Al «desentrenzar el recuerdo» se estremece el olvido.  Basta caminar pausado bajo los árboles, cuyas flores (anthos) las calca la poesía.  Su corteza respalda la escritura, ya que «los tallos» no splo circulan como los sentimientos «en mis venas».  Proveen la tinta de mi impresora.  También en ellos, brota «un recuerdo» más permanente que la simple memoria.  No memorizo, sino entablo un vínculo cordial con la Muerte, el pasado difunto.  Si la flor exhibe lo efímero —pétalos que se derraman marchitos; fruta y semilla en renuevo—, el tronco me ofrece el soporte del poema.  A lo alto, se ramifica en brazos abiertos donde revolotea el concierto de pájaros que inicia la poesía, sobre todo, si se trata de «árboles sagrados». 

Foto cortesía de Marie Grossein

Hay que descifrar su «idioma» para mantener firme la rigidez del amor.  No importa que partan en vuelo hacia la lejanía.  En coro o solista, el trino resuena en eco desde su origen, entre las hojas que ya no se sabe si son verde-árbol o blanca-nube.  En ellas se inscribe el alfabeto de la poesía, natural y cultural.  Por ello, si existe un «testimonio», la poeta no solo descifra el legado que salvaguardan las bibliotecas.  A la vez, a altavoz, da lectura al lenguaje natural que brota de su entorno.  Hasta aquí escucho su rumor.  Se establece un diálogo —un cántico polifónico— en el cual participan el deseo por el ser amado y el amor por el terruño. 

Bajo el vaticinio del «vuelo de las aves», el amante desaparece de igual manera que «las estrellas» opacas se resignan al escuchar el gorjeo de las «gaviotas» y el «lamento vegetal».  Su luz desaparece con la fluidez del agua, del río a la bruma.  El amor se derrumba como «las paredes de piedra desbordan» resquebrajadas hacia el barranco que las absorbe en el olvido.  La poesía testimonia que «la tierra reclama sus presas»; el amor recicla sus actos al «dejar un rastro de hiel en las lágrimas».  Hay una consonancia inconfundible entre los desastres naturales que derrumban el terruño y las huellas del romance en el cuerpo mismo de la poeta.  Sean «Las Colinas» que menean «el espanto» del temblor húmedo, «Colón» que «se despluma» en rocas polvorientas, e incluso «Armenia» en visita a la «casa de Claudia Lars», «la cicatriz del terruño» revolotea en las ramas.  Esas ruinas quedan «clavada(s)» en la «fachada» del «matrimonio perfecto».  Se adhieren a un «matrimonio» sin «patrimonio» —oficio de madre sin padre— según el vocabulario institucional de una cultura prevalente.  Esta disparidad cultural depreda el hábitat del terruño, de igual manera que enrojece el «suicidio interior» del amor.  Su cadáver sale a flote en la selva despojada de toda fronda y en los arroyos sin cauce ofendidos por el plástico.  Descorazonada, la «fosa» de la tumba se «ahueca», mientras las «manos» se redondean al transcribir «los rumores…de la tierra». 

También, la promesa de revolución social acaba en el exilio, donde la «marea» no encuentra «el horizonte» futuro.  Ahí, en el vaivén, todo se «enreda», hasta la escritura misma que no siempre prosigue la rectilínea prescrita por la convención cultural de la cronología.  En cambio, salta como la «ardilla, Chilín», amiga entrañable que huye guiada por las «caricias de la lluvia» y la búsqueda del amor verdadero.  Más que proseguir el precepto lineal interesa descifrar mundos inverosímiles en los cuales se disipe el «terrorismo exterior».  No se trata de negar la tragedia cotidiana a «mi lado», izquierdo y derecho; también al centro, donde los opuestos complementarios se conjugan.  «Niños lanzallamas”, marginados y solos, la muerte en «gesto de burla», en el «espejismo» del poder.  Entre la «utopía intelectual» y las «violaciones», el poder político ignora al «pueblo lacerado». 

En cambio, bajo el peso de la revolución sinódica, astral y política, el «alma encorvada» se endereza gracias a esos universos paralelos y posibles.  Aunque imaginarios, no son menos irreales que los proyectos políticos los cuales jamás realizan su objetivo, más allá de su propio rédito individual, a menudo financiero.  Si en ellos todo proyecto se vuelve proyección ilusoria, es porque ya no hay una frontera fija entre la realidad política y la ficción.  Lo social lo rige el mismo ensueño de hechos revestido en palabras que el espectro de una po-Ética sin ética. 

