Scared little girl

Pandemia y clima emocional…

La pandemia de COVID-19, más allá de los impactos en morbilidad y mortalidad que generan angustia y tristeza, también ha afectado en los diversos climas emocionales de las organizaciones, instituciones o familia. 

Comenzando con los confinamientos y teletrabajo, en no menos de seis meses de aislamiento, se ha creado un escenario de aversión a los lugares típicos laborales. Aún hay miedo de contagio y también se ha instalado una costumbre de preferir quedarse en casa, en un clima más relajado y sin tantos controles o supervisión. 

Mientras para algunos es cómodo seguir haciendo teletrabajo, para otros la casa o el hogar es como una cárcel de donde se tiene que huir; obviamente depende de los espacios, comodidades y hacinamiento que pueda existir en familias numerosas. 

A nivel educativo no se ha medido aún qué sucederá con el lapsus de aislamiento que vivieron los niños (as) en edad preescolar y en primer ciclo de educación básica, en donde la socialización es clave. Lo cierto es que muchos colegas, en la medida que se han encontrado con sus estudiantes, observan cuadros de ansiedad, tristeza, depresión y un miedo a “no sé qué” que se ha implantado en el humor de los niños (as). 

Pasamos un año hablando de enfermedades, muertes, contagios y teorías conspirativas; discutimos y procesamos durante varios meses qué vacunas eran más o menos efectivas; muchos amigos y familiares perdieron a seres queridos; y hoy, aún, seguimos utilizando mascarillas y escuchando o leyendo noticias sobre nuevos episodios de contagios o cuarta ola. 

Estamos volviendo a la normalidad con cierto hándicap emocional; no está muy claro qué sucede, pero algo nos indica que no estamos al cien por ciento en el humor social o estado de ánimo grupal.  

Por si fuera poco, el clima político en las redes sociales no es el mejor; insultos, humillaciones, bullying, todos contra todos, hay un malestar en el lenguaje, en las comunicaciones y en la falta de tolerancia. Cualquier intervención o comentario es inmediatamente sacudido por una respuesta estridente, violenta o malcriada; y no faltan los troles que se escudan en el anonimato para insultar, denigrar, etiquetar o calumniar a quien sea. 

Últimamente, damos más crédito a las fakenews que a cualquier voz sensata; valoramos más la mentira, el rumor y el chambre que la verdad. Nos cuesta aceptar el éxito ajeno; y rápido somos legión para sumarnos a causas de linchamiento digital. 

Escribe Erich Fromm: “Creación y destrucción, amor y odio no son dos instintos independientes, son dos soluciones de la misma necesidad de trascendencia, y la voluntad de destruir surge cuando no puede satisfacerse la voluntad de crear”, ¿será que esto nos pasa?, ¿estaremos frustrados o enojados por algo que no identificamos? 

Intentar entender los mecanismos, procesos y fenómenos implicados en la vida anímica de nuestro paisaje contemporáneo es algo complejo. Observamos las histerias, fobias y otros padecimientos psicopáticos-sociales en las estadísticas de homicidios, suicidios, casos de corrupción, migración, intentando entender qué nos sucede y cómo nos sucede.  

Es posible que nuestro subconsciente cultural y algunos impulsos instintivos reprimidos por nuestras experiencias familiares, escolares y sociales estén influyendo en nuestro modo de actuar. Somos hijos de sistemas religiosos algo peligrosos: de la “predestinación” luterana que busca resolver los problemas en nuestro presente para asegurar lo escatológico; o de la “providencia” católica que deja todo para el final utópico.  

En una encuesta reciente del Centro Universitario de Neurociencias de la UFG se consultó sobre los referentes nacionales e internacionales de la gente; los ejemplos de admiración y desprecio no son los que un enfoque racional o lógico esperaría; lo que sí vemos es una clara “satisfacción vicariante”, es decir una proyección superficial de nuestras carencias en figuras muy imaginativas para nuestro contexto. Leonel Messi está por encima de todo, del Papa Francisco, de Mons. Romero, o de cualquier personaje culturalmente decente que a usted se le ocurra.   

Finalmente, como sea, cada uno debería hacer un esfuerzo por examinarse y recordar que nuestra vida tiene sentido en función de la alteridad; es decir, somos por que los otros -nuestra familia, compañeros de trabajo, amigos, vecinos, etcétera- son como un espejo, reflejan y responden a nuestras reacciones y conductas. 

Los límites éticos entre la afabilidad y la violencia a veces se rompen con facilidad – ¿tráfico? – rápidamente perdemos la cabeza e inmediatamente nos arrepentimos o en el peor de los casos no sabemos qué puede suceder. Como sea, creo que la mejor solución que me enseñó hace unos años un maestro es: “nunca tomes decisiones cuando estés enojado, nunca”. 

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