miedo
Oscar Picardo

Oscar Picardo

Miedo institucionalizado

El miedo puede llevar a los hombres a cualquier extremo”.

Bernard Shaw

Según el diccionario de la RAE, “miedo” es una perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario; un sentimiento de recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea.

Desde el punto de vista etimológico, el origen de la palabra española “miedo” viene del latín “metus”; pero existen otras acepciones o sinónimos, tales como pavor, fobia, pánico, cobardía, temor, etcétera.

De modo habitual, podemos identificar una taxonomía de miedos clásicos tales como: miedo a las alturas o acrofobia, miedo a los espacios cerrados o claustrofobia, miedo a volar (aerofobia), miedo a los animales, miedo a hablar en público, miedo a la oscuridad, miedo a los truenos y relámpagos y el miedo a la muerte (tanatofobia); entre muchos otros. También se puede crear una atmósfera de miedo por un contexto determinado, tal como veremos más adelante.

Desde el punto de vista psicológico, el miedo es una emoción básica que experimentamos como respuesta a una amenaza percibida o a un peligro real o imaginario. Se trata de reacción de supervivencia que nos permite estar en alerta y preparados para enfrentar o evitar situaciones que consideramos amenazantes. Sin embargo, cuando el miedo es excesivo o irracional, puede convertirse en una patología o trastorno de ansiedad, como en el caso de las fobias o el trastorno de estrés postraumático.

Las causas o razones etiológicas más simples asociadas al miedo están relacionadas con al menos cuatro factores: 1.- Evolución y supervivencia: los seres humanos hemos aprendido a lo largo de la evolución a identificar y responder a situaciones de peligro; 2.- Aprendizaje: si compartimos una experiencia u observamos a una persona teniendo una situación traumática es posible que en el futuro ante ese mismo objeto o situación tengamos miedo; 3.- Nuestro cerebro interpreta constantemente el entorno para escapar o evitar situaciones peligrosas; y 4.- Factores culturales y sociales.

Actualmente existen dos conceptos diferentes sobre el miedo, que corresponden a las dos grandes corrientes psicológicas: el conductismo y la psicología profunda. Según el pensamiento conductista el miedo es algo aprendido. En el modelo de la psicología profunda el miedo existente corresponde a un conflicto básico inconsciente y no resuelto, al que hace referencia. El Miedo desde el punto de vista biológico, es una emoción adaptativa que funciona como un mecanismo de supervivencia y de defensa, surgido para permitir al individuo responder ante situaciones adversas con rapidez y eficacia.

Desde el punto de vista neurocientífico, la formación de la memoria del miedo implica el fortalecimiento de las vías neuronales entre dos áreas del cerebro: el hipocampo, que responde a un contexto particular y lo codifica, y la amígdala, que desencadena un comportamiento defensivo, a través de un gran conjunto de moléculas distintas, neurotransmisores y sus receptores que construyen las respuestas de miedo (Jun-Hyeong Cho, 2022; Nature Communications).

Como anotamos anteriormente, el miedo posee un sustrato biológico, con base en el funcionamiento coordinado de los diferentes sistemas orgánicos. Particularmente, el sistema nervioso en su actividad intrínseca genera la vivencia y la acción motriz derivada. El mecanismo de respuesta del miedo y su control utilizan estructuras neuroanatómicas como la corteza prefrontal y orbitofrontal, y sustancias como el GABA y los opiáceos, que inhiben o reducen la actividad en las zonas activas que actúan en el miedo. El equilibrio entre la activación y la inhibición posibilita la ocurrencia del miedo en las circunstancias requeridas y no de una manera descontextualizada o generalizada (Ramírez & Velázquez, 2009).

Según Daza y Ángeles (2021), la máxima expresión del miedo es el terror. Además, el miedo está relacionado con la ansiedad, que es un miedo al futuro. En la actualidad nos encontramos en el Tiempo del miedo e incertidumbres. Los atentados terroristas, las guerras contemporáneas, las crisis económicas, los fallos tecnológicos, las catástrofes naturales, los autoritarismos, las persecuciones a las minorías étnicas o sexuales, entre otros fenómenos han creado un paisaje generalizado de miedo.

En un contexto autoritario se suelen utilizar herramientas propagandísticas y acciones ejemplificantes para generar un “disciplinamiento social” y así crear una atmósfera de miedo institucionalizado o terror, de tal modo que la gente actúe conforme a lo esperado por las directrices. Así, prevalecen silencios, obediencia, apego al guion, acriticidad y participar en la liturgia del poder con sumisión y/o alineándose a la voluntad del poder.

Surge así el concepto de “terrorismo de Estado”, cuando se utilizan métodos ilegítimos por parte de un gobierno, los cuales están orientados a producir miedo o terror en la población civil para alcanzar sus objetivos o fomentar comportamientos que no se producirían por sí mismos. Se trata de un sistema político cuya regla de reconocimiento permite o impone la aplicación clandestina, impredecible y difusa, también a personas manifiestamente inocentes, de medidas coactivas prohibidas por el ordenamiento jurídico proclamado, obstaculiza o anula la actividad judicial y convierte al gobierno en agente activo de la lucha por el poder (Ballesteros, 2016).

Parece que estamos leyendo “Crimen y castigo” de Dostoievski, bajo el clásico principio perverso: Un hombre que se siente llamado para hacer cosas más grandes, puede pasar por encima de cadáveres para lograr su objetivo, y esto aterroriza… A propósito, el humanista español José Luis Sampedro anotó: “Gobernar a base de miedo es eficacísimo. Si usted amenaza a la gente con que los va a degollar, luego no los degüella, pero los explota, los engancha a un carro… Ellos pensarán; bueno, al menos no nos ha degollado…”.

Este miedo institucionalizado paraliza y afecta a empresarios, rectores, académicos, militares, profesionales, políticos, gestores culturales, lideres comunitarios, etcétera; todos guardan silencio para que no se afecten sus privilegios y zonas de confort. Curiosamente, los artistas en contextos de violencia o guerra suelen ser disruptivos y a través de sus obras denuncian y comunican las atrocidades o violaciones de Derechos Humanos, léase desde el Guernica de Picasso o más cerca de nuestra realidad, las diversas propuestas artísticas de Antonio Berni, Charly García, Diana Dowek, Julio Cortázar, Víctor Jara, Roberto Huezo o Renacho Melgar, entre muchísimos otros.

Parafraseando a Octavio Paz podemos concluir que “las masas humanas más peligrosas son aquellas en cuyas venas ha sido inyectado el veneno del miedo”, y hay demasiados envenenados…

Disclaimer: Somos responsables de lo que escribimos, no de lo que el lector puede interpretar. A través de este material no apoyamos pandillas, criminales, políticos, grupos terroristas, yihadistas, partidos políticos, sectas ni equipos de fútbol… Las ideas vertidas en este material son de carácter académico o periodístico y no forman parte de un movimiento opositor.

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