratar de conseguir objetivos compartidos, no pone en peligro la cooperación y con ello robustece la cohesión del equipo de trabajo, las empresas la valoran de sobremanera. La cooperación se refiere al hecho de que cada miembro del equipo aporte a este todos sus recursos personales para ayudar al logro del objetivo común.   

5) Competencias comunicativas. Son las capacidades de una persona para desenvolverse a través de diferentes sistemas de signos de forma adecuada y eficaz en los diferentes contextos, tiempos y espacios, donde se llevan a cabo relaciones interpersonales, especialmente en circunstancias profesionales en una empresa, organización gubernamental o emprendimiento. 

Esto implica expresarse asertivamente, ser empáticos y tolerantes frente a las diferencias personales y culturales y actuar de manera coherente y respetuosa con los demás y con uno mismo en base a los propios valores. 

Resulta imprescindible en muchos campos. En concreto, se reclama para puestos donde se trate con el público, con proveedores o con clientes, o en los que se haga alguna labor de difusión o de formación. 

Esta competencia abarca la comunicación escrita, oral e interpersonal. No puede concebirse un profesional con dificultades para elaborar informes por escrito, con unas argumentaciones sostenidas con evidencias y formuladas con proyecciones viables. 

Asimismo, las tendencias actuales en las empresas líderes en el ámbito mundial demandan de profesionales con habilidades para argumentar en presentaciones públicas con una oralidad convincente.  De igual manera, demandan un profesional con inteligencia emocional y social que le permiten la interlocución apropiada con sus pares dentro de la empresa.  

De igual manera, las corporaciones líderes, por el hecho de que los mercados actuales se dinamizan a través de las redes sociales, exigen a las profesionales habilidades comunicaciones para la gestión de información empresarial a través de las poderosas redes sociales. 
 
6) Competencias sociales. Son aquellas habilidades y capacidades que permiten al ser humano manejarse de manera resolutiva y positiva en todos los ámbitos de su vida. Significa la vivencia de valores como la integridad, la honestidad, el respeto y buen trato a los demás y a uno mismo.  
 
Contribuir a la mejora del bienestar social de toda la población, el respeto a la diversidad e interculturalidad y la lucha contra los prejuicios e injusticias sociales 
 
Estas facultades profesionales deben ser resultado del funcionamiento eficaz de las siguientes instituciones socializadoras: 

1) La familia. Enseñanza de hábitos como la corresponsabilidad, respeto, tolerancia, trabajo en equipo, transparencia, entre otras. 

2) La escuela. En consonancia con la familia, las instituciones de primaria y secundaria deben reafirmar los valores anteriores. Además, debe especializarse en la conformación de competencias sociales y cognitivas, técnicas y actitudinales. 

3) La universidad. Esta institución debe reafirmar los valores anteriores; pero debe enfatizar en la formación de profesionales competentes en las áreas cognitivas (en lo que corresponde a los sistemas conceptuales que permitan entender e investigar su área de especialidad), apropiación de técnicas eficaces que planteen soluciones a los problemas de la sociedad, operativas que implique el manejo de las competencias tecnológicas y comunicativas. 

4) La empresa. Esta institución que puede ser pública o privada, por una parte, debe se desarrollar programas de educación continua, no sólo de forma presencial, sino también en línea, con el propósito de actualizar permanentemente en las competencias técnicas, operativas, tecnológicas y de manera especial en las competencias transversales.  

Para ello debe de establecer alianzas con las instituciones de educación superior, para coordinar esfuerzos que vayan encaminados a volver más competitivos a los trabajadores, en diferentes áreas del conocimiento, con nuevos hábitos actitudinales y comunicacionales, para una interacción más eficiente en los diferentes ámbitos de trabajo. 

Fuentes consultadas

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