Mario Antonio Ruiz Ramírez / Oscar Picardo Joao

Mario Antonio Ruiz Ramírez / Oscar Picardo Joao

Diseñar la nueva universidad: Un discurso sobre retos y desafíos de la Educación Superior

La historia universitaria tiene antecedentes presocráticos, griegos y medievales; desde los Jardines de Akademos, pasando por los Glosadores Bologneses hasta las grandes universidades del Ivy League o las instituciones de educación superior más austeras de Latinoamérica, conforman esta importante institucionalidad que establece la estatura de las naciones. En efecto, ninguna sociedad es superior a sus universidades. 

La ideología de las universidades si es que se le puede llamar así- es la ciencia, la cientificidad, la ética y la verdad; en las casas de estudios superiores se investiga y se crea conocimiento para diseñar soluciones a los problemas del acontecer humano, se ensaya y se enseña con estas teorías. El lenguaje universitario es la “evidencia”, la teoría, el conocimiento, la información y el dato; lo anecdótico y la opinión –o doxa– tienen un lugar académico, pero es secundario. En la universidad se debate, se discute y dialoga en base a argumentos; las percepciones tienen un espacio limitado. 

¿Cómo podríamos definir a la universidad en estos tiempos?: Como una institución creadora de conocimiento, educación y cultura al servicio de la sociedad; como un tanque de pensamiento y nodo tecnológico para diseñar soluciones a los problemas de la sociedad; como un espacio dinámico de intercambio de aprendizajes para mejorar las capacidades y competencias humanas; como un ente crítico, riguroso, flexible, científico, ético y sensible de ideas e iniciativas transformadoras; y como un espacio de innovación y diseño para el futuro.   

Hay universidades con grandes presupuestos y aparatos científicos altamente desarrollados y sofisticados, otras con mayores limitaciones, pero en todas debe prevalecer esa atmósfera de universalidad de pensamiento y debate científico. Si el pensamiento universitario está homologado y sesgado por ideologías políticas, religiosas o culturales no hay universidad, sino un centro educativo “bancario”, como lo señalara Paulo Freire.  

La universidad debe ser un lugar excéntrico de dinamismo, disrupción, crisis, error, ensayo, prueba, creatividad, diseño y experimentación, todo, apuntando a la búsqueda de las verdades diversas que existen en las ciencias; verdades cualitativas y cuantitativas, filosóficas y positivistas, teóricas y pragmáticas. Al final, nos damos cuenta que no existe un concepto aristotélico o cartesiano de verdad como la adecuación de la cosa a la mente, sino un amplio portafolio inter y multi disciplinario de verdades; y es el factor epistemológico el que permite resituar y superar verdades del pasado y avanzar. 

Michael M. Crow, William B. Dabars en el libro «Designing the New American University«, retaron al sistema de educación superior norteamericano para pensar la universidad de modo diferente, como un ente diseñador de soluciones sociales o bien la idea de cambiar el paradigma de discriminación académica, no midiendo por cuanto excluye en su admisión, sino por cuánto se incluye y cómo los estudiantes pueden tener éxito en su trayectoria académica. Dicho en otras palabras, la universidad debe revisarse y reformarse y sobre todo adaptarse a las necesidades de los tiempos. 

En la actual sociedad digital, informacional y del conocimiento, las universidades deben ser un espacio colaborativo para elevar las soluciones de los problemas de la sociedad; no hay otro espacio similar en dónde se puedan realizar y describir experimentos, en dónde la equivocación y el error tengan un lugar privilegiado. El científico contemporáneo está llamado a arriesgarse en el laboratorio y a entregarse con pasión a sus proyectos. Hacer ciencia no es un trabajo, es un estilo de vida que trasciende los paradigmas laborales convencionales. Diseñar soluciones para resolver problemas de los demás es una misión ética con valor humano incalculable. 

La docencia universitaria siempre será un trabajo prospectivo y de futuro; en efecto, enseñamos y generamos aprendizajes para que el estudiante se supere y nos supere y, más adelante sea un ciudadano con capacidades para diseñar propuestas o resolver problemas de su tiempo. El docente, es o debe ser un modelo “Doctus, Probus et Probatur (D. López), y su docencia o capacidad de enseñar viene dada porque conoce, comprende y aplica un área del saber; por qué ha investigado y aportado a la ciencia y por qué es un especialista. El docente siempre trabaja con el futuro de las personas, suma, da valor agregado para ser más y mejor. 

En la universidad también co-existen los proyectos o la proyección social, una extensión universitaria que conecta las aulas y el laboratorio con la realidad histórica de la gente; es una dimensión ética de la universidad que sirve como espacio de aplicación de teorías, pero también de servicio a los demás. Los proyectos –y el aprendizaje por proyectos- más allá de la responsabilidad social universitaria posibilitan un aprendizaje de competencias, práctico o pragmático, y permite al estudiante, al docente o al investigador conectarse con las demandas reales de la gente. 

