Izalco_31
Rafael Lara-Martínez

Rafael Lara-Martínez

Professor Emeritus, New Mexico Tech
rafael.laramartinez@nmt.edu
Desde Comala siempre…

La compleja celebración navideña. Tradición local, migración global y masculinidad

0. Navidad, concepto regional

La tradición regional de Izalco ofrece una diferencia radical con la celebración actual, la cual el comercio impone como única de norte a sur. Proveniente de una región nórdica distante, transfiere las coníferas, la presencia de un hombre barbado y la nieve al trópico húmedo. Sin embargo, no entabla un diálogo recíproco, ni acepta ofrecerle posada a otras expresiones culturales que se asoman «cansadas del mal camino» hacia su territorio. El «arte popular» tiende a desaparecer de la escena global —es decir, de la región imperante que se cree universal al ignorar otros entornos geográficos. La escenografía izalqueña discordante la protege una «enramada» de «palmas de coco», ataviada de «estrellas púrpuras, celestes, moradas», en «gama de colores»: ¿el marco del árbol navideño? La marimba y la guitarra —»el tambor, la zambumba y la dulzaina»—, proveen la música de los cantos. Las «Recordadas» convocan al evento central: el nacimiento.

A esos rasgos regionales se añaden «el tecomate de San José», quien tira la brida de la burra que monta la Virgen cubierta de un «manto azul», en busca de posada antes de dar a luz. Las «Mayoras y Capitanas» acuden adornadas también «con plumas de chompipe» en el «sombrero».

Asimismo, lo universal se reviste de local por la fiesta del maíz, llamada «El Rezado o el Tobal» que la acompaña. Las flores que adornan la «Pascua» las sostiene un «Palo» del «árbol de Garrucha» con «maíz y color»; a veces alterna con el cacao. Como acto sincrético —en discrepancia con la indumentaria norteña de un hombre canoso y barbudo—, se ofrece un homenaje al «maíz y.…al cacao». A imagen de las manos, al verdadero árbol cósmico navideño «delgadas ramas» le crecen «en número de cinco…del mismo nudo»: ma-kwi-l (5), «lo que se man-tiene».

Luego de la medianoche, «se bota el palo» de casa en casa acompañados de cantos en «bombas» que aluden a la relación de pareja. Así, el nacimiento del Niño Dios se relaciona con la migración, la cosecha, con la extremidad superior del ser humano que la ejecuta y con el coqueteo. El ritual despliega una compleja secuencia, a saber: peregrinación migratoria – petición de posada – hospedaje – palo de Garrucha decorado para la siembra (¿árbol navideño?) – nacimiento – bombas.

I. Migración, tema tabú

El festejo del natalicio de Cristo no sólo vindica una cultura regional del maíz y del cacao. A la vez, predice tópicos actuales cual la deriva migratoria y la búsqueda de posada en el extranjero. No habría nacimiento del Salvador sin ese sitio de refugio que lo hospeda en tierra extraña, esto es, el retoño de la diáspora. De situar la tradición navideña de las posadas en la época actual, se cuestionaría la política anti-migratoria ligada al fundamentalismo pro-vida. Al igual que el pino, la nieve, el hombre blanco barbado y canoso —lo regional de lo global—, el derecho a nacer y vivir no dictamina una ley universal.

En cambio, ese código restringe su aplicación a los nacionales de un territorio estatal, y censura la potestad de la vida ajena, amenazada por la violencia. El postulado —»yo soy José…no me nieguen posada» porque «aquí ha de nacer el Niño»—, hoy equivale a «no se arrimen a la puerta», a la frontera norte sin asilo, so pena de la cárcel y de rechazo. La escena navideña se llamaría «teología de la migración» —nacimiento de Cristo en el extranjero—, cuya temática la repudia la versión nórdica global. De lo contrario, por principio ético, le abriría sus «puertas» a las familias necesitadas que solicitan asilo. Por paradoja flagrante, la cultura local habla de la migración global que la globalidad acalla. Si lo local insiste en que el hospedaje —»son peregrinos y no sé quiénes son»—, precede el natalicio del Salvador, la nueva visión global le niega todo comentario «a quienes vienen rendidos» (Lucas II, «no había sitio para ellos en la posada (no guest room available for them)», en este estado fronterizo pro-vida, y Juan, I:10, al inmigrante «el mundo no lo conoció (the world knew him (the migrant) not»). En breve, el disfraz regional de lo global lo calca el simulacro del derecho de vida que, en ardid ético, la ciudadanía le niega al ser humano en general.

