En su acepción más básica “principio” es lo que está al inicio de algo; la etimología de la palabra deriva del latín principium (comienzo, primera parte, parte principal; a su vez derivado de prim= primero,  y capi= tomar, coger, agarrar). El diccionario de la RAE define “principios” como la “Base, origen, razón fundamental sobre la cual se procede discurriendo en cualquier materia”.

Desde el punto de vista ético o moral, se suele decir que cada principio es una ley o regla que se cumple o debe seguirse con cierto propósito. Cada principio representa un conjunto de valores que orientan y norman la conducta. Se trata de un “Axioma” que plasma una determinada valoración de justicia constituida por doctrina o aforismos que gozan de general y constante aceptación. 

El diccionario Panhispánico registra no menos de doscientos principios de diversa naturaleza: jurídicos, morales, sociales, etcétera (https://dpej.rae.es/lema/principio) para la convivencia y bienestar humano. 

Quizá vale la pena hacer algunas aclaraciones preliminares: 1) Los principios son un conjunto de parámetros éticos de carácter universal, dirigidos a orientar la vida en sociedad. 2) Los valores son guías para definir el correcto comportamiento de los individuos en la sociedad. 3) La ética es el estudio de la moral, la teoría racional de cómo actuar en sociedad. 4) La moral es la forma en que actuamos, el comportamiento, el hábito. 5) La ética tiene que ver más con la teoría racional y la moral, con la práctica, incluyendo elementos religiosos o culturales.

Cuando hablamos de principios, desde una perspectiva ética, una parada teórica obligatoria es Kant. El “imperativo categórico” de la ética kantiana y de toda la deontológica moderna posterior, pretende ser un mandamiento autónomo -sin religión, ni ideología- y autosuficiente, capaz de regir el comportamiento humano en todas sus manifestaciones. Kant empleó por primera vez el término en su Fundamentación de la metafísica de las costumbres (1785): “Obra sólo según aquella máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en ley universal”. Popularmente diríamos: Trata a los demás como te gustaría que te traten.

Pero también existe una visión ética “utilitaria” que busca de modo pragmático maximizar las ganancias y minimizar las pérdidas; es una visión calculista, basada en consecuencias y pese a sus fundamentos originales (Bentham-Mill), puede terminar de modo sesgado o subjetivo. Por ejemplo, los políticos convencieron a los científicos que la bomba atómica era un recurso disuasivo; pero mintieron y la utilizaron.

Cuando contrastamos toda esta teoría con el actuar de nuestra clase política descubrimos una brecha abismal caracterizada por: a) Mentiras; b) Contradicciones; c) Absurdos; d) Fraude; e) Falsedad; f) Engaño; e i) Estafa.

Los políticos contemporáneos no tienen principios sino intereses…; años atrás nos encontrábamos con políticos consecuentes; por ejemplo, Schafik Jorge Hándal o Mercedes Gloria Salguero Gross, estuviéramos o no de acuerdo con sus ideas, sabíamos que esperar de ellos. En cambio hoy, dicen una cosa y hacen otra, o sus planteamientos actuales contradicen sus puntos de vista del pasado inmediato.

La nueva “ética” de los intereses personales y de lo “políticamente conveniente” se ha manifestado en el paradigma definido por Moisés Naím: Populismo, Polarización y Postverdad. Efectivamente estamos ante un proceso de involución o entropía de la democracia, acelerado pro las redes sociales.

Éste es el verdadero rostro de la democracia que señalara Platón como una crítica al modelo, desde el individuo –psyche– o desde el orden político –politeia-; una degradación de libertad y desenfreno sin límites, pero es el mejor de los regímenes imperfectos actualmente, que transita de la colectividad a la conectividad (Bauman-Donskis). Efectivamente, las redes sociales han democratizado los sistemas políticos y ahora las voces se hacen sentir más y los políticos deben responder a las diversidades y tendencias, y ahí aparece la hipocresía con rostro de gobernantes.

El sujeto democrático -el último hombre de Nietzsche- se define entonces por tres características distintas, y de cierta manera, disonantes. Hay por un lado una radical “homogeneidad”, por otro lado “diversidad” y finalmente la “igualdad”. Responder a estas necesidades es casi imposible, por eso es necesario mentir para quedar bien con la mayoría.

En 1942, George Orwell escribió en su Diario de guerra: “Nos hundimos en la inmundicia. Cuando hablo con alguien o leo lo que escriben quienes tienen algún interés personal, siento que la honestidad intelectual y el juicio equilibrado simplemente han desaparecido de la faz de la Tierra (…) Todo el mundo es deshonesto y todo el mundo es absolutamente desalmado con la gente que está fuera del rango inmediato de sus propios intereses y simpatías. Lo que más sorprende es cómo la simpatía puede abrirse o cerrarse como un grifo de acuerdo con la conveniencia política”. Esta “ceguera moral” se ha intensificado en los últimos tiempos; hoy Orwell estaría mucho más escandalizado por la legión de idiotas que aparecen por toda la topografía digital opinando, insultando y odiando.

Una persona con principios piensa, reflexiona, lee, escucha; no se cree dueño de la verdad, no es selectivo ni practica la neutralidad ética. Dicen que la ética es el mejor seguro de vida para actuar, dormir y morir tranquilo; la sabiduría griega y clásica les recuerda a nuestros políticos: “Vive tu vida en la verdad y justicia, tolerante con aquellos que no son ni sinceros ni justos”.

Para concluir, no debemos olvidar en esta reflexión la frase de la leyenda urbana atribuida a Groucho Marx: «Éstos son mis principios, y si no le gustan, tengo otros» (la original se publicó en Nueva Zelanda en 1873: «Éstos son mis principios, pero si no les gustan, yo los cambio». Así son nuestros políticos, dispuestos a todo por el poder, y una vez que lo obtienen no lo quieren dejar, es una adicción.

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