La dimensión administrativa y financiera de la universidad está al servicio de la ciencia y es parte de la maquinaria universitaria; no se debe ver aislada o fragmentada. Los procesos administrativos-académicos conforman una red de apoyo y garantizan la institucionalidad de las universidades. Aseguran los procesos de funcionamiento, velan por la infraestructura y equipamiento y administran la diversidad de recursos humanos que conforman las ciudades universitarias, desde lo más básico o simple hasta lo más complejo. Hablamos de un tipo de “administración académica” y de “finanzas educativas”, los adjetivos tienen peso. En este contexto, la tradicional rentabilidad de tipo empresarial es sustituida por la eficiencia, para invertir en las funciones universitarias.   

Cuando hablamos o escribimos sobre lo universitario siempre surge el concepto de “calidad” y, unido a éste el de eficiencia, significación y pertinencia. Cada universidad debe negociar y construir su propio concepto de calidad y esto supone la mayor aspiración posible en el marco de sus posibilidades y necesidades. Calidad es dar lo mejor de sí, es esfuerzo, determinación y superarse. Trazar metas e indicadores y alcanzarlas y, volver a diseñar un baremo más alto; la calidad no se agota, da más de sí. Al final, los resultados de la calidad impactan en la reputación y en la imagen, pero en el fondo es el desafío institucional propio superado.  

Pero una buena universidad no sólo forma técnicos, profesionales, emprendedores, científicos y pensadores, define también ciudadanos; es otra importante tarea que se hereda del sistema escolar básico y medio. Para ello se requieren herramientas y espacios sutiles, de diálogo, intercambio y experiencias universitarias. En la actualidad estamos muy preocupados por la transformación digital, por las tecnologías y por lo virtual, y no debemos descuidar los elementos humanísticos y culturales que forjan la ciudadanía o más bien profesionales éticos, decentes, honrados. Sabemos que ésta es una responsabilidad familiar, pero los años de universidad no debe ser un “momentum autómata”. Observamos en la sociedad una preocupación exacerbada por el dinero, el bienestar, por el consumismo y por el bienestar; el tener y el comprar parece ser la clave de muchos, y nuestra tarea es intentar corregir esas desviaciones con ciencia y generando preguntas existenciales.   

 Universitas, universitatis, dice la etimología que hace alusión a un gremio o una colectividad; “Unus” “Vertere” “tat”, implica semánticamente unicidad, hacer girar y cualidad, o cualidad de hacer un giro, cambiar, mover, mejorar; pero también implica “universitas” o lo universal, una multitud de cosas diferentes que conviven en un espacio y tiempo, una asociación con metas comunes (Universitas Magistrorum et Scholarium) desde grupos de filósofos peripatéticos, pasando por monjes contemplativos hasta llegar a Bolonia, Oxford, Padua, Paris, Salamanca o Santo Domingo. Eso somos y esto debemos hacer… 

Retos y desafíos del presente y del futuro… 

Los universitarios debemos preguntarnos ¿cuáles son los retos y desafíos de la universidad de hoy y para el futuro?; la lista puede ser muy larga, pero haremos el intento de establecer unos landmarks esenciales. 

Transformación Digital: La economía digital lo demanda, no hay vuelta atrás; los fenómenos de Internet de las cosas (IoT), Inteligencia artificial, Big Data, Aplicaciones Móviles, entre otros aspectos están cambiando el mapa de relaciones productivas. Cada vez más, todo apunta y se cetra en la telefonía móvil desde dónde controlaremos y haremos muchas más cosas.    

Prospectiva o forecasting: Las universidades debemos ser especialistas en el futuro y dictar las pautas de necesidades y lo que va a suceder; se deben recolectar datos y correr simuladores matemáticos para saber qué va a suceder, alertar y estar preparados. Si no lo hacemos nosotros ¿quién lo va a hacer? 

Diversificación de ingresos: Las universidades no deben depender de las cuotas y matrícula; se tienen que diseñar nuevos mecanismos financieros –fundraising, donantes, proyectos, etcétera- para diversificar ingresos; la necesidad de crear empresas universitarias para subvencionar actividades académicas es una buena opción. 

Educación virtual para el futuro y para crisis: La pandemia de COVID19 puso a prueba el sistema y “más o menos” funcionó; pero esta experiencia tuvo que servir como un ensayo, porque lo que viene es más incertidumbre, y la presencialidad tiene que estar preparada para la virtualidad. Tener el equipaje de plataformas, ancho de banda, personal tecnológicamente alfabetizado, servidores y demás herramientas, son una condición fundamental de futuro.  

Patentes: No saldremos del subdesarrollo sin más y mejores patentes; ésta es la gran lección de los países emergentes; para ello debemos trabajar en transferencia de conocimientos, aprender de los que saben. Esto implicará inversiones más agresivas y nuevos convenios “útiles” –no sólo de foto- para aprender de los mejores. No sólo patentar, sino saber buscar patentes y hacer mejoras y volver a patentar. 

STEAM: El modelo de Science, Technology, Arts, Engineering and Mathematics debe incorporarse como paradigma didáctico para enseñar y aprender; se trata de reformar la pedagogía universitaria buscando el aprendizaje por problemas, interdisciplinario y multidisciplinario, buscando integrar los mejor de sí de las diversas inteligencias que hay en el aula. 

