RLMCensura
Rafael Lara Martínez

Rafael Lara Martínez

Professor Emeritus, New Mexico Tech
Desde Comala siempre…

La doble censura 1932-2022

(En 1932), nada nuevo hay bajo el sol; y.…por un esfuerzo editorialista, se publicaron algunas obras, pocas por cierto; pero que empujaron, por el camino bibliográfico, los alados sueños, las ideas precursoras de realidades.

J. F. Toruño

La censure, quelle qu'elle soit, me paraît une monstruosité, une chose pire que l'homicide; l'attentat contre la pensée est un crime de lèse-âme (La censura, sea cual fuere, me parece una monstruosidad, algo peor que el homicidio; el atentado contra el pensamiento es un crimen de lesa-alma).

Carta de Gustave Flaubert a Louise Colet, 9 de diciembre de 1852.

Los dos epígrafes iniciales guían esta conferencia por un sólo camino a doble vía entre el pasado y el presente.  Juan Felipe Toruño ofrece la reseña más completa de las «actividades literarias en el año de 1932».  Sin embargo, casi ningún trabajo historiográfico cita ese artículo al hablar de la censura de prensa en ese año clave.  Esta omisión la explica el segundo epígrafe que ofrece un veredicto radical sobre la censura de prensa en ese año clave, tema nodal de la historia crítica actual.  No cuestiono la condena de múltiples publicaciones; en cambio, en 2022 interrogo la omisión de casi todas las obras que cita Toruño.  A doble censura, si en 1932 se omite hablar de «el 32» —de la revuelta indígena en su filosofía singular y de la matanza—, en 2022 se hace lo contrario, al excluir los archivos culturales de 1932 y se reincide la omisión de toda episteme náhuat.  

Toruño perdura en el pasado (1932), mientras el debate historiográfico sucede en el presente (2022).  Su doble transcurso rara vez se intercepta, ya que avanzan paralelos en sentido contrario: del pasado al presente (1932-2022); viceversa, del presente al pasado (2022-1932).  Por esta falta de diálogo, la presentación no indaga la censura de prensa del martinato.  En cambio, sondea a quienes no se aplica esa restricción y, por tanto, su legado editorial se juzga en oposición al régimen.  Ellos nombran a pilares fundadores de la literatura nacional, entre quienes destacan Francisco Gavidia y Salarrué, con la notable ausencia de la mujer.   

Tal es la paradoja entre Toruño y el presente.  Los «héroes de la pluma» —quienes publican con toda libertad en 1932, incluidas las editoriales estatales—, inspiran modelos artísticos en boga.  Aquellos que sufren ese delito de exclusión quedan en el silencio, ya que los archivos nacionales no registran su obra.   Para desglosar esta contradicción tan complementaria como el día y la noche —la paradoja entre la historia, en su temática de censura, y la poética, en su contraparte de apertura—, se comentan los siguientes archivos.  A la lectura de esos documentos le correspondería rastrear su ausencia en casi todos los mejores estudios sobre «el 32» que se limitan a explicar la revuelta de enero, su represión sangrienta, sin mencionar la apertura poética que inicia la creación de un canon literario y artístico.  Estos forman el cuadrivio siguiente:

I.  Actividades literarias en el año de 1932, Juan Felipe Toruño (omisiones: Danzas indígenas) 

Sin una lista completa, Toruño cita diecinueve (19) revistas —de las cuales destacan el » Boletín de la Biblioteca Nacional «, desde abril de 1932, «La República. Suplemento del Diario Oficial», «Cypactly», etc.—, de cinco a seis (5-6) libros, notables como «Sandino» de Gustavo Alemán Bolaños y «Remotando el Uluán» de Salarrué.  Si el primero testifica la distancia abismal entre el sandinismo original —sin censura en 1932—, y su apropiación posterior; la segunda novela refrenda la fantasía viril como el tabú político del cuerpo sexuado.  En verdad, el espíritu astral del hombre blanco —el narrador—, lo propulsa el cuerpo sexuado de la mujer negra, Gnarda, a quien la historia debe acallar por su triple transgresión de raza, etnia y género.  Por último, Toruño cita otras cinco a seis (5-6) obras de teatro.  Esta lista de obras define el mínimo necesario para entender cómo la intelligentsia testimonia de la historia que sus conciudadanos viven en carne propia.  A esta reseña de las «actividades literarias» se agregarían las exposiciones de pintura que jamás se incluyen como tema de la historia.   

II. «La hora de los maestros», Salvador Cañas  

Cañas alienta el desarrollo de la educación para solventar los conflictos sociales «en estas horas de zozobra, de dolor y perplejidad».  Propone implementar una «cultura» que emana de «las autoridades escolares superiores» —»los maestros» y «los hombres de letras»—, hacia «el pueblo».  Se ignora toda correlación entre su proyecto y el apoyo editorial del estado a los «héroes de la pluma».  

III. “Torneos universitarios” – Publicaciones de la Universidad de El Salvador, 1933.  “Palabras de introducción”, Manuel Quijano Hernández, Secretario General de la Universidad de El Salvador. 