II. Masculinidad

A medianoche, «en masa» se acude «a rendir homenaje al recién nacido», al ritmo de la «zambumba». Puesto que la noche aún perdura, la conmemoración del natalicio no concluye. Símbolo de la agricultura, el Palo se distribuye de casa en casa. Pero antes de depositarlo, la comitiva escenifica un canto llamado «Bomba». Al convocar el estallido de ese artefacto bélico, el cantar riega el maíz y el cacao en una correlación igualmente explosiva entre el hablante y la oyente, esto es, en un vínculo desigual de género en el habla.

En efecto, si el agricultor disemina granos en la tierra, el cantante alude directamente a su escucha como mujer. Hacia ella transmite —no un simple mensaje neutro—, sino le da un recado con una obvia distinción de género. Esta diferencia la inicia el poder de la palabra entre el Yo masculino, quien construye el sentido, y la Oyente (Tú) femenina, quien lo interpreta. Al doble sentido de «bomba» —»arma explosiva» y «máquina a impulsar fluidos»—, el verso añade que la relación entre el hablante y su receptora no ocurre sin un estallido similar. El mensaje avienta fluidos que estallan en varios sentidos, mientras las semillas retoñan en flores (xuchit, anthos) a significados diversos.

Al concluir, la celebración insiste en ofrecer una visión sobre la dificultad de fundar una relación estable de pareja. A desglosar esta perspectiva se concentra el siguiente apartado. De las veintitrés (23) bombas transcritas, la primera anota el saludo —»venimos a celebrar al Niño Dios de María»— mientras la última transcribe la despedida al «amanecer» y evocar «la luna». De las metáforas de la fauna y de la flora —»pájaro» y «cojoyo» prevalentes—, se transcurre hacia la relación «espinosa». Luego del encuentro furtivo —del paso fugaz de la mujer— los celos temen la traición y el pleito con la autoridad que le cede la pareja, esto es, la suegra. En temática inesperada, surge el fratricidio que insinúa la relación viril entre iguales.

II. I. De la flora

La mujer aparece como «hoja», «fruta» y «cojollo» a recoger. Se trata de un cultivo natural que el hombre recolecta. Seductor sinfín —»miguelero»— el hombre visualiza las «hojitas verdes» del «higüero» en ofrenda a su deseo. Más repetido, ella se transfigura en «cojoyo», cogollo a quien le implora abrir las puertas en solicitud equitativa. De aceptar la rogativa viril, «el verde cojoyo laurel» le otorgaría «besitos más deliciosos que la miel». De lo contrario, la mujer representa «el verde cojoyo de tuna» que espina el deseo viril.

Como fruta a saciar el hambre del hombre, la cosecha esparce la «guayaba madura» y el «limón por el suelo», para que el «soltero» escoja la mujer a su arbitrio. Imagen de la fruta, ella satisface el apetito viril. Se anota que de lo verde inmaduro —hoja, cogollo y fruta—, se pasa a madurez que se dispersa por los suelos en espera que el varón la recolecte a su arbitrio.

II. II. De la fauna

En cuanto a la fauna, el ave acapara la presencia, al acentuar su capacidad de vuelo. En la mujer, encarna el encuentro furtivo que, de paso, el hombre observa sin lograr capturar a la «chiquita voladora». La mujer es un ave fugaz; sale como «estrella» en la noche y luego desaparece. Sólo permanece el recuerdo de la mirada. En vez de doblegarse al sueño irrealizable —al «gozar sus hermosuras»— la mujer le hurta el ansia al varón y se escabulle en vuelo. Por eso, más vale no dormir, ya que el sueño resulta inútil al no saciar el deseo. «Para qué quiero la cama/si no hay quien duerma conmigo».

