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La tercera República…

La conferencia magistral del profesor Héctor Lindo, titulada “El proyecto constitucional de Bukele y la historia de El Salvador”, es un material didáctico insoslayable para todo ciudadano salvadoreño.

El profesor Lindo nos presenta un guion fascinante para comprender la génesis y evolución del constitucionalismo salvadoreño, que parte de las veintisiete enmiendas en 200 años de la Constitución de Estados Unidos (como referente o landmark); pasando por la constitución como “tecnología política” (Pascuale Paoli y Bonaparte, El Espíritu de la Leyes de Montesquieu) para terminar en un recorrido histórico sobre la evolución ideologizada de la historia constitucional salvadoreña, desde los elementos fundacionales, hasta los cambios de los siglos XIX y XX.

Libertad de prensa, libertad de culto y Habeas Corpus son tres ejes de ciudadanía que acompañan el constitucionalismo y la configuración de los tres poderes del Estado durante estos doscientos años de historia. Sin embargo, el fenómeno de la “reelección” (ambición de poder) es el cáncer que ocasiona los cambios y manipulaciones de los textos constitucionales. 

Desde el punto de vista político constitucional, más allá de las categorías históricas clásicas de república cafetalera o militarismo, podríamos ver la historia desde otro punto de vista:

La primera república la ubicamos en dos periodos: 1841-1864 (Doroteo Vasconcelos, Joaquín Guzmán, Gerardo Barrios); y 1864-1939 (Francisco Dueñas, Santiago González, Rafael Zaldívar, Francisco Meléndez y su dinastía). La característica de esta etapa fundacional fue: Instrumentalizar la Constitución.

La segunda república la define el martinato y el militarismo, también en dos etapas: 1939-1944 (Maximiliano Hernández Martínez); y 1944-1989 (Óscar Osorio hasta la tercera Junta Revolucionaria de Gobierno). En esta etapa predominó el autoritarismo, la Guerra Fría, la violación de los Derechos Humanos y, comienza a cerrase el ciclo con la Constitución de 1983, las elecciones de 1989, el fin del conflicto armado y los Acuerdos de Paz de 1992.

Los Acuerdos de Paz y sus reformas: Fuerzas Armadas supeditadas al poder civil y alejadas de la política; nuevo sistema electoral; libertad de expresión; reformas judiciales; Procuraduría de los Derechos Humanos; separación de poderes; entre otras, proyectaban la “tercera república”, pero la corrupción en la alternabilidad política entre los dos grandes protagonistas de la guerra y postguerra (Arena y FMLN) afectaron, contaminaron y arruinaron esta posibilidad.

La tercera república se comienza a gestar con el gobierno de Bukele; los hechos del 9 de febrero de 2020 y 1 de mayo de 2021 son el punto de partida de un neoautoritarismo reformista; luego sigue el anteproyecto de reformas constitucionales, diseñadas por el equipo Ad Hoc; y -al momento- se cierra con la nueva ley de criptomonedas. Es una época de transformación digital y de desgaste político profundo de los partidos por la corrupción.

La lección de esta historia nos indica que los cambios de constitución no solucionan los grandes problemas de la nación; pesa más la perversa cultura política de los gobernantes, quienes utilizan y manipulan los textos constitucionales a su antojo y conforme a sus intereses. No se trata de cambiar constituciones y leyes, sino de cumplir bien y con ética las normas que tenemos, cosa que no sucede.

¿Qué puede cambiar al país…? algo que no tomamos muy en serio desde hace años: la educación. Mejorar la escolaridad de la ciudadanía, dignificar verdaderamente a los docentes, elevar la calidad de los aprendizajes, equipar los laboratorios de ciencias, invertir más y mejor en nuestro sistema educativo, lograr más patentes y diseñar políticas educativas de Estado… sí cambiaría a El Salvador. Pero lamentablemente esto es poco rentable para los criterios electorales y no permite robar tanto, entonces simplemente no se hace.

La constitución como alma del estado, como tecnología política o como matriz ética de las normas fundamentales de convivencia, es un documento esencial, pero su aplicación e interpretación pasa por el rigor racional y la decencia. Dicho de otro modo, más que nuevos documentos necesitamos personas íntegras, quienes puedan utilizar estos papeles para gobernar y generar bienestar con transparencia.

No debemos olvidar la sentencia de Patrick Henry: “La Constitución no es un instrumento para que el gobierno controle al pueblo, es un instrumento para que el pueblo controle al gobierno – para que no venga a dominar nuestras vidas e intereses”. Esto siempre suena como el aforismo del poder que los ciudadanos delegan a los gobernantes y una vez instalados en el poder se les olvida. Pero igual debemos recordarlo.

Se reforme o no la constitución, lo importante siempre será tener garantías de su cumplimiento y la igualdad de oportunidades frente a ella por parte de todos los ciudadanos. No olvidemos que ninguna constitución crea derechos o deberes, simplemente los define para que sean cumplidos. 

Ingresamos a esta “Tercera República” con más temores que esperanzas, con mucha incertidumbre, pero no nos queda otra opción que esperar y ver los resultados. Los datos nunca mienten.

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