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Quedarse en casa no es igual en una ciudad dormitorio

Se le llama ciudad dormitorio a un espacio territorial en la cual sus residentes normalmente trabajan en otra urbe. El nombre también sugiere que estas comunidades tienen poca actividad económica más allá de pequeños establecimientos para sus habitantes. 

La emergencia que vive el país ha permitido al ejecutivo declarar cuarentena domiciliar la que, hasta hoy, se ha extendido hasta el uno de mayo- con el objetivo de evitar la propagación del COVID-19 y llegar al descontrol sanitario. 

Aunque aparentemente la población ha acatado la medida, existen muchas familias que, por su condición habitacional, están comenzando a mostrar signos de desorientación emocional debido al poco espacio físico con que cuentan sus casas ubicadas principalmente en las zonas de ciudades dormitorio. 

Sin embargo, no en todos los municipios se ha cumplido el llamado al aislamiento debido a diferentes características y necesidades dentro de su vida cotidiana. En pocas palabras, se está “resolviendo” cada quien a su manera la cuarentena domiciliar. 

Como referencia de lo que se experimenta, se abordará la residencial Altavista, que abarca los municipios de Ilopango y Tonacatepeque. Un gran proyecto habitacional dividido en tres etapas, desarrollado por el Grupo Roble a mediados de los 90, con la construcción de viviendas para un segmento de población de bajos ingresos.  

Solo la fase dos de la residencial cuenta con cinco mil viviendas distribuidas en pasajes de unos 100 metros de largo, con una extensión de cinco metros de largo cada casa, las que comparten paredes laterales; cuentan con una zona verde de 2.80 metros de largo y tienen la distribución de aguas lluvias. Este diseño también está establecido para las casas vecinas, quienes como mínimo tienen menos de un metro de zona verde en la entrada frontal. 

Si el promedio de residentes en cada vivienda fuera de cuatro ocupantes, se tendría como resultado no menos de veinte mil personas viviendo en las dos etapas. 

¿Cómo están enfrentando la cuarentena domiciliar los residentes de Altavista?  Pues en la medida de lo posible, bajo sus propios criterios, sin una orientación definida, más allá que dejándose guiar por los rumores y según algunos consultados, sin el apoyo directo de la municipalidad. Las familias se han organizado para evitar posibles contagios, cerrando sus pasajes al acceso de personas o exigiendo la limpieza del calzado sobre trapos húmedos con lejía. “Acá no entran vendedores por eso hemos puesto cintas amarillas en la entrada de cada pasaje, recogimos para la lejía y vemos que si un bichito sale a la tienda, que vaya con su mascarilla y de vuelta a la casa, nada que se quede jugueteando por ahí, comenta Zoila Castro quien vive en la zona desde que se construyó la urbanización. 

Pero como dice Geovani Hernández, un pequeño panadero, difícilmente se puede contener el aislamiento cuando en toda la zona el servicio de agua potable se obtiene a veces cada 15 días. “Acá vez que las tiendas permanecen abiertas, la gente se auto regula. Vas a ver también, gente con sus barriles en las entradas de los pasajes esperando que una pipa llegue a venderles agua a $1.50. Los que están pasándola mal son los niños que están presos en estas cajas de fósforos. Ya a eso de las siete de la noche la gente encerrada”. 

“Dicen que no quieren gente apuñada, pero ahí vamos a tener que ir a la escuela a que nos den lo del refrigerio de los niños. Vaya el mío dice que no quiere, que me lo cambia por llevarlo al parque, aunque sea un ratito”, comenta sonriendo Maritza, una joven madre soltera. 

Otra de las ciudades dormitorio y en donde la emergencia se cumple con mayor rigurosidad, es la Residencial Libertad en el Distrito Italia de Tonacatepeque, urbe construida para los afectados de los terremotos de 2001; en donde viven unas diez mil personas, en su mayoría trabajadores del sector informal.  

Según datos del Fondo Nacional para la Vivienda Popular (FONAVIPO), las casas miden 32.4 metros cuadrados, distribuidos entre sala, dos dormitorios, servicio sanitario y una pequeña área de patio.   

Aunque esta zona no tiene deficiencia en el suministro de agua potable, registran otros problemas que se suman a la obligatoriedad de quedarse en casa. 

Douglas Rivera, es un joven albañil por cuenta propia y quien a pesar de haber sido beneficiado con la ayuda económica ha permanecido en resguardo junto a su esposa, su madre y sus tres hijos de diez, ocho y tres años.  

“Acá no podés salir para nada, los “bichos” andan “posteando” pasaje por pasaje. Si ven a alguien afuera les amenazan a que darán un “correctivo” y cuando entran los soldados, está la amenaza de llevárselos a un centro de contención. Estamos jodidos por las dos partes. Mis hijos ya hasta han llorado porque quieren salir… ni televisión quieren ver porque a cada rato sale la cancioncita de quedarse en casa. Ya las tareas de la escuela ya las han hasta repasado y solo me dicen que si ya puedo salir un ratito aunque sea a la puerta, pero aunque les explico que no se puede, para ellos esto es un castigo. Está fregado, ya no sé si creer cuando dicen que falta lo peor. Yo entiendo que es necesario quedarse en casa, pero estas no son casas en comparación a viviendas que son más grandes y en donde la familia  puede andar fácilmente. Acá en un metro esta un cuarto, en el otro la sala y cocina y unos dos metros más llego al patio a tratar de sofocar el calor”, se lamenta.   

Otro de los temores de Douglas es cuando llegue el momento de poder salir y volver a trabajar en su área de construcción. “Mi miedo será el salir a rebuscarme y llegar contagiado, juela, solo pensar que podría contagiar a mi familia me pone temeroso. 

Aunque el tema de cómo han logrado llevar el aislamiento domiciliar es diferente, hay algo que generaliza su opinión. No tienen claro las medidas a tomar más allá del lavado de manos y la mascarilla, por lo demás se guían por los rumores vecinales, muestran signos de intolerancia y sus emociones va desde la indiferencia hasta el pánico provocado por mucha desinformación.

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