RLM1
Rafael Lara Martínez

Rafael Lara Martínez

Professor Emeritus, New Mexico Tech
rafael.laramartinez@nmt.edu
Desde Comala siempre…

Salman Rushdie y la teología de la violencia

Al hablar del pasado, a menudo se excluye su permanencia en el presente.  A lo sumo, por una ilusión objetiva, el hablante (Yo) proyecta sus ideales para arraigarse en una tradición ancestral.  El cambio y la continuidad no dependen de las acciones anteriores, sino de los juicios que en palabras evalúan el pasado.  Así, resulta contundente la oposición entre la historia de los historiadores y la historia de los historiantes.  Los unos validan la verdad en su profesión académica; los otros en la vivencia.  Unos tienen la razón y el poder editorial; otros, el sentimiento y la tradición oral.   

Dos simples danzas de los «Moros y cristianos» —»El Gran Tarbolán de Persia» e «Historia de Carlos V y el renegado Corinto»—, plantean la discrepancia entre ambos bandos.  Si el análisis usual rastrea su imposición colonial, rara vez refiere las implicaciones actuales que se aplican en la política y en la academia.  La más obvia la expresan los catorce personajes que actúan la primera danza: siete «cristianos», una princesa «mora» y seis varones «moros», es decir, una mujer y trece hombres.  Esta mayoría define la masculinidad del debate bélico que absorbe la política de los dos grupos contrapuestos.  Escalonada en rangos —rey (1+1), embajador (4+3), general (1 moro) y gracioso (1+1)—, la jerarquía política viril absorbe la religión bajo su propia potestad de dominio.  La segunda danza verifica esta disparidad de género al presentar a doce personajes masculinos y uno solo femenino: rey (1+1) príncipe (1, cristiano), princesa (1, mora), capitán (1, moro), embajador (2+2), vasallo (1, cristiano), soldado (1, moro) y gracioso(1+1).  

Esa estricta jerarquía establece que, para hablar, hay que «pedir licencia», «rendir obediencia» y luego de «postrarse», el soberano otorga el permiso de «hablarme puedes».  El diálogo inicial —entre hombres, por supuesto—, concierne a la mujer, quien debe aceptar el dictamen de su padre, «el rey moro».    De «conceder vuestra hija» a Tarbolán, el pretendiente persa, el monarca lograría una sólida alianza contra los católicos españoles.  Al rechazarle ese don de la «gracia, perla lúcida», se produce el cisma que motiva la conversión religiosa del persa.  Como lo consigna la conclusión, la ofrenda más preciosa no consiste en «oro y plata», «navíos de ropa», «azabache y rubí’, ni en «perlas y diamantes», «joyas».  El verdadero tesoro lo ofrece el cuerpo vivo de la «reina hermosa y amada», quien consiente «obedecer…lo que me ordenes».  De la materia corporal, lo femenino asciende a expresar las nociones abstractas —la nación, la verdad, la poesía…—, que los hombres anhelan monopolizar en su lucha hasta el exterminio o la conversión del enemigo.  No extraña que el triunfo católico culmine con la aceptación de la mujer «mora» —metáfora de la nación vencida—, por aceptar al vencedor como marido.  Este rubro de género lo confirma la tradición cristiana, cuyo máximo insulto degrada al enemigo a la condición femenina si rehúsa enfrentarse en combate abierto: «morito cobarde/a ver si tienes calzones»; «hombre bajo, afeminado».    

