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Óscar Picardo

Óscar Picardo

Lenguaje político

El lenguaje, en su acepción más básica, es un sistema de comunicación estructurado y simbólico, verbal y no verbal, que integra formas de arbitrariedad, desplazamiento, mentira, reflexividad, productividad, jerarquías, etcétera, a través de una conducta lingüística aprendida a partir de ciertas capacidades genéticas (Chomsky, 2015).

Dentro de las adaptaciones evolutivas del espectro del lenguaje encontramos diversos elementos: codificación, signos, símbolos, significantes, significados,  mensajes, contextos, idiomas, dialectos, sintagmas, etcétera; expresados a través de manifestaciones orales, escritas o corporales.

Desde el punto de vista neurolingüístico las principales áreas del cerebro que se encargan de procesar el lenguaje son áreas corticales del hemisferio izquierdo del cerebro: Lenguaje hablado “Área de Broca”. Hemisferio dominante (casi siempre el izquierdo o si no el ipsilateral). Comprensión del lenguaje hablado: Área de Wernicke. Corresponde a las áreas de Brodmann números 21, 22, 39 y 42. Córtex o corteza del lóbulo temporal izquierdo del cerebro humano.

El proceso de “lectoescritura” -como punto de partida- es una adaptación de la plasticidad cerebral desde identificar rostros humanos hacia la codificación y decodificación de símbolos; aquí el juego, el juguete, la exploración, el garabateo, la imitación juegan un rol clave en el aprendizaje alfabético.  

También, al reflexionar sobre el lenguaje aparecen diversas disciplinas analíticas: Semiótica (estudia los diferentes sistemas de signos que permiten la comunicación entre individuos, sus modos de producción, de funcionamiento y de recepción); Semántica (estudia de diversos aspectos del significado, sentido o interpretación de signos lingüísticos; Filología (estudia los textos escritos y, en ellos, la estructura y la evolución de una lengua y su desarrollo histórico y literario, así como la literatura y la cultura); Gramática (estudia la estructura de las palabras y sus accidentes, así como la manera en que se combinan para formar oraciones; incluye la morfología y la sintaxis, y ciertas escuelas incluyen también la fonología); Ortografía (establece las reglas y convenciones que rigen el sistema de escritura habitual establecido para una lengua estándar); Fonología (estudia los fonemas o descripciones teóricas de los sonidos vocálicos y consonánticos que forman una lengua); y Retórica (estudia la forma y las propiedades de un discurso).

Existen diversas taxonomías y un debate muy amplio sobre los diversos tipos de lenguaje y su clasificación: verbal, no verbal, natural, artificial, animal, literario, científico, kinestésico, computacional, braille, etcétera. Y es aquí en dónde incluimos el “lenguaje político”.

El lenguaje político es una forma específica de comunicación cuya característica principal es estar dotado de un carácter “performativo” (John Austin, Oxford 1998). El concepto de performatividad se refiere a una forma particular de lenguaje que no describe ni registra nada, un lenguaje cuyas afirmaciones no son ni verdaderas ni falsas. La performatividad también es interpretada como un proceso que implica la configuración de nuestra actuación en maneras que no siempre comprendemos del todo, y actuamos en formas políticamente correctas; o bien: cómo hacer las cosas con palabras…

La formulación de Austin o teoría de los actos de habla es una de los primeros aportes de la filosofía del lenguaje político. Su formulación original se debe a John Langshaw Austin en su obra póstuma “Cómo hacer cosas con palabras” (1962), que prosiguió en la obra de su discípulo John Searle en su libro “Actos de habla” (1969).

Austin llega a la formulación general de la falacia descriptiva partiendo de una teoría especial que se funda en la distinción entre lo constatativo y lo performativo. Según él, durante mucho tiempo se había supuesto que el único fin de las emisiones lingüísticas era la de constatar hechos. En razón de ello, solo podían ser verdaderos o falsos. Sin embargo Austin afirma que no todo enunciado es verdadero o falso; luego otros autores profundizarán en las “teorías de los infortunios”.

Dicho en términos prácticos, el lenguaje político se utiliza no solo para persuadir, manipular, mentir, engañar, sino también de una forma tal que podemos comunicar algo difuso, retórico, superficial, que puede estar distanciado de la realidad y de los hechos.

Tal como anota Aniram Brenes Morales en su tesis sobre “El lenguaje político, poder y comunicación”: “El discurso político puede encontrarse permeado por un lenguaje construido a partir de líneas de impacto, sacralización de conceptos y tener una función hipnótica y reproducir la utilización de conceptos desprovistos de un análisis reflexivo, lo cual contribuye a una clausura de sentido”.

El lenguaje político es adaptativo, dependiendo de las circunstancias se suaviza para evadir o evitar aspectos de choques dialécticos, o puede ser enérgico para aprovechar circunstancias ideológicas y fortalecer sucesos que beneficien al emisor o atacar al opositor. Aquí se pueden utilizar “palabras-clave, palabras testigo, palabras símbolo, palabras eslogan” (Martoré).

Tal como señala Nuria Oriol: Este lenguaje político de hoy que tanto cambia y tanto nos fascina comprender porque oscila desde la más cuidada oratoria hasta el coloquialismo que ralla lo soez. Hoy, más que nunca, el lenguaje político refleja la vaciedad de contenidos y valores en la mayor parte de los programas electorales y la apuesta firme por el espectáculo aún a sabiendas que no tiene nada que ver con las necesidades de los ciudadanos (…) El lenguaje político ha bebido de la inmediatez de las redes sociales y se construye más a golpe de tuit o de frase de Instagram unido a la imagen entendida como TikTok… Y no lo indico para criticar las formas de estas redes sociales, sino para reflexionar que el lenguaje político, porque representa la responsabilidad de impulsar la democracia e inducir al debate y a la resolución de los problemas de cada época, también se merece una profundidad de la que carece en la inmensa mayoría de sus formas: mítines, declaraciones, artículos, comunicados, etc.-“.

¿Qué podemos concluir?: el lenguaje político contemporáneo tiene una autoría colectiva o discursos de consenso para no herir susceptibilidades de los colectivos; multiplicidad de enmiendas y correcciones de contradicciones; oratorias e intencionalidad superficial buscando una satisfacción comunicativa para quedar bien con todos (as); infalibilidad, nunca se equivocan o admiten yerros; opacidad, ocultando la realidad y los datos; despersonalización, con narrativas impersonales; posverdad a la medida de las necesidades políticas. En definitiva, da la impresión que el lenguaje político es un producto que mitad exhortación y mitad adoctrinamiento…

Disclaimer: Somos responsables de lo que escribimos, no de lo que el lector puede interpretar. A través de este material no apoyamos pandillas, criminales, políticos, grupos terroristas, yihadistas, partidos políticos, sectas ni equipos de fútbol… Las ideas vertidas en este material son de carácter académico o periodístico y no forman parte de un movimiento opositor.

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