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Las reglas del juego

La geometría euclidiana que se aprende en las aulas en modo bidimensional es muy distinta a la geometría riemanniana, de carácter geodésica que se aplica en la vida real. Se parecen, pero no son lo mismo… Ni los ángulos internos de un triángulo dibujado sobre una esfera suman 180°, ni la menor distancia entre dos puntos de la superficie esférica es una recta. El mundo teórico es distinto al real. 

Las constituciones, leyes y normas que dirigen los destinos de una nación parten de teorías y conceptos ideales, y a veces irreales. Se parecen al mundo de las ideas platónico, a esas esencias abstractas que se distancia del pragmatismo real y cotidiano. 

Vivimos en contrastes, entre lo óntico – metafísico y el absurdo o el egoísmo; entre lo inteligible y abstracto y lo sensible y cambiante. Al final caemos en la cuenta que no hay una anamnesis, sino una construcción muy humana de las cosas. En los mismos términos platónicos: Doxa (opiniones), Eikasía (imaginación), Pístis (creencias) y las cosas de la república. No hay “filósofos reyes” ni “Estados ideales”, y la ética y la estética suelen estar ausentes, y para resolver esta situación acudimos a “reglas del juego”. 

Definimos “reglas del juego” como marcos regulatorios para convivir. Los seres humanos somos difíciles y distintos, desde místicos hasta haters; cada cabeza es un mundo y surgen, en el marco de las relaciones sociales, sub-culturas y comportamientos tribales. 

Hablamos de “reglas” y de “juego”. El juego representa la dinámica, los roles, desafíos o metas que transcurren en un determinado tiempo. Las reglas suponen las condiciones de equidad que todos debemos respetar por justicia, para que nadie tome ventaja. 

En las reglas de juego encontramos siempre algunos márgenes y mínimos; en efecto, nuestros cerebros tienen esa capacidad de interpretar, para hacer ajustes, y también hay puntos de coincidencia o de encuentro dentro de la diversidad. 

Pero también hay una evolución del ser humano, de las sociedades, culturas y de las propias ciudades. Nada es estático, diría Heráclito, todo cambia, todo fluye nada permanece. En este contexto, hay que ajustar las reglas del juego para seguir jugando. 

Una pregunta jurídica y ciudadana válida sería: ¿Debemos cambiar la Constitución de 1983? o bien ¿Estados Unidos debería adecuar la suya que data de 1787? La respuesta posiblemente exija una reflexión sobre lo que entendemos por Constitución en cada país. 

Aparecen otros problemas sobre la mesa: a) La imperfección de las Constituciones; b) El uso que se da a las Constituciones; o c) ¿El problema es la Constitución o los sujetos que leemos, utilizamos o manipulamos las Constituciones? Puede haber a la base un problema de “jurisprudencia cultural”. Reino Unido no tiene Constitución escrita sino una no codificada y presente en la ética política parlamentaria o eso que le llaman “Imperio de la Ley” ¿Cómo sobreviven?  

Una de las reglas normativas más laxas y más incumplida en nuestro caso es el aforismo: “De moralidad e instrucción notoria” para ejercer ciertos cargos públicos. Nadie sabe desde dónde o hasta dónde llega esa notoriedad o qué es realmente. Interpretamos que es un criterio básico sencillo: Estar bien educado y actuar de modo ético, pero al no tener métrica –o dientes- se nos escapa de nuevo ¿quién decide lo que es bien educado o ético?  

Otra cosa sería: “Poseer un grado académico universitario en la especialidad del cargo que ostenta, presentar cartas de recomendación de instituciones nacionales o internacionales de reconocido prestigio (Iglesias, PNUD, PDH, OEA, Academias), solvencias de la PNC y Centros Penales, y finiquitos de la Corte de Cuenta de la República, Tribunal de Ética Gubernamental, Procuraduría General de la República, etcétera. Hoy sí queda claro que es Instrucción y Moralidad Notorias. ¿Cuántos funcionarios se quedarían fuera…? 

Un adagio popular reza: “Hecha la ley, hecha la trampa”; la gente busca los entresijos y grietas de la normativa. Hay conectes, compadrazgo, amiguismo, entre otras formas de corrupción para saltarnos la barda. Hasta los más decentes a veces propiciamos la “mordida” para no pagar la multa, no hacer la cola o evadir la burocracia. 

Las “Reglas del Juego” son nuestras “instigadoras” de buena conducta, las que buscan humanizarnos y fomentar el respeto y la justicia. Estas reglas establecen penalizaciones -delitos, violaciones, incumplimientos- y consecuencias -sanciones, multas, acciones penales-. Este tema lo debemos tratar en nuestros hogares, con nuestros hijos; no se define un ciudadano al cumplir los 18 años y tener el DUI. Se construye con una práctica cotidiana desde la infancia; los padres, madres o cuidadores son referentes y modelos. Sin no respetamos las reglas del juego en lo cotidiano no esperemos que por arte de magia los niños las cumplan. Haga y respete la fila, no viole el reglamento de tránsito a cada rato, respetemos las normas de la casa, estos hábitos más tarde harán su trabajo. 

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