inclusiongramatical
Rafael Lara Martínez

Rafael Lara Martínez

Professor Emeritus, New Mexico Tech
Desde Comala siempre…

Género e inclusión gramatical – Ponencia en el simposio «Gramática, lenguaje inclusivo y desigualdad de género»

Creces y te adelgazas, Rosal, por un destino Sin mancha y sin herrumbre. Yo te veo crecer, Y me pongo celoso porque ya mi vecino Parado de puntillas quizá te puede ver.

Vicente Rosales y Rosales

Inicio con un epígrafe del escritor salvadoreño Vicente Rosales y Rosales (1894-1980), quien recurre a la poética para plantear la disparidad entre lo masculino y lo femenino.  La estrofa describe la existencia explícita de tres entidades masculinas y una femenina implícita, a saber: Yo- Rosal – Vecino y la Rosa, innominada.  El Yo entabla una relación de conflicto con el Vecino por el simple hecho de observar el Rosal, a quien llama su «Maestro» (1929).  La maestría de este arbusto no la expresa el matojo en sí mismo.  En cambio, se la concede la capacidad de florecer (xuchikisa).  El Rosal produce Rosas, símbolo de la poesía misma: Anthos, Xóchitl, Xuchit.  Por ello, el narrador, Yo, reconoce la pericia del Rosal como un acto supremo a imitar.  Este retoñar genera una disputa con su Vecino quien anhela también apropiarse de esa cualidad (re)productiva.  La disputa entre iguales —reciclaje de la tragedia griega, más que de la lucha marxista de clases-, consiste en acaparar la Rosa, el ente femenino.  En un modo de reproducción inverso al natural, lo masculino —el Rosal, Yo, mi Vecino—, engendra lo femenino, como el arbusto crea la Flor, e intenta monopolizarla para sí.  La maestría del Rosal nos enseña que no soy Yo, varón, quien proviene del vientre femenino.  Por lo contrario, lo femenino, la Rosa, la multiplica la creatividad masculina que luego incita a la lucha por poseerla.   

Con este paradigma en mente, hay que revisar el término mismo de «género» el cual posee distintos sentidos.  Reduciéndolos a tres serían: gender – genre – genus.  Expresa la clase, el tipo, la variedad, la calidad, etc.  Por esta simple trinidad, la cuestión se complica ya que del mismo genus no puede preverse el género que una lengua le atribuya a una cosa.  Por ejemplo, el marañón y el mango no son masculinos por el hecho de pertenecer a las anacardiáceas, sino por un sino gramatical que, a veces, resulta arbitrario.  No en vano, el género gramatical castellano con-funde dos categorías lingüísticas divergentes.  Si la diferencia entre tío-tía, sobrino-sobrina, etc., la explica la flexión, la distinción entre puerto-puerta :: leño-leña :: suelo-suela, etc., invoca la derivación, esto es, la formación de vocablos emparentados en su raíz nominal, pero distintos en su contenido final.  Igualmente, complejo, resultaría la ambigüedad entre el/la mar que la mito-poética náhuat inclina hacia lo femenino.  En efecto, por un enlace intrínseco entre el cuerpo humano, el mundo y el cosmos, la Luna (Metzti) dirige las mareas de igual forma que el ciclo femenino de la menstruación, literalmente «Lunear (Metzhuia)», en la lengua clásica.  El castellano plantea ciertas arbitrariedades de género que —según se describe—, quedan ocultas al traducirlas a una lengua indígena e incluso a una lengua occidental como el inglés que carece de concordancia: «the white shirts are beautiful», donde no hay género y el número sólo lo hace explícito el sustantivo.   

En esta elección lingüística y cultural, mi recomendación personal sería optar por la mayoría simple al hablar.  Lejos de derivar lo femenino de lo masculino —la Rosa del Rosal, en disputa viril—, opto por emplear el género de la mayoría de la audiencia.  Obviamente, esta opción contradiría el dictamen de la Real Academia de la Lengua (RAE), que sugiere englobar lo femenino en lo masculino.  Empero, ese dictado legal con-funde el doble sentido de la palabra «real» que en castellano no distingue «royal» and «real», esto es, la realeza de la realidad.  De existir una verdadera democracia, la decisión del habla le corresponde a Yo, al hablante que en varias lenguas equivale a la entidad del poder.  En democracia, esta decisión recae en el acto de habla en su creatividad, no en su normativa jurídica.  Del término náhuatl para el gobernante «Tlatoani» —»quien habla»— al inglés The Speaker of the House» —»El/La Hablante de la Casa/Asamblea»— al «Yo, El Supremo» de Augusto Roa Bastos, el Yo ejerce la función de gobernante o dictador que dirige toda operación del habla.  Así el habla oscila de su índole descriptiva —presunto mapa borgeano de la Real—, hacia su carácter prescriptivo o performativo.  Por un procedimiento jurídico, la palabra crea el objeto que nombra: «hágase la luz…»; «los declaro marido y mujer»; «el presidente y la Asamblea declaran estado de excepción».  En el performativo, lo real no remite a la realidad, sino al poder de la realiza que engendra la ley.   

