RLM2
Rafael Lara Martínez

Rafael Lara Martínez

Professor Emeritus, New Mexico Tech
Desde Comala siempre…

Rutina de caminante

Dos maneras de llover, pétalos y lágrimas: camino bajo las flores que el viento dispersa de los árboles, mientras en la otra acera un niño llora bajo el severo regaño de su madre...

Basta salir un par de días para advertir cómo la caminata diaria y constante inscribe la costumbre.  Leve o rápido, el paso marca una escritura en la mudez de la piedra.  No importa que casi nadie la reconozca.  Tallada en el silencio, su glifo resulta incomprensible para el transeúnte aligerado.  Pero al caminar pausado, sin trote altivo, noto que cada huella traza un grafiti ilegible para la falta de atención.  Hasta la ausencia —la Muerte—, cobra vida en esa tacha, a veces secreta pero presente.  Se vuelve tan presente como los personajes vivos que permanecen sentados al borde de la calle.  Silenciosos, no enuncian más palabra sonora que la petición de una limosna.  De ellos, aprendo a descifrar el idioma rígido del asfalto, el relato de los muros sólidos como el viento, ya que su sello varía según el afiche y el autógrafo fugaz que lo recubre.  Lo viste de lujo, al exhibirse descascarado o mohoso; lo ensucia, si fresco opaca la pintura reciente.   

Más que la obvia evidencia de esos diseños, apostados al piso o la pared, la piedra resiente la presencia activa de los cuerpos humanos que a diario la resguardan del frío.  Cada cual la conserva según su actitud personal.  Sentados unos, callados; otros al ritmo de su propia música, mientras las figuras más devotas se hincan, en súplica hacia la multitud de paseantes.  Quizás con mayor devoción, sin palabra ni vista al frente, la humildad no sólo se arrodilla, sino se inclina hasta besar el suelo empedrado que transcribe su murmullo en saliva invisible.  Hacia el frente hinca los codos, mientras los brazos extendidos sostienen la gorra en depósito de la limosna.  El tambor cercano acompaña su rezo solitario, en aria de reclamo al apoyo.  Su actitud de postura a tierra contrasta con la petición abierta de quienes —en chaleco de uniforme—, recaudan fondos para ONG que sostienen causas benéficas.      

Sólo una señora —a pelo cubierto de bufanda en velo—, trota también por las calles, persiguiendo a quienes, por costumbre caritativa, la sostienen a diario.  Su desamparo lo articula la única frase que expresa: «comprar de comer».  Así responde a toda pregunta, sea a su nombre, o a la lengua que ya casi no habla al vivir aislada de su mundo.  Pierde lo propio, al enmudecer por la falta de aprender un nuevo idioma.  Ella no representa un caso único ya que —como sede de las naciones unidas migratorias—, el mercado congrega embajadas ocultas de varios países.  Algeria, España, Marruecos, Portugal, etc., se hallan presentes no sin declarar la mudez migratoria.  «Apenas recuerdo el árabe… ni lo puedo leer», me confiesa, «pero tampoco sé hablar francés, más allá de la compra y venta de estas frutas».  Al menos, hay jóvenes que guardan la esperanza profesional al dividir su tiempo entre el mercado y la universidad.   

Sin embargo, en la calle también la mudez invade a quienes sentadas expresan su inquietud en la posición de su cuerpo.  «Casi ni puedo escribir, pero aquí le doy un dibujito en recuerdo»; hace días agradecí el regalo pintado en mi agenda.  Nunca averigüé su nombre, pero abajo de una vitrina clausurada, hoy yace la muchacha extendida quien, a tan temprana edad, reitera su deseo de ser apuñalada en el centro mismo del corazón.  La oprime el descalabro de todo sentimiento, como si una vejez prematura le arrugara el alma luego de un desliz.  No le importa que las notas sensibles de un acordeón romántico le arrullen la siesta incómoda en la acera.  Tampoco la motiva el trabajo.  No bebe, pero la sobriedad le reitera la falta de ese apetito por vivir, que me confiesa un adulto a su lado.  Ignoro si sus lágrimas y postración denuncian la violencia amorosa.  Pero no me extrañaría; para quien la calle es su hogar, la violencia doméstica se traslada al exterior.  El rocío de sus ojos hace que la piedra se estremezca.  

Nadie representa mejor el acto fugaz de la vida en la calle que un escultor.  De vez en cuando, sin previo aviso, se sitúa en el centro de una pequeña plaza, rodeada de bares y restaurantes, a esculpir en arena una perra que amamanta a sus cachorros.  Trae un saco pesado de arena, varios kilos.  Pasa horas, el día entero, modelando la escultura.  Pero, al atardecer, la deshace y empaca de nuevo la arena.  Es arte efímero como la vida precaria de estas personas que, a diario viven de la limosna.  «Sólo quien anhela ser Dios, perdura en el infinito y lo eterno.  Yo soy humano y transeúnte», leo al frente.   

Entretanto, la multitud fluye como un río que desciende frío de la montaña en busca del calor de la playa, hasta diluirse en las olas del barullo.  A contracorriente, la marea se interna en la plaza central cuya enorme explanada invita a congregarse.  En ese torrente, no hay diálogo posible más allá de la disculpa por el tropezón o por la cortesía de dar marcha atrás al ceder el paso.  Hablar puede considerarse un peligro; a menudo se interpreta como acecho, seducción callejera que debe evitarse.  Incluso, si paso a diario por calles estrechas, menos transitadas, no me sorprende que, al percibir mi presencia ajena, el propietario de un pequeño comercio —a quien medio saludé un día—, se esconda para evitarme.   

Parece que la ciudad nos vuelve ariscos, recelosos de toda presencia desconocida.  Por eso, lo mejor es continuar la marcha a paso aligerado.  Si acaso me detengo, lo hago para indicar una dirección a turistas desorientadas.  O, quizás, con mayor detención, me encuentro de imprevisto con un mendigo —desaparecido hace meses—, quien me cuenta las pocas monedas recibidas hoy, el trajín por conseguir un trabajo estable.  Me entera de la huida de X a Alemania —compañero de limosna en la acera—, para evadir la justicia.  Acusado de robo y violencia, él mismo le prestó dinero que nunca le será retribuido.   

Transcurro hasta diluirme en la plaza.  Cual playa, los días de sol se llenan de mesas, repletas de comensales hambrientos, quienes se broncean mientras aprecian el almuerzo.  Ahí me licúo al sonido de los chorros de agua que saltan en líneas tangentes y, en su caída musical, amortiguan el bullicio de la muchedumbre.  Permanece el vapor de mí mismo, consciente de que mi carácter de transeúnte merece el nombre de mendigo del tiempo.  Al tatuaje de saliva y lágrima en la piedra —a las risas de los restaurantes—, añado la huella de mi pie cansado. 

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