Así, «los guerreros de la muerte» «desanudan el miedo» ante los mundos posibles que declaran obsoleto.  Pero, con firmeza, mantienen el ju-Ego por repartirse la «pasión» de las mismas «gastadas mentiras».  Por ello, la introspección prosigue el consejo de la «Luna» quien no solo conduce la «marea de recuerdos» hacia la playa, los ciclos de (re)producción natural y humana.  También, «silenciosa», colorea cada lirio (anthos) según el ritmo poético que retoña irrigado por el «sollozo del agua».  Mientras las nubes lloran, los ojos de la poeta llueven hasta irrigar los huertos frutales. 

Los «recuerdos» los clasifica sin proseguir el orden alfabético de las bibliotecas.  Más bien, de «la lucha en el desierto» al ascenso luminoso hacia la «montaña», la escritora inventa «otros cielos».  En verdad, por un instante, durante esa travesía, la lírica duda si debe aceptar a la letra «llamar las cosas por su nombre convencional» o, por lo contrario, debe recobrar el presunto «engaño del sueño» personal. De tal forma, desvía la muerte hacia la permanencia de los «nombres que olvidaste».  «Olvidar tu muerte» —los nombres difuntos— hace de la poesía una verdadera historiografía. 

Como disciplina compleja, al pretérito extinto, cada recolección (Logos) presente lo designa a su manera.  Frente a una funeraria, no extraña leer «nosotros hacemos historia al tratar a los muertos con un enorme cariño y los vestimos de elegancia hacia la tumba.  También, embalsamamos a las figuras ilustres para que su legado siga vigente en los estudios culturales».  En cambio, en la poeta, «el latido que (per)vive…en mi recuerdo» evoca la energía cósmica que palpita de los astros hacia la Tierra, y del alma al cuerpo, viceversa.  Luego del «vuelo» hacia la «montaña», ella se inicia en interpretar los «verbos unidos a la lluvia».  Los fenómenos naturales se imprimen en el terruño como los sentimientos en el cuerpo biológico, ya que ambos representan mapamundis de lo real. 

Los códices que la paleografía transcribe y explica, la poesía los encuentra inscritos en la geo-Grafía del terruño y tatuados en el cuerpo humano de los habitantes.  Ese par de pergaminos —se dijo—, define archivos que la historia convencional suele relegar a un segundo plano, en su restitución presente del pasado: terruño y cuerpo, suscrito uno por los ancestros y el otro tallado al nacer.  En esa correspondencia, los mundos poéticos posibles trasladan la tragedia natural y social hacia la utopía del encanto.  La poeta rescata «barcos peregrinos» cuyas velas se mueven a voluntad de «las palabras del aire entre las hojas», verdes y blancas, árboles y nubes en cuaderno.  No en vano, pese a la lejanía, los universos en flores (anthos) de la poeta llegan a mis manos cuales luciérnagas en la noche sombría.  No solo me iluminan, sino esparcen el polen hasta «inventar paisajes» de colores tan misteriosos como mi cabello inexistente.  La copa de «la ceiba» se emparienta con las «estrellas» que descienden en fruto; la canopía rasga los astros que «recortan el perfil de las montañas».  Solo quien sola pervive «bajo la Tierra» palpa el «mar cerca» del «cielo y.…su luz» en el suelo. 

Entonces capto la consonancia de los opuestos, cielo y tierra.  Si hay quienes describen las «figuras de las nubes», con los pies en el suelo, el pollito sueña «ser feliz con una simple lombriz».  En verdad, al aceptar mi destino terrenal, según los preceptos de la «teo-poesía», «leer las letras del cielo» equivale a «escribir…sobre la hierba» de la esperanza.  El «árbol de la vida» otorga una quietud tan perdurable como la sublimación celeste, ya que los «recuerdos llueven» desde mayo al unir los contrarios y nutrirme «del olvido» en el afán de «serlo todo».  Así, escucho el silencio, mientras «el alma se desnuda» arropada de un cuerpo de playas y volcanes.  Al cabo, toda escritura la resume la tinta que elaboro con la arena negra del Mar del Sur, con la lava reseca que escurre de los cráteres y con la tierra igualmente parda que alimenta la flor (anthos).  Concluye en el llanto de las nubes oscuras y en la lluvia que de mis ojos oscuros irriga el arriate florido.

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