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Cristina Estrada

Cristina Estrada

Comunicóloga / Docente Universitaria

Evaluación educativa: Competencias integrales y autonomía del aprendizaje

Desde los albores de la humanidad, la necesidad de conocer el entorno y las causas o consecuencias del mismo, fueron matizando lo que hoy por hoy conocemos como práctica educativa. En la sociedad, muchos son los actores que participan en el proceso, pero no todos asumen el protagonismo al que están llamados. Desde sus primeras etapas se deja el reflector únicamente sobre la figura del docente limitando la posibilidad de éxito de un proceso que debiera ser integral evaluando no solo por objetivos sino basada en las destrezas cognitivas y en la inteligencia social.

La evaluación vista como la estadística fría que confirma quiénes son competentes intelectualmente y quiénes no, se convirtió en la garantía del éxito burocrático de una realidad utópica. Las aulas han involucionado en etapas poco alentadoras que marcaron fronteras invisibles entre clases, estatus y capacidades cognitivas. Hay algo que los latinoamericanos aún no desean comprender y es que los modelos educativos de evaluación deben diseñarse de acuerdo a la realidad de la región en la que se aplican y por tanto a las exigencias integradoras de las sociedades nativas.

El Salvador se encamina a la adopción de modelos educativos sin la aplicación integral de la ética y del impacto social que debiera ayudar a solventar los problemas del entorno. Por tanto, la evaluación termina indicando quiénes encajan en un modelo económico y cuál es el rol que deberán cumplir dentro de él sin más opción que merecer lo que una cartilla de promedios parece decir de cada individuo en cuanto a su dominio técnico sin el equilibrio de valorar cualitativamente sus habilidades blandas. No es lo mismo adoptar modelos que adaptarlos.

Pero ¿Qué más hay dentro del ser? 

Ningún proceso evaluativo debería causar estrés en el estudiante ni en el docente. No es mejor praxis educativa la de aquel que se vanagloria de la cantidad de alumnos aplazados. El docente no debe procurar el fracaso de sus pupilos, sino ayudarles a que sean autónomos en su aprendizaje y a que los resultados de la evaluación a la que se sometan refleje su verdadera capacidad y sus oportunidades de mejora. Es necesario aprender a evaluar las motivaciones de los estudiantes, sus antecedentes, sus presaberes. Medirlos por su aprendizaje humano y no sólo por el académico. Hay muchos casos de personajes que, teniendo toda la capacidad cognitiva necesaria para sobresalir, dañaron y siguen dañando a las sociedades porque de nada sirve ser sobresaliente académicamente si no se es inteligente emocionalmente.

Llegar a democratizar las evaluaciones por competencias supone ajustes en el sistema educativo ya que es más difícil formar estudiantes cuando los docentes también lo han sido bajo el auspicio del mismo sistema magistrocentrista. Es complicado exigir excelencia cuando la base de conocimientos actuales de los jóvenes que se reciben como bachilleres es carente de profundidad, de pensamiento crítico y de conciencia social. ¿Qué más se podría esperar con políticas educativas que impiden aplazar niños en educación básica, aunque no estén aptos para el nivel inmediato superior? Tampoco se puede esperar que la educación personalizada se produzca en aulas saturadas por cientos de jóvenes: ¿cómo conocerlos?, ¿cómo evaluarlos más allá de las pruebas?, ¿cómo seleccionar la mejor metodología? Es una tarea impresionante pero no imposible. La voluntad es primordial. Hay que dar pasos pequeños pero firmes, educar a seres humanos y no a códigos.

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