Neuroeducación: En función de lo anterior, las universidades como instituciones especializadas en educación, deben profundizar en el estudio de los avances neuroeducativos; los modelos de Gardner de Inteligencias Múltiples y de Mel Levine constructos neuroevolutivos, se deben estudiar, profundizar y superar. Estos avances deben llegar a las aulas a través de los docentes para lograr aprendizajes más significativos y relevantes. 

Fortalecimiento docente: Éste es otro reto y un gran desafío; en las aulas deben estar los mejores profesionales de la especialidad. La docencia no debe ser un refugio del desempleo, sino un espacio privilegiado. Esto implica transformar las condiciones contractuales y salariales para retener y atraer lo mejor del talento humano que hay en la sociedad.  

Makerspace (soft landing): Nuevos espacios técnicos, laboratorios que permitan aprender el uso de equipo para soluciones inmediatas de empleo; espacios para jóvenes que no tienen demasiado tiempo para terminar una carrera, esto es un Makerspace. Se trata del modelo ya conocido de Community College, en dónde se brindan cursos de habilitación laboral, pero con créditos académicos, lo que permite ingresar y salir del sistema en varias oportunidades. Esto resuelve un grave problema de baja cobertura que tienen la mayoría de sociedades Latinoamericanas. 

Nuevos programas: No podemos enseñar con criterios industriales para la economía digital. Se deben modificar los criterios de arquitectura curricular, con más flexibilidad, menos pre-requisitos y más salidas colaterales. Los programas actuales son rígidos, tienen una entrada y una única salida, y responden a una lógica desfasada. El nuevo diseño curricular universitario se debe poner frente al espejo productivo y empresarial empleador, dialogar con él y hacer los ajustes conforme a las necesidades reales. 

La universidad como red social: Las universidades deberían tener la capacidad de plantearse y proponerse ser una red social; una infraestructura virtual con nodos de conexión, navegación y comunicación; en dónde toda la comunidad está hiperconectada sin burocracias, trámites, papeles y firmas. Es la nueva lógica en red demandada por Manuel Castells en la trilogía de la era de la información. Luego vendría otra red universitaria y así construir la red de redes universitarias, en dónde se comparten y consumen necesidades diversas.   

Hélices de acción: La universidad debe trabajar en coordinación con los sectores productivos y empresariales y el gobierno; pero con el debido distanciamiento, la universidad no es una empresa ni parte del gobierno. Esto supone un diálogo sincero y honesto desde el “lugar” universitario, aportando ciencia, sin dejarse contaminar por los intereses comerciales o ideológicos. 

Identidad: ¿Y por qué hay tantas universidades?, ¿qué nos diferencia? Cada universidad debe decodificar su ADN, analizarlo, potenciarlo y proyectarlo. Para eso fueron creados los conceptos de misión y visión; pero hoy se han agotado. La identidad universitaria debe estar diluida en su quehacer, y sobre todo en sus programas académicos. Se debería notar el perfil del docente y del graduado. 

Superar el monólogo, dos caminos: La mayoría de universidades en Latinoamérica siguen haciendo ciencia en un modo de monólogo: Nadie lee o usa lo que produce. El mundo de la ciencia es en inglés, pero las universidades no son sajonas. O fortalecemos la relevancia de la ciencia en español o portugués o nos transformamos en bilingües. Ninguna de las dos tareas es fácil, pero hay que decidir y hacer algo.  

La lista podría ser más larga y, muchos de los aspectos propuestos podrían generar discusión y debate; como sea, no nos podemos quedar cómodos haciendo, académicamente, lo que hacemos desde hace diez, veinte o treinta años. Todo está cambiando muy rápido y la educación terciaria debe responder y ajustar el equipaje.  

Nuestra misión universal es “diseñar soluciones a los problemas de la sociedad”, sean éstas educativas o científicas. Las universidades brindamos un servicio muy importante a la sociedad y, por la naturaleza académica y científica institucional, éstos servicios deben estar siempre a la altura de los tiempos, nunca atrás.  

Finalmente, nos debemos hacer algunas preguntas: ¿Qué tan importante hoy es ostentar un título universitario?, ¿tienen caducidad estos títulos?, ¿qué tipo de profesionales buscan los gobiernos y las empresas?, ¿con qué capacidades y competencias?, ¿qué busca un joven en ésta época?, ¿qué tan conectada está nuestra universidad con los teléfonos móviles de la gente?, ¿a qué distancia estamos de los países desarrollados?, ¿podremos acortar esa brecha o nos conformamos con nuestro subdesarrollo?, ¿cuál es nuestra respuesta digital a la economía digital?, ¿estudiar para qué?, ¿qué significa ser rector, decano, docente o investigador hoy?  

Las universidades están llamadas a ser los principales entes disruptivos de la sociedad y, como tal, tienen que superar las desgastadas herramientas de gestión de los noventa: Misión, Visión y Planificación estratégica. Deben hacer algo más, cuestionarse, revisar, redefinir y proyectarse al futuro con propuestas serias, reales, creativas y realizables, sino poco a poco se van a debilitar y luego comenzarán a ser sustituidas o a desaparecer.

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