Neurociencia2022a
Óscar Picardo

Óscar Picardo

Inteligencias…

El concepto de inteligencia (del latín intelligentia o intellectus, que a su vez provienen del verbo intellegere; inter («entre») y legere («leer, escoger») ha evolucionado y se ha redefinido muchas veces en la historia de la humanidad. Han existido múltiples definiciones y categorías taxonómicas; así como diversos intentos para medirla, desde el IQ (Intelligence Quotient) de William Stern, Alfred Binet, Théodore Simon y Lewis Terman de inicios del siglo XX, hasta los modelos contemporáneos de escalas como la Escala Wechsler (WAIS, WISC y WPPSI). 

La “pneuma” o “psyché” o el alma platónica de la Grecia Clásica, que administraba la “Areté” (valores o virtudes) y que poseía los conocimientos eternos, evolucionó e ingresó al discurso teológico con Agustín de Hipona como el elemento inmortal de la dicotomía humana; luego, en la escolástica Anselmiana o Proslogion aparece la razón como una capacidad intelectiva de la fe (Fides quaerens intellectum); y fue hasta la Ilustración, cuando en 1690 John Lock publica “An Essay Concerning Human Understanding” y se despliega el empirismo inglés -junto a Berkeley y Hume- y se erradican las teorías de las ideas innatas que poseía el ser humano y aparece la razón como una facultad del conocimiento. 

Entre Platón y la Ilustración, existieron múltiples teorías epistemológicas: el dogmatismo, escepticismo, subjetivismo, relativismo, pragmatismo, criticismo, racionalismo, intelectualismo, o aporismo. El debate histórico sobre las posibilidades nominalistas, realistas o realismo moderado (in rem (en la cosa), ante re (antes de la cosa), post rem (después de la cosa)) insertan un gran problema de articulación entre la realidad y la persona humana; la pregunta fundamental es: ¿cómo conocemos?, y las subsiguientes cuestiones que plantea esta pregunta son: ¿conocemos a partir de la realidad “res” (cosa)?, o bien ¿conocemos por las posibilidades del sujeto?. 

Ya en los siglos XIX y XX surge la psicología científica y evolucionan los estudios de la conducta y de la inteligencia, con los aportes de Gustav Fechner (1801-1887), Paul Pierre Broca (1824-1880), Carl Wernicke (1848-1905) y Wilhelm Wundt (1832-1920); y desde allí evolucionan las grandes corrientes estructuralismo, funcionalismo (James), psicoanálisis (Freud), Gestalt (Wertheimer y Köhler), Conductismo (Watson), hasta llegar a los aportes de desarrollo cognitivo constructivista de Piaget y Vigotsky y a las neurociencias contemporáneas. 

Hoy la inteligencia tiene otros rasgos, Gardner la catalogó como “Múltiple” y Goleman como “Emocional”; filosóficamente hablando también puede ser “inteligencia sentiente” (Zubiri); desde el punto de vista de las neurociencias, la inteligencia es un conjunto de constructos neuroevolutivos especializados (Atención, Memoria, Lingüístico, Espacial, Secuencial, Motor, Superior y Social) (Levine); un sistema complejo de microtormentas eléctricas y bioquímicas que permiten funciones de sobrevivencia, predicción y aprendizaje (Llinas). 

Cuando hablamos de inteligencia integramos diversos aspectos: lógica, comprensión, conciencia, aprendizaje, emociones, razonamiento, planificación, creatividad, pensamiento crítico, resolución de problemas, capacidades, competencia, etcétera. La Asociación Estadounidense de Psicología (American Psychological Association o APA en inglés) tiene una definición: “Los individuos difieren los unos de los otros en habilidad de comprender ideas complejas, de adaptarse eficazmente al entorno, así como el de aprender de la experiencia, en encontrar varias formas de razonar, de superar obstáculos mediante la reflexión. A pesar de que estas diferencias individuales puedan ser sustanciales, éstas nunca son completamente consistentes: las características intelectuales de una persona variarán en diferentes ocasiones, en diferentes dominios, y juzgarán con diferentes criterios. El concepto de «inteligencia» es una tentativa de aclarar y organizar este conjunto complejo de fenómenos”. 

En el artículo “Filosofía y neurociencia: Zubiri” propusimos un concepto propio de inteligencia: “La capacidad de saber adaptarse responsablemente a un medio externo, decidiendo, prediciendo y sintiendo con creatividad e imaginación, para lograr una empatía ética y de cara a la alteridad”. Nosotros somos y nos reconocemos en función de los demás… 

Pero después de trabajar muchos años en el campo de la docencia y de la psicopedagogía le damos la razón al profesor Mel Levine y a su principio: “All Kinds of Minds” (Mentes diferentes, aprendizajes diferentes) e incluimos aquí todas aquellas inteligencias complejas, distintas, especiales, que suelen tratarse como patologías y no son otra cosa que una forma distinta o diversa de ver el mundo y de relacionarse con la realidad, sea con más o menos restricciones, habilidades o capacidades. 

Los deportistas tienen una inteligencia motora y visual particular; los artistas poseen otras capacidades, habilidades y sensibilidades; matemáticos y físicos tienen una codificación particular para relacionarse con la realidad; pero también un niño promedio o con TEA (Trastorno del Espectro Autista) vive y crece en este mundo, son parte del mapa de alteridades, y no son peores o mejores, simplemente son y tienen la inteligencia a su medida que debemos educar, respetar y entender.  

Es tan valioso crear algoritmos complejos como contar historias e imaginar; jugar como Nadal o Messi o empujar el pesado carretón del mercado para que nos lleguen los alimentos a la cocina. Definitivamente no nos podemos imaginar una sociedad de “super hombres” o “super mujeres”, somos desde la sociología, antropología o psicología diversidad… 

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