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El cerebro político…

The Political Brain” es un libro de Drew Westen, profesor de psicología en la Universidad de Emory, en el cual describe el papel de las emociones en las decisiones del destino de una nación, es decir una mirada neurocientífica. Primera conclusión: La razón y la racionalidad juegan un papel limitado en las decisiones políticas. Segunda conclusión: El uso de palabras e imágenes desencadenan cascadas emocionales. Tercera conclusión: Hay un sesgo de confirmación, y aquí se juega todo. 

Francis Bacon anotaba en el Novum Organum en 1620: “El entendimiento humano una vez que ha adoptado una opinión (…) atrae todas las cosas para apoyarla y estar de acuerdo con ella. Y aunque hay un mayor número y peso de casos que se encuentran en el otro lado, sin embargo, estos o los descuida y desprecia (…) para que por esta gran y perniciosa predeterminación la autoridad de sus anteriores conclusiones permanezca inviolable”  

El “sesgo de confirmación” o sesgo confirmatorio es la tendencia a favorecer, buscar, interpretar, y recordar, la información que confirma las propias creencias o hipótesis, dando desproporcionadamente menos consideración a otras posibles alternativas. Se trata de un tipo de sesgo cognitivo y un error sistemático del razonamiento inductivo. Las personas muestran esta tendencia cuando reúnen o recuerdan información de manera selectiva, o cuando la interpretan sesgadamente. El efecto es más fuerte en aspectos de contenido emocional y en creencias firmemente enraizadas, sobre todo en materia religiosa o política. 

Ahora demos un paso más. Hablemos del cerebro, las emociones y la consciencia. 

El cerebro: funciona con tormentas eléctricas auto-controladas; generando imágenes internas del mundo externo; imágenes cambiantes en tiempo real. La percepción en el cerebro funciona como la validación de imágenes externas. Estas propiedades eléctricas del cerebro son la oscilación, la resonancia, la ritmicidad y la coherencia. 

La mente es el estado funcional del cerebro por excelencia, la cual se rige por las reglas biológicas y fisiológicas del ser humano. Así las células nerviosas trabajan como una red o sociedad en el cerebro, en conjunto, creando símbolos, representando universales y generando una interacción dinámica entre el medio exterior y el interior. 

Afirma Llinás que la “predicción” -espacial y temporal- es la función primordial del cerebro. En este contexto, la inteligencia no es otra cosa que la aplicación de reglas tácticas de supervivencia y movimiento en relación con el entorno (decisiones). La predicción de eventos futuros es esencial para la supervivencia. Predicción es un pronóstico de lo que pueda suceder. 

Para que un individuo actúe correctamente debe procesar y comprender con facilidad y rapidez las señales externas por los sentidos; luego, esta señal es transformada en respuesta motora para conectarse nuevamente con la realidad externa. Para ello el cerebro crea representaciones simbólicas de espacios internos equivalentes o relacionados con los externos. 

Hay diversos principios en las relaciones internas y externas, temporales o espaciales, a lo que se ha llamado “geometría funcional”; esto implica un conjunto de representaciones inimaginables 

Las neuronas -en forma de asamblea celular o redes Hebbianas (plasiticidad sináptica)- trasmiten y reciben información, construyen, memorizan y configuran la actividad cerebral, simulando la realidad externa y apropiándose de los principios operativos, facilitando y organizando transformaciones sensomotoras, para responder con productos cognitivos. 

Luego, aprendemos y nos desarrollamos a través de ocho constructos neuroevolutivos: Atención, Memoria, Lingüística, Espacial, Secuencia, Motor, pensamiento social y pensamiento superior. Existen controles de admisión y de salida de la información que aportan una especie de calidad o eficacia a nuestras decisiones o aprendizaje (M. Levine) 

Las emociones: son reacciones psicofisiológicas que representan modos de adaptación del individuo cuando percibe una persona, objeto, lugar, suceso o recuerdo importante. Desde el punto de vista psicológico, las emociones alteran la atención, hacen subir de rango ciertas conductas guía de respuestas del individuo y activan redes asociativas relevantes en la memoria. ​  

Los sentimientos son el resultado de las emociones, son más duraderos en el tiempo y pueden ser verbalizados (palabras). Fisiológicamente, las emociones organizan rápidamente las respuestas de distintos sistemas biológicos, incluidas las expresiones faciales, los músculos, la voz, la actividad del sistema nervioso y la del sistema endocrino, pudiendo tener como fin el establecer un medio interno óptimo para el comportamiento más efectivo. 