En verdad, Uds.  en Guatemala lo saben mejor que yo, existen otros géneros o maneras de clasificar los objetos en el mundo.  Les recuerdo la ausencia del masculino y femenino en náhuatl y náhuat, incluso entre he/him/his,  she/her e it: yaja (independiente; ø- (sujeto), ki- (objeto), i- (posesivo).  Igualmente, en otras lenguas indígenas, existen clasificadores que organizan las cosas según su dimensión.  Por ejemplo, un lápiz, una hoja de papel y una pelota poseen una, dos o tres dimensiones predominantes y, por lo tanto, les correspondería un género distinto.  Otra manera de clasificar la establece la materia —metal, madera, papel, etc.—, que compone un objeto particular.  En breve, estas clasificaciones disímiles del castellano demuestran la variedad de actitudes lingüísticas de transformar la realidad en un hecho cultural que —en cartografía borgeana—, empaña su verdadero contenido natural.  Esos también son géneros gramaticales que solemos desdeñar.   

Por esta transformación de las cosas en palabras, es necesario recordar la distinción radical entre la biología y el edificio cultural.  Si la postura del fundamentalismo insiste en acentuar lo natural como predeterminación única —para el género— olvida aplicar esa misma regla ontológica a otros ámbitos de la cultura humana, tal cual la vivienda, la comida, el vestido, el transporte, etc.  Quizás lo mismo sucede con el precepto pro-vida el cual califica el aborto de crimen, pero apoya la venta de armas, la pena capital y la guerra —a excepción notable de los cuáqueros (Quackers), en su pacifismo radical.   

Por ello, como institución cultural, la lengua remite siempre a arbitrariedades legales que imponen un dictamen jurídico externo a lo natural.  La simple distinción entre patrimonio y matrimonio señala cómo al padre, es decir, al varón le corresponde la esfera pública, las finanzas y la política, mientras por tradición la mujer transcurre de hija a esposa y madre, en la intimidad del hogar (i.e., patria sin matria).  En esta oposición clásica entre el hombre público y la mujer privada, la propuesta de Rosales y Rosales amplía su esfera hacia otros términos abstractos femeninos que la masculinidad lucha por apropiarse.  Se hable de verdad, justicia, libertad, belleza, revolución, nación, etc., casi siempre se describe la lucha fratricida o de clases, entre hombres, por arrebatar esa abstracción femenina.  Una cita de otro autor salvadoreño, Salarrué (1899-1975), insiste en recordar cómo el hombre refleja en «el espejo» de su fantasía la feminidad necesaria para apoderarse de la naturaleza.  El «»Príncipe Romántico», luego de observar que «el espejo» proyecta «cierta gracia femenina» que le otorga el derecho de «busc(ar) al incognoscible…de la Naturaleza»»: «la belleza, justicia y verdad» en su palabra.  Sea Rosales y Rosales, la RAE o Salarrué, en los tres casos aludidos, lo femenino deriva de lo masculino por medio de una inversión cultural de lo biológico.  Si yo, varón, provengo del vientre materno —vestido de placenta y atado por el cordón umbilical, según la etimología de México, «en el lugar del ombligo de la Luna»—, la inversión gramatical y fantástica me obliga a imaginar lo contrario.  Lo masculino engendra y engloba lo femenino en su género omnicomprensivo.  El deseo viril prescribe la aparición de la naturaleza femenina.     

Para concluir, aludo a un seminario por venir el cual examina otro género (genre): el literario.  Al reverso de con-fundir la lengua con el mundo —es decir, la descripción con la prescripción performativa—, se presupone que hay una frontera estricta entre el calco del realismo y el invento de la fantasía.  Basta que la mona se vista de seda para dejar de serlo, como si el asesino arropado de smocking orientalista jamás cometiera un crimen semejante a una persona desaliñada.  En vez de esa oposición entre la copia y la ficción, debe examinarse cómo la fantasía expresa tabúes sociales estrictos, de los cuales el más relevante señala el cuerpo humano sexuado.  En este ropaje de palabras, la apariencia y el vestido suelen anular la acción de los personajes y la esencia de su comportamiento.  Sin embargo, así como sucede con la manera en que del género masculino se deriva el femenino, en su imaginario cultural, la fantasía no propone sino hablar de lo inédito.  El lenguaje performativo satura tanto al lenguaje descriptivo, como el facsímil realista invade la fantasía.  El útero fabuloso del hombre declara «yo te inventé a ti poco a poco»; el hombre «inventa una mujer a la medida de su deseo» (Salarrué, «Catleya luna», 1974).  Esta temática de género (gender) no la incluye la política, ya que restringe su esfera a lo masculino preferente.  Al lenguaje inclusivo de una verdadera democracia —mayoría simple, esto es, hablar en femenino si hay cinco mujeres y cuatro hombres—, la presunta fantasía agrega el tabú político que exige excluir el cuerpo humano sexuado de su ámbito de análisis.  En síntesis, si por la potestad gramatical lo masculino engloba lo femenino, la fantasía aplica esa misma normativa rígida al hacer de la mujer una proyección del deseo viril.   

Agradezco la invitación del moderador a participar en este coloquio.

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