Nuestros recuerdos, anécdotas y experiencias jalonan nuestra historia; pero esos acontecimientos y hechos están en nuestra mente y languidecen con el fin de nuestros días. Obviamente existen los libros, enciclopedias y los historiadores, que luchan contra el olvido, pero parece que van perdiendo la batalla, y prevalecen las imágenes fascinantes del mundo digital.

Según la RAE, la historia es la narración y exposición de los acontecimientos pasados y dignos de memoria, sean públicos o privados. Se trata de una disciplina que estudia y narra cronológicamente los acontecimientos pasados.   

Recordamos en el análisis el libro “El fin de la historia…”, de Francis Fukuyama (1992), en dónde el autor expone la polémica tesis: la historia, como la lucha de ideologías, ha terminado con un mundo final basado en una democracia liberal que se ha impuesto tras el fin de la Guerra Fría. Pues, la lucha ideológica sigue, las democracias tambalean y resurgen nuevos polos geopolíticos.

La historia está débil y fracasando culpa del sistema educativo; en efecto, no sólo no se cuenta con la materia de historia, sino que lo enseñado en Ciencias Sociales es fragmentado y superficial. Y luego sigue lo peor, según el poeta y filósofo español Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana: “El que no conoce la historia está condenado a repetirla”.

La nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones, y con ellas, las redes sociales, también debilitan el aparato cultural de la “tradición oral”; aquellos mitos, leyendas, sagas e historias que se transmitían de generación en generación, a través de conversaciones cotidianas entre abuelos (as), padres, madres e hijos.

La historia, además, estudia, profundiza y analiza desde documentos, archivos, costumbres y tradiciones que rodean a una nación hasta el estado actual de la misma. Por ello, a través de esta disciplina somos capaces de comprender y conocer el porqué de cada cosa, conformándose como un registro vital de los sucesos que acontecen en la humanidad. Su objetivo principal es estudiar, indagar, comprender e interpretar lo que ha ocurrido en la humanidad, para así entender y aprender de esos hechos y por supuesto no repetir los errores que han ocurrido.

Por otro lado, la historia se divide en varias ramas o especialidades: Historia del arte, Geohistoria, Historia política, Historia económica,Historia ambiental, e Historia universal. Estos conocimientos fortalecen nuestra identidad y cultura, nos hace más robustos.

Pero hoy tenemos que luchar contra la ignorancia tecnologizada, contra ese saber limitado de poca lectura, y nulo debate; y es que para muchos lo que importa es el futuro, la cuarta revolución industrial, la Inteligencia Artificial, blockchain, automatización, robótica, machine learning, marketing, etcétera; ¿para qué ver hacia el pasado si en el futuro están los adelantos tecnológicos y las nuevas formas de hacer dinero y negocios para adquirir más…?

Es obvio que no debemos regresar a la caverna, a observar las sombras medievales, pero tampoco podemos vivir al margen del pasado, ignorando los errores y horrores de la inquisición o de Auschwitz​; desconociendo cuándo, cómo y por qué asesinaron a Mons. Óscar Arnulfo Romero, Roque Dalton, Roberto Poma o a los padres jesuitas de la UCA.

La historia -con sus bemoles- es la que apuntala el presente, y no se puede anular o dejar que se pretenda reescribir con nuevas post verdades ideologizadas. A muchos sujetos les interesa olvidar las causas del conflicto armado de El Salvador ¿para qué reabrir heridas?; otros señalan “los Acuerdos de Paz fueron un pacto de corruptos”, y lo dicen cínicamente sin haber vivido los horrores de la guerra.

Siempre he oído el adagio de George Orwell “la historia la escriben los vencedores”, y es probable que así haya sido, pero también hoy tenemos más fuentes y puntos de vista, más avances científicos y nuevos canales de información y comunicación; ya no nos remitimos a un único libro de historia oficial.

Hay otro elemento que es importante en el análisis: el relevo generacional; cada generación vivió y valoró su propia experiencia y a la vez criticó las innovaciones como elementos disruptivos de caos y crisis. Como ejemplo, en la historia de la música hemos visto de todo, desde los roqueros satánicos o metaleros, pasando por los punks, hasta llegar a los reguetoneros y su perreo; comunidades odiadas e incomprendidas que fueron evolucionando y que siempre a alguna generación le ha costado digerir.

En el fondo, hay un problema de percepciones, de diálogo y discusión sobre los intereses de los ciudadanos; no debemos olvidar que transitamos del “pienso, luego existo” al “compro, luego existo”. En el pasado inmediato -años 50 a 70- la gente buscaba un estado de bienestar y un trabajo estable; hoy los intereses han cambiado, dándole más valor a los intangibles digitales y virtuales.

Entonces, resulta que las historias de los “Baby Boomers” no son del interés de las generaciones X, Milenials, Z o Alfa; incluso nos resultan ridículas las etiquetas…; pero insistimos, la responsabilidad es educativa, tanto a nivel familiar como escolar. Sólo pregúntese si en su casa se habla sobre hechos históricos que expliquen el presente o si pasamos cada quien pegados al móvil viendo videos o redes sociales.    

La historia se está terminando, está muriendo poco a poco; nadie se preocupa por ella, salvo unos pocos. Héctor Lindo, quien le da masaje cardíaco con sus videos y tweets de vez en cuando; Gregorio López Bernal, que traduce de modo recurrente investigaciones en artículos de opinión; Sajid Herrera o Adolfo Bonilla con algunas conferencias especializadas; Carlos Cañas Dinarte con valiosas notas de prensa e investigaciones; extrañamos los aportes de Pedro Escalante y de Knut Walter. Por cierto, está bastante masculinizada la historia…. Pero, ¿Tiene algo que opinar la Academia Salvadoreña de la Historia sobre los programas de estudio y libros de texto?; es más ¿cuáles libros de texto…?; ¿y en las universidades pasa algo…?

Queremos terminar con la historia… pero no se deja.

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