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El regreso a clases y su incidencia emocional  

La pandemia ha intensificado diversas emociones en  cada uno, tanto en los adultos como en los niños y jóvenes. Para muchos docentes el próximo regreso a clases presenciales, además de provocar la habitual y natural alegría de reencontrarnos con nuestros estudiantes, genera también una profunda ansiedad y preocupación no solo por la responsabilidad que implican las cuestiones sanitarias, sino también por una cuestión de inestabilidad emocional. En efecto, cada una de las emociones fuertes que, desde hace exactamente un año hemos podido sentir, pueden afectar tanto nuestra estabilidad emocional como la de nuestros niños y jóvenes.  

Sabemos que la profesión docente es per se una profesión emocional. La relación con los estudiantes es una relación compleja como lo es también con otros agentes involucrados en el sistema. Frente a esta situación, como docentes, debemos cuidar nuestro equilibrio emocional así como también el de nuestros alumnos. Las emociones están muy presentes en nuestras vidas y afectan diversas habilidades humanas, como pensar, solucionar problemas o tomar decisiones.  

Desde el enfoque de las neurociencias, las emociones inciden significativamente en el proceso de aprendizaje. El aprendizaje tiene relación directa con los estímulos emocionales, de los que depende qué y con qué profundidad se aprende. En este contexto particular, al regresar a la modalidad presencial no podemos pretender que “aquí no ha pasado nada” e ignorar los efectos de la pandemia, del confinamiento y su relación con el desarrollo de las competencias emocionales. La experiencia y la manera de enfrentar estas situaciones y las condiciones particulares en las cuales cada docente así como cada estudiante ha sobrellevado la continuidad pedagógica han sido muy diferentes y han tenido un impacto importante en sus hábitos y su estado emocional. El estrés, la ansiedad, la furia, la tristeza o la depresión entre otras, son emociones que se han derivado de todo este contexto y se han hecho presentes no solo en adultos sino en niños  y jóvenes.  

Además,  el regreso a la escuela  implicará empezar una nueva historia con nuevos hábitos y formas de convivencia; conductas y experiencias muy diferentes a las que todos estábamos acostumbrados antes de la pandemia. ¡No volveremos  a clases como lo hicimos anteriormente! El estricto respeto a las normas de bioseguridad y el mantenimiento del distanciamiento social no solo cohartarán la genuina espontaneidad y la naturaleza eminentemente social que representan las aulas; sino además provocarán una mezcla de emociones y sentimientos encontrados que ciertamente vendrán a opacar el entusiasmo y la alegría del reencuentro. 

Con seguridad nos enfrentaremos a situaciones de intensa carga emocional y todo este cúmulo de emociones negativas pueden, sin lugar a dudas, bloquear el proceso de enseñanza-aprendizaje desviando la atención e impidiendo la concentración.  

El regreso a clases deberá, antes que nada, tomar en cuenta el estado emocional de los estudiantes para asegurar nuevamente la generación de buenos aprendizajes: focalizarse en la recuperación de su bienestar emocional y adentrarse poco a poco en las actividades académicas. Deberá significar una revalorización de las emociones en las prácticas docentes lo que supone sensibilidad ante estos temas, pero también una suficiente competencia para favorecer la educación emocional de todo el alumnado.  

En este sentido, el Ministerio de Educación está realizando un notable esfuerzo por facilitar el bienestar de los docentes y de los estudiantes a través de sus programas de formación docente en habilidades socioemocionales. Sin embargo, este esfuerzo no debería ser ocasional y tomarlo solo como una medida de solución temporal. Como plantea Goleman, la inteligencia académica no ofrece la menor preparación para la multitud de dificultades a las que debemos enfrentarnos a lo largo de nuestra vida. Hoy es pandemia y mañana ¿qué será? Es por ello que resulta imprescindible que en el ámbito académico, se enseñe a los niños y jóvenes la importancia de entender las emociones, tanto las propias como la de los demás. La educación emocional siempre ha sido importante y debería situarse  entre las preocupaciones principales en el proceso de formación de docentes así como entre las prioridades de las instituciones educativas. 

Indiscutiblemente, en este próximo regreso a clases presenciales las responsabilidades serán más y mayores y como docentes debemos reconocer que tenemos nuestros propios límites en este proceso. No todos somos  psicólogos ni super humanos; somos agentes educativos  y como tales tendremos que asegurar el regreso a clases con lo que somos y con los medios que estén a nuestra disposición. Tendremos que estar muy concientes y atentos para permitirle a cada uno retomar lo más serenamente posible su lugar en la escuela.  

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