monumento reconciliacion
Claudia Meyer

Claudia Meyer

Sobre derribar la reconciliación

El Salvador es un país lleno de sinónimos y eufemismos; por ejemplo, desde «retirar» un monumento, o «derribar», o «demoler», o «desmantelar». El retirar puede implicar quitar algo de su ubicación actual, mientras que derribar va más por una acción de tirar o destruir, igual que demoler, no así desmantelar que se asemeja a desarmar o desmontar.

En enero de 2024 está desapareciendo (otro sinónimo) el Monumento a la Reconciliación. Esta obra fue inaugurada para el 25 aniversario de la firma de los Acuerdos de Paz, en 2017. En diversas ocasiones, este monumento ha sido criticado por su diseño, la estética, el proceso y la inversión que se realizó en esta expresión artística que, según medios, representaba (si, en tiempo pasado) «El hombre y la mujer en traje de fatiga, desarmados, que caminan juntos representaban a los bandos en conflicto. Y atrás de ellos una figura más grande representaba a la ciudadanía».

La memoria histórica hace referencia al registro y la preservación de acontecimientos pasados que han constituido la identidad y el desarrollo de una sociedad. Va más allá de la enumeración cronológica de unos datos, ya que implica la interpretación y comprensión de los mismos, así como la reflexión sobre su impacto en el presente y el futuro, facilitando elementos para la toma de decisiones. Además, contribuye a la preservación del patrimonio cultural.

El derribar este monumento, precisamente en el mes de enero, es una narrativa poderosa. Influye directamente en la forma en que se transmite la historia y en cómo se percibe por parte de la ciudadanía. Ya los Acuerdos de Paz se han llamado previamente desde el oficialismo como una «farsa». En la memoria histórica el lenguaje utilizado para describir eventos y figuras influye en cómo una sociedad se percibe a sí misma y en cómo se forma.

Estamos siendo testigos impasibles de un proceso de distorsión y olvido. La idea de un «borrón y cuenta nueva» en la historia de una nación, va por la línea de omitir o minimizar eventos pasados, todos los que el oficialismo decida. El «borrón y cuenta nueva» socava la memoria colectiva, impide el aprendizaje y obstaculiza el avance hacia el futuro, sobre todo si se quisiese hacer desde la transparencia y la rendición de cuentas.

El 2024 es un año electoral: la manipulación de la historia con fines propagandísticos implica una deformación consciente de los hechos. La propaganda que busca reescribir la historia a conveniencia persigue influir en la percepción pública: al presentar una versión sesgada o tergiversada de los eventos pasados, busca condicionar las opiniones y actitudes de la ciudadanía actual. La propaganda que minimiza o niega, termina menospreciando a las víctimas.

El Salvador registró pésimos resultados en lectura en la prueba PISA 2022 (Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico). La relación entre una población con escasas habilidades lectoras y la memoria histórica, da paso a un terreno fértil para la manipulación por parte de un potente aparato gubernamental de propaganda con una narrativa amplia y controlada. Una población que no lee, que no analiza y que no verifica hechos, es el único y perfecto ingrediente para un gobierno que no quiere ni espera ser cuestionado.

Más allá de las críticas estéticas o partidistas hacia un monumento, lo que se ha derribado, demolido, eliminado y suprimido es un símbolo, uno que reflejaba la reconciliación. Esa palabra que alude a restaurar relaciones fracturadas, a reconocer responsabilidades, a superar conflictos, a la aceptación de las diferencias y la voluntad de trabajar a pesar de ellas, a un proceso que requiere de continuidad, de empatía y comprensión entre diversos sectores de la sociedad.  En el mes en el que se debiesen conmemorar los Acuerdos de Paz, en El Salvador se ha derribado la reconciliación.

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