Si perdura la ilusión que la presencia del «pajarito colorado» le extraiga «la espina del corazón», el verso asegura la fluidez del paso femenino. La mujer promueve el engaño y la racha de celos viriles. «Que triste es el hombre/cuando la mujer lo engaña», ya que desde su «buque de vapor» ella captura al «pescado mejor». La llame «chiltotiya hermosa», le reprocha que «otro tenés a tu lado». La bautice de «tortolita», sabe que luego de un simple piropo —»mi alma»—, «para la colita». En fin, la tilde de «quebrantagüeso», al despedirse «estira el pescuezo» para atrapar a un contrincante, a otro hombre. Por ese coqueteo femenino sin par, el varón expresa sus celos interminables. A diario, los prolonga contra el mismo «sol» cuyos «rayo(s)» sal(en)…por enamorarte». Parecería que sólo el encierro completo de la mujer en la sombra del hogar —a puerta cerrada—, le aseguraría al marido la certeza plena de toda fidelidad. Tal vez.

III. La suegra, autoridad conyugal, y el fratricidio

Sin embargo, en ese recinto encerrado —sin intrusión ajena—, al hombre le acecha el peligro de la autoridad que rige la voluntad femenina por formar una pareja, a saber: la suegra. «Yo te quisiera querer/y tu madre no me deja». Sin un intermediario masculino –el padre de la mujer—, la madre se percibe como la regente que dirige la posibilidad de conseguir una consorte. Por eso, la suegra se transfigura en «tecolote» —ave nocturna de mal agüero—, cuyo «canto» le infunde un sentimiento «triste» al hombre. Vuelto «gato», el varón le maúlla un «miau…miau» seductor a la posible novia, mientras «a tu madre arañara». Si le reclama que «las piñas…de maduras se pasan» hasta podrirse, porque «tu madre no te casa», la joven casamentera refrenda la autoridad materna de la siguiente manera: «Mi madre no me ha casado/porque no me ha convenido».

Por ese peligro mortal —»me agarra el tecolote»—, quizás la resolución final la proponga el rapto de la mujer y el fratricidio de aquel otro hombre que aspire a poseerla. Si el varón transmutado en «pajarito» le «dio un piquete a la luna para» capturarla, revestido de «conejo…muerto de risa por la muerte de su hermano», se concede a sí mismo la paz suprema de conservar a la mujer. Quizás, en ese asilamiento total de la pareja —sin «suegra» que entone el «canto» funesto ni «hermano» que inspire celos—, la pareja vive feliz en su isla. Quizás…

IV. Epílogo

Para concluir, se observa que las «Pascuas» desglosan un concepto multivalente de la navidad. Su inserción local cuestiona la globalidad estrecha, la cual disfraza un contenido provincial nórdico. No sólo señala el carácter regional de lo global —nieve, pinos y hombre barbado sin presencia en el trópico. También, apunta el silencio sobre la migración (i)legal de la Sagrada Familia que precede al nacimiento. Así, responde al fundamentalismo pro-vida que le niega el derecho universal de vivir a quien solicite «posada» en su territorio nacional. Por último, la celebración la clausura una expresión de la masculinidad en su ardua búsqueda de pareja femenina. Se ignora la razón por la cual los estudios culturales desdeñan la creatividad poética del habla popular, que sólo la reconocen al citarla un autor de prestigio. Sólo investigan lo popular en sí, luego de popularizarse en el medio literario urbano.

*****

si taja mes negui = si taja (ti)-metz-neki = si tú me quiere(s)
nupal naja = -nu-pal naja = eso es-mío/para mí (es-yo)
guipía tumin = -ki-pia tumin = lo-tiene dinero
inaguei chacuasin = -ina kwey chikwa-sen = dice falda seis (5+1)
tuni palchicúa = tuni -pal chikwa = dices es para ampolla(s)
se mucuey = se mu-kwey = un(a) (es) tu-falda

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