Al igual que la mujer, la iglesia se somete a la autoridad reinante, a la potestad del rey.  Por eso, la presencia de un sacerdote resulta innecesaria, ya que el rey Fernando de «Castilla y España» —incluso el Gracioso cristiano—, bautiza a los moros antes de esclavizarlos: «mientras más moros, más ganancias»; «después de bautizarnos»; «en mí tienes un esclavo»; nos dejarán para sus esclavos», «le sea concedido el agua del santo bautismo» (Rey Fernando), «yo te bautizo» (Tostadía, Gracioso).  Quien no acate la ley eclesiástica de la realeza debe eliminarse de su territorio y no cuenta como persona.  Es la autoridad suprema quien concede el derecho de entrada a su recinto nacional y el derecho de habla, luego de aceptar su condición de súbdito y su servidumbre.  Por eso, postrarse ante él concede la posibilidad de la palabra.  Arrodillado ante la autoridad masculina, el nuevo súbdito puede expresar su perspectiva disímil en política y en religión.  El exterminio —la exclusión migratoria y editorial—, o la sumisión servil definen la aceptación del enemigo.  Su discurso disidente supone la mentira y la falsedad.  Por ello, mientras el islam juzga los santos católicos de ídolos politeístas —»bultos de palo…adoran sus dioses…tus dioses de palo»—, el catolicismo monárquico confunde al profeta Mohammed con la divinidad única, Allah: «al falso Dios Mahoma».  No hay diálogo posible.  El enemigo descuartizado se vuelve ceniza; converso, jura su servidumbre:  «mataré más cristianos que la peste»; «como gavilán hambriento…caerá mi machete en la nuca de ese moro».  La cima de la hombría presupone empuñar las armas —»el más pequeño varón» reclama «que me deis vuestro acero»—, para completar la exégesis bíblica en la violencia, «lo que está escrito/se ha de ver en las espadas».   

A igualdad de derecho guerrero, no hay una distinción radical en el credo, ya que en la danza ambas religiones inculcan una teología de la violencia.  Al eliminar, al convertir y someter al otro, se aplica un mandamiento bélico:  «matarás en nombre de la Divina Trinidad y de la Virgen o en nombre de Mahoma y Alá».  «Los dioses de palo» se contraponen a lo irrepresentable de «Mahoma, Dios», según una visión errónea, pero prevalente, de la diferencia.  Hasta en su gracia jocosa, el cristiano se vuelve caníbal: «coger este malvado/para comérmelo guisado», «no habrá otro Dios/como el de los cristianos/ya veis los campos teñidos/con sangre de mahometanos».  La guerra inculca una noción de sacrificio que el príncipe cristiano hace suya para implementar la fe verdadera, «pasaré este puñal por ese infiel corazón».   

La matanza del enemigo la legitima la autoridad política en nombre de Dios.  Mientras el coro cristiano canta «en nombre de Dios/todos los cristianos vamos/a las armas con valor» —»armas…guerra…»—, el islam replica «mataré más cristianos que la peste»; «guerra contra los cristianos».  «Los púlpitos dicen que mueran los mahometanos»; por «la fe católica que profeso…este puñal sangriento/lo sepultaré en tu pecho».  Incluso «la Virgen soberana, desciende a mi presencia» —a la del rey cristiano—, para enseñarle a los subalternos que deben «derramar vuestra sangre/por la religión del templo».  Como predecesor del lema «revolución o muerte», ese precepto religioso predice la entrega sacrificial del subalterno durante la guerra civil.  Hay que «morir» por la causa política-religiosa que augura la utopía imposible.   

***** 

No basta denunciar el atentado contra Salman Rushdie para observar todas sus causas y consecuencias.  La permanencia de las danzas nos enseña que el fundamentalismo religioso pervive en varias esferas del pensamiento.  En primer lugar, se hallan las leyes de la ginecología femenina que el hombre aún dicta a su arbitrio, sin vivencia propia.  Luego, el derecho de habla plantea una jerarquía política-académica que autoriza el uso de la palabra.  Esta palabra sólo cobra validez al adaptarse a las exigencias del poder.  No hay un verdadero debate entre opciones diversas de lo mismo (2+2≠3+1).  En cambio,  persiste la censura y la exclusión de la diferencia.  Quizás, sin acto violentos tan drásticos, el discurso actual debe adaptarse al molde teórico de la autoridad.  El atentado estalla en una constelación.  Del derecho viril que rige a la mujer conduce al habla —prerrogativa real (royal and real)—, hasta eliminar el diálogo y el debate, salvo en la sumisión y en la servidumbre.   

***** 

Nota final: este ensayo ofrece una interpretación actualizada de dos «Historias de Moros y Cristianos» transcritas por Adolfo Herrera Vega.  Miembro del Jurado calificador, Pedro Geoffroy Rivas le concede el «segundo premio nacional de cultura, rama folklore», en 1960. «El Gran Tarbolán» lo fecha de 1816 y asegura que «jamás se ha…dejado de representar , a no ser por un corto lapso posterior a la insurrección…del año de 1932».  Toda correlación entre esos eventos y la danza queda en suspenso, ya que los «archivos de Izalco» rara vez se toman en cuenta.    

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