En la conferencia del profesor italiano Nuccio Ordine titulada “La utilidad de lo inútil en nuestra vida” se aborda el problema de la velocidad con la que vivimos. El punto de partida es la relación duélica entre “el viaje” y “el destino”, entre el proceso de aprendizaje y el diploma… ¿Qué buscamos en la universidad: aprender y realizarnos o un título o diploma…?, para explicarnos utiliza una poesía de Kavafis titulada “Ítaca”… mantén en tu mente el destino pero disfruta y aprovecha el viaje lento… (frente a rapidez de la vida). 

La necesidad de comprender lentamente la explica Nuccio con un texto de Nietzsche, el prefacio de Aurora, escrito seis años después en la segunda edición del libro, situándose al margen, tomándose el tiempo necesario y aprendiendo de la calma; pero luchamos contra una sociedad vertiginosa preocupada por el dinero y las tecnologías. La sociedad actual, veloz, no tiene tiempo en fomentar las relaciones humanas, es egoísta y arruina la escuela, la universidad, la investigación, el patrimonio artístico.    

Los programas doctorales, y en ellos, la disertación doctoral es justamente un viaje largo de aproximadamente dos años; pero se trata de un trayecto en dónde el aventurero debe ir buscando, explorando y construyendo su destino. 

Un buen problema, una capacidad de asombro excepcional, muchas preguntas, desafiar las tradiciones, búsquedas y capacidad de comunicarlo, es el legado de los presocráticos, con lo cual desafiaron los mitos, sagas, religiones y supuestos mágicos; ¡¡¡y ese método sigue vigente!!! 

Un mapa muy amplio nos sitúa en los mares u océanos (el método científico).El equipaje está dado, pero hay que acomodarlo, problemas, hipótesis, teorías, métodos, técnicas, instrumentos y mil cosas más. Las encrespadas aguas de las dudas, debates, frustraciones, lecturas y muchas horas de brete están al acecho. Se corre el riesgo de naufragar o navegar al garete, para eso están las brújulas (Directores) y los sextantes (lectores). El destino no lo tenemos muy claro, es algo a descubrir y a presentar, pero hay un rumbo, hacia un nuevo puerto de llegada y probablemente de partida. El que llega a ser doctor es un navegante que sabe encarar travesías complejas; sabe cuándo izar o arriar velas; anticipa las tormentas y llega a su destino. Es un buen capitán y un buen marinero…  

En el viaje doctoral hay corrientes rápidas que nos llevan viento en popa y momentos de varar o anclar para detenerse a pensar y tomar decisiones. Pero siempre habrá que trabajar con las cartas marinas, siempre habrá que dibujar y corregir, siempre hay que leer. 

Leer y redactar, pensar y corregir, validar y revisar, parar y seguir, en búsqueda de ese algo novedoso, que a veces se observa en el horizonte y otras veces se pierde en las entropías de las teorías. No es fácil, pero de eso se trata este oficio. Una tarea, que como el pescador, implica paciencia. 

La disertación doctoral es una experiencia de trabajo científico para transformarnos en especialistas; su eje principal es un buen problema para el cual tenemos que diseñar soluciones; el rigor lo aportará el aparato metodológico. Pero al final, todo el trayecto es un zigzag de lecturas, debates y búsqueda de información. 

Ser doctor es más que ostentar el más alto grado académico o elevar nuestro estatus social; llegar al grado es en realidad una prueba de que podemos iniciar y terminar un viaje complejo; y a la vez implica una transformación interna del profesional al especialista. ¿Qué es ser un especialista…? Anota el diccionario de la Real Academia Española: Una persona experimentada y con amplios conocimientos en un campo del saber; un referente; alguien a quien consultar o citar. 

Un doctor también es un sujeto amigo de la verdad, capaz de desideologizar y descubrir la verdad; de ahí su categoría de Philosophy Doctor; con una mirada cubista, profunda y última puede descifrar la realidad, y realizar ejercicios exegéticos y hermenéuticos.  

Los doctores están llamados a ser académicos privilegiados “Doctus, Probus et Probatur”; dueños de la ética y de la epistemología, porque son amigos de la verdad y porque pueden saber desde dónde abordar los fenómenos que nos rodean, asedian o se proponen como oportunidades.   

El doctor está en su locus, ubicado en tiempo y espacio, ha delimitado, separado y focalizado sus intereses, sabe de ello como ningún otro; pero a la vez tiene conciencia socrática de que no sabe nada, y que puede aprender y descubrir más. 

Con amplio inventario de lógicas, antiguas y contemporáneas, aristotélicas y cartesianas, sigue haciéndose las preguntas kantianas: ¿qué debo saber?, ¿qué debo hacer?, ¿qué puedo esperar?, y sabe -con Bauman- que está parado en las arenas movedizas y líquidas de la globalidad; también sabe -con Fukuyama- que todo tiene límites y fines; y por último sabe -con Nussbaum y Rawls- que siempre hay inequidades e imperfecciones a resolver. 

Bienvenidos (as) al viaje de la disertación doctoral… 

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