hoja de otoño
Rafael Lara-Martínez (transcriptor)

Rafael Lara-Martínez (transcriptor)

Professor Emeritus, New Mexico Tech
rafael.laramartinez@nmt.edu
Desde Comala siempre…

Testimonio de hoja en otoño (S. da S.)

Nota: Este breve texto transcribe y traduce la experiencia testimonial de una joven mendiga en las calles de la ciudad. 

La calle estaba llena de gente, padres e hijos, amigos.  Algunos tenían paquetes de tiendas de moda, tiendas de lujo o estudiantes en fin de semana de integración.  A veces también pasaban manifestantes.

Los vi pasar a todos, pero no me vieron. Estaba sentada frente a una tienda, pero era invisible, un fantasma.  Varias personas se detuvieron para darme una moneda, otras caminaron sobre la basura esparcida en mi yogur, mientras unas cuantas se detenían y se disculpaban.  Otras me miraban furiosas, llenas de disgusto o lástima como si yo fuera un desperdicio de la sociedad.  Una hoja de otoño.  

Los niños eran los mejores, o los peores, mirándome constantemente a los ojos antes de alejarse.

A veces se volvían hacia sus padres pidiéndoles que me miraran como una de esas bestias de los espectáculos de monstruos de años pasados.  Como hoja marchita de otoño a barrer. 

Los padres se ponían de color rojo rubí, llenos de vergüenza por la comprensión de sus hijos.  Este paisaje estaba ahí y se repetía hora tras hora, día tras día.  

Algunas personas romperían este «hábito» haciendo preguntas, regalándome algunas monedas, sentándose a mi lado y tratando de charlar, mientras esperaban algo más importante que hacer, o simplemente querían pasar el tiempo.

Pero siempre me encontraba en el mismo punto después de partida, es decir, ignorada, despreciada, por la vieja burguesía que se creía superior a mí, señalada por los chavales, etiquetada.

No me conocen a mí, ni saben de mi pasado.  Sin embargo, se permiten hacer juicios sobre lo que ven, pegando fácilmente etiquetas como «vagabunda», «pobre», «basura», o incluso «fastidiosa».  Así lo hacía la pequeña burguesía en busca de joyas de precio desorbitado, donde tendría que vender un riñón, o pedir un préstamo a quince años para pagar una de estas pequeñas joyas.  Pensaban que pegarla a la ventana disuadiría a la gente de comprar sus productos…   

Mientras a mí, me barrían como hoja de otoño que el tinte de mi cabello reflejaba.  Rojizo y tan opaco como el excremento que hace florecer a quienes me rechazan.    

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