Los diversos estados emocionales son causados por la liberación de neurotransmisores (o neuromediadores) u hormonas, que luego convierten estas emociones en sentimientos y finalmente en el lenguaje. 

Conductualmente, las emociones sirven para establecer nuestra posición con respecto a nuestro entorno, y nos impulsan hacia ciertas personas, objetos, acciones, ideas y nos alejan de otros. Las emociones actúan también como depósito de influencias innatas y aprendidas. Poseen ciertas características invariables y otras que muestran cierta variación entre individuos, grupos y culturas. 

Los modelos de emociones básicas proponen la existencia de emociones atómicas o discretas, a veces permitiendo que varíen en intensidad y que se combinen para generar emociones más complejas y matizadas. 

Paul Ekman y colaboradores (1983) propusieron patrones para seis emociones básicas que parecen ser biológicamente básicas y universales en todas las culturas: Sorpresa; Asco; Tristeza; Ira; Miedo; Alegría o felicidad. Esta lista de emociones básicas se convirtió en la propuesta con mayor aceptación, recibiendo el nombre de “Las Seis Grandes Emociones” («The Big Six«, Prinz, 2004). 

El autoconocimiento emocional y la autorregulación emocional son indicadores de la inteligencia emocional. Salovey y Mayer (1990) definen la emoción como un conjunto de metahabilidades. 

Las emociones tienen una gran relevancia para el desarrollo biopsicosocial, especialmente sirven de base para construir relaciones afectivas; ya que permiten la adecuación y comunicación en contextos sociales, mediante vías de comunicación no verbales. 

La consciencia: es un estado de la mente, de carácter subjetivo, unificado y continuo. A nivel topográfico, radica en áreas posteriores de la corteza cerebral. La hipótesis de la integridad funcional es la que mejor explica actualmente cómo la crea, produce y administra el cerebro. El cerebro humano podría no haber evolucionado lo suficiente para entender cómo la materia se convierte en imaginación. 

La consciencia permite darnos cuenta de nuestra propia existencia, de la del resto del mundo y de las cosas que pasan, es algo muy similar, pues no es otra cosa que el inteligible resultado del procesamiento de información que tiene lugar en el interior del cerebro. Es un sistema donde el cerebro presenta continuamente la información que necesitamos conocer en cada momento para guiar el comportamiento o tomar decisiones.  

La consciencia es un estado mental muy especial y personal, pues sólo podemos sentir la propia consciencia y nunca la de los otros. Es decir, no hay manera de penetrar en la mente de otra persona como lo hacemos en la propia gracias a la consciencia.  

Gracias a la consciencia pensamos, valoramos las cosas, resolvemos problemas, y tomamos decisiones. La consciencia aporta mucha flexibilidad al comportamiento humano, mucha ventaja sobre lo que, alternativamente, pudiera aportar el más sofisticado robot. La gran pregunta, no obstante, es cómo el cerebro hace posible la consciencia. Tradicionalmente se ha considerado que el tálamo, una región del centro del cerebro relacionada con el procesamiento de información sensorial (visual, auditiva y táctil), es la estructura más importante para hacer posible la consciencia. Se pensaba así porque las personas que sufren daño en esa parte del cerebro pueden perder la consciencia o una parte de ella. 

Conclusiones, las decisiones políticas desde la perspectiva neurocientífica, se basan en emociones o reacciones que trascienden lo racional, pero de modo consciente. Se crean símbolos y en torno a ellos se construyen fuertes sesgos de confirmación como mecanismo apologético, descartando otros datos o posibilidades que amenacen a la idea fundamental.  

Existen posturas epistemológicas, es decir, posiciones desde las cuales los sujetos conocemos, analizamos, juzgamos, etcétera; estas condiciones vienen dadas por aspectos familiares, culturales, educativos, creencias, valores, religión, entre otras.  

A mayor nivel cultural y educativo se privilegian los argumentos racionales y lógicos (pensamiento superior); por el contrario, e menores niveles prevalecen aspectos emocionales, primarios o básicos, generando una dependencia externa y una mayor satisfacción vicariante (aspirando o dependiendo de otros referentes). 

El fanatismo (religioso, obsesivo, político) es el apasionamiento o actividad que se manifiesta con pasión exagerada, desmedida, irracional y tenaz; es un tipo de fundamentalismo, en dónde se suprime la consciencia de individualidad y se proyecta la adhesión a otro. 

Nunca discuta con un fanático o estúpido, le ganará por experiencia, espere que él mismo se enfrente a su realidad y asuma sus consecuencias… 

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