Jamás citado por la historia crítica en boga, este evento testimonia la ceremonia oficial que recibe a los «héroes de la pluma» hacia finales de 1932.  Durante esa doble celebración del centenario de Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832) y el del Presbítero José Matías Delgado (1767-1832), participan los siguientes intelectuales: Manuel Quijano Hernández, Secretario General de la Universidad de El Salvador; Jacinto Paredes, Sarbelio Navarrete, Salarrué, Adolfo Pérez Menéndez, Francisco Gavidia, representante de la Academia de la Historia, Miguel Ángel Peña Valle, Asociación General de Estudiantes Universitarios Salvadoreños y Alberto Rivas Bonilla.   La disparidad entre 1932 y 2022 no sólo la confirma la Banda de los Supremos Poderes que recibe a la intelectualidad salvadoreña, también sobresale la presencia misma del Poder Ejecutivo.  Hay que destacar las ponencias magistrales de Salarrué —la cual contrapone «la liberación hacia sí» mismo, sin Gnarda, por supuesto, ni tierras indígenas comunales—, y la de Gavidia que acentúa «la democratización de toda América y luego de todo el planeta…se trata de la acción…del género humano», ante todo del «pueblo elegido» por su nombre: El Salvador (The Savoir).   

Tampoco los ponentes mencionan la falta de autonomía universitaria, otro tema actual en discordancia con la opinión de los intelectuales en 1932.  En esta doble jornada, los pensadores no sólo establecen una esfera de complicidad entre sí mismos, también admiten su colaboración directa con los docentes universitarios y con el estado.  Tal cual lo admite Gavidia, el primer interlocutor de su ponencia es el «Señor Presidente de la República» (para las publicaciones de Gavidia y referencias elogiosas a su obra en 1932-1933, véase el listado en «Anaqueles.  Ministerio de Educación», 1970).  Si «la independencia absoluta de Centro América es obra de El Salvador» (Gavidia, Ateneo, 1933), acaso el autor «meritísimo» alienta esta labor «espiritual» continua durante ese año clave.   Al igual que en Toruño, la conmemoración de ese doble centenario no incluye a ninguna mujer y, en disparidad con el presente, nadie reconoce al ícono actual del proto-feminismo como miembro de esa esfera político-literaria: Prudencia Ayala (1885-1936). 

Se insiste en que la disparidad política y filosófica entre 1932 y 2022 no podría ser más amplia.  La esfera que el pasado llama «democratización», el presente lo califica de dictadura; «la liberación hacia sí» mismo adquiere un sentido colectivo y social, acaso por las tierras indígenas ancestrales; para culminar, el silencio sobre la autoridad universitaria, hoy se interpreta como falta de autonomía.  La mujer y la mito-poética náhuat aún no existen.   

IV «Política de la cultura, «Discurso del Director de la Biblioteca Nacional leído el 12 de noviembre de 1933 al inaugurarse la Exposición de Libros», Julio César Escobar.  

Ahora en el olvido, Escobar nos sólo relativiza, al editar a los «héroes de la pluma», desde abril de 1932, incluido «el poeta del 32», Pedro Geoffroy Rivas, en enero de 1933.  Según el prólogo a la segunda edición de «El Cristo negro» (1936, prólogo de Joaquín García) de Salarrué —que Escobar publica en la Biblioteca Nacional—, el filósofo alemán Friedrich Nietzsche y el ruso Georgi Plekahnov enlazan la visión conjunta de ambos personajes: «el arte por la vida».  No extraña que ningún estudio reciente aluda a esa lectura en pleno martinato, ya que invalidaría la percepción actual, distante de los hechos vividos.   

Por esta práctica de la relatividad editorial, la censura poética no la ejerce la Biblioteca Nacional en 1932.  En cambio, la efectúa la selección arbitraria de archivos que jamás cita esos documentos primarios.  Para ensanchar el problema historiográfico, Escobar llama «política de la cultura» a esta labor de diseminación oficial que, sin cita, hoy se reclama opuesta al régimen.  Se deja sin comentario la oposición, silenciada también, entre la teosofía y la iglesia católica que, a la muerte de Alberto Masferrer en septiembre de 1932, se diputan a quién le pertenece el legado del maestro (véase: «Salarrué contra la Iglesia Católica»: https://www.contrapunto.com.sv/salarrue-contra-la-iglesia-catolica-en-1932/ ).   

 ***** 

Este simple cuarteto documental interroga la ausencia de la más mínima antología de las actividades literarias y culturales en el año de 1932, en paráfrasis de Toruño, al hablar de la censura de prensa.   Parecería que este acto de reprimenda no sólo define actos gubernamentales, del pasado y del presente.  A la vez dicta órdenes estrictas de las ciencias sociales en su negativa por restituir el pasado desde la perspectiva disímil de sus antecesores y desde un clásico «conflicto de interpretaciones». 

En breve, sin esta tachadura en boga —sin un debate racional con la restitución adversa de los archivos nacionales—, en 2022 la historia se encierra en una nueva censura.  Paradójicamente, hablar de censura en 1932 —denuncia la censura estatal en 2022—, al censurar la esfera poética en su relativa libre expresión oficial en ese año clave.  Por tanto, se niega a entablar una discusión actual abierta sobre el rescate de los archivos nacionales.  Mientras no se publique la primera antología literaria y artística de 1932 —acaso varias recopilaciones con enfoques disímiles—, perdura la doble negación académica actual.  La mejor teoría social sobre la censura de prensa censura los archivos nacionales incómodos y omite toda discusión racional al respecto.

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