Arte y Cultura

¿Vivir del aplauso? Artistas en tiempos del COVID-19

En el esquema del consumo cultural hay dos extremos bien definidos: el primero, la oferta, que se refiere a todos aquellos productos o servicios generados por los creadores; y al final, la demanda, donde suele ubicarse al consumidor final que disfruta de dichas producciones. Entre oferta y demanda existe una transacción económica, lo que cada consumidor paga por disfrutar de productos o servicios artístico – culturales. 

La pandemia global de Covid-19 ha impactado muchas industrias y la cultura no ha sido la excepción, es más, ha sido una de las primeras: el consumo cultural provoca aglomeraciones en estadios, teatros, exposiciones, conciertos, museos, etc., y estas fueron de las primeras actividades en suspenderse por tiempo indefinido. En El Salvador, el Ministerio de Cultura, desde el 30 de enero de 2020 comunicó de la suspensión a partir del siguiente día, de todas las actividades culturales programadas en museos, teatros y espacios administrados por el Ministerio. Al 11 de marzo de 2020, según comunicado de la Dirección Nacional de Espectáculos Públicos, Radio y Televisión, se suspenden “todos los tipos de eventos de artistas internacionales o eventos masivos; esto con el fin de seguir indicaciones emitidas a causa de la activación de la alerta naranja…”; y a partir del 13 de marzo se suspendieron también las funciones cinematográficas. A la fecha operan solamente las industrias “indispensables” y una de ellas no es la cultura. 

Pero resulta que la cultura si ha sido necesaria: alrededor del mundo los museos empezaron a promocionar sus plataformas digitales y tours virtuales; músicos han hecho Facebook Live desde sus casas, dando conciertos o compartiendo canciones puntuales; los poetas y narradores comparten desde la oralidad sus textos en transmisiones en vivo; los espacios culturales han hecho uso de sus repositorios de audios y videos de actividades anteriores y están dando buena cuenta de ello…. ¿El problema? De gratis. 

La cultura salvadoreña se sumó a esa efervescencia de “liberar” y compartir contenido de manera gratuita; en las primeras semanas de la cuarentena domiciliar se liberó contenido audiovisual, se hicieron toques en vivo a través de Facebook Live, varias presentaciones de teatro se han reproducido desde la misma vía y, lo último, empiezan las sesiones cortas de formación a través de aulas virtuales, siempre de gratis. Sobre la cultura, el arte y el artista pesa la maldición y creencia que la inspiración les viene de algún lugar místico y que viven del aire; además que, como aquello que producen es parte del patrimonio de una nación, qué mejor que apoyar a la nación en tiempos de calamidad compartiendo de forma solidaria todos esos frutos de la inspiración, para el entretenimiento y distracción de los ciudadanos.  

Pasa que estamos cargados de mitificación y desinformación: ¿pediríamos que los abogados, contables o administradores nos dieran gratis sus servicios por estar en pandemia?, ¿se le exigiría a la industria plástica, textil, farmacéutica que se solidarice y regale toda su producción sin ninguna retribución?… ¿por qué al artista, por qué a la cultura ?… ah, es que se supone que no debemos comparar la cultura con esos otros sectores formales, porque esas otras profesiones y sectores si aportan a la economía, no como los artistas, con ese deje peyorativo de vagancia e indisciplina, entre otros tantos adjetivos denigrantes 

Resulta que la cultura si está cargada de procesos y seriedad: cada disciplina artística posee su ciclo de producción y hay múltiples profesiones en cada una de ellas. Por ejemplo, en la película salvadoreña Malacrianza, liberada en esta cuarentena, hubo un proceso de pre producción, producción, post producción y puesta en los canales de distribución; en esas etapas hubo una dirección, guionista, actores, encargados de gestionar las locaciones de la película, una dirección de arte que veló por el vestuario y estética de la película, música para la misma, un grupo de editores que trabajaron color, sonido, transiciones, un gestor para su distribución (si, se vio la película fuera del país y mucho), por mencionar solo algunas de las áreas involucradas. Pero en la creencia general, hacer películas en El Salvador pasa por tener garabateada una historia, que alguien tenga una “buena cámara”, par de cheros actores, alguien que sepa editar y ya, habemus película. En las transmisiones en vivo que han hecho bandas salvadoreñas, tenemos artistas varios que dominan cada quien un instrumento, que además han ensayado y ensayado y ensayado cada canción, misma que pasó por ser escrita y compuesta; interpretaciones que requieren de compras de instrumentos y tecnología, movilizaciones de recurso humano y equipo… ¿Quién paga todo esto?, ¿quién les financia?amor al arte le dicen, salario emocional también le mienten y por hoy se habla de “vivir del aplauso”. Estas prácticas llevan a una pregunta y a una creencia muy peligrosa: si producen sin que se les pague, ¿para qué preocuparnos por ello? 

Si la suspensión de actividades en espacios públicos en el país viene desde finales de enero, el artista lleva más tiempo padeciendo de falta de ingresos que otras profesiones que se vieron coartadas de sus industrias a partir de finales de marzo. Si bien los artistas también han podido optar y ser beneficiarios de los apoyos públicos como el subsidio de $300.00 o el paquete de víveres, el paliativo ha sido oportuno pero no es suficiente (más que crítica o exigencia, es una realidad); pero el Estado tampoco está en la capacidad de ejercer un asistencialismo permanente. Por ello hay que pensar más allá en una situación en la que las condiciones no tienen trazas de cambiar en los próximos meses y los artistas necesitan generar ingresos, tanto como para reinvertir en sus nuevas producciones y servicios, así como para su subsistencia y la de sus familias.  

A quienes les ha ido bien en esta crisis han sido a los portales que ofrecen estos contenidos para el entretenimiento a través de la suscripción pagada. A nivel internacional se reporta un aumento en el consumo de redes sociales, televisión y streaming; en España la cuarentena disparó el consumo de plataformas hasta las 45.6 horas semanales, situando a Netflix como la más vista. También HBO disparó su audiencia al 40 %. En El Salvador, un estudio de Analitika Market Research, señala que de las actividades que más realizan los salvadoreños durante la cuarentena, un 56 % reporta ver películas o series, e iguales de importantes son los porcentajes que se refieren a escuchar música y ver televisión; a leer libros no le fue muy bien. 

Aunque puedan diseñarse, gestionarse e implementarse incentivos, concursos y otras ayudas para el sector (que serán necesarias), algo que siempre debe estar garantizado, y en estas circunstancias, facilitado, es la distribución y el consumo. Si las métricas y experiencias mundiales nos dicen que mientras unos están faltos de ingresos, otros están creciendo de forma malcriada, quizás haya que prestar atención a las tecnologías como medio para facilitar el consumo y la transacción económica. Sobre todo en una coyuntura que nos hace reflexionar que los antiguos espacios presenciales de consumo seguirán vacíos por un buen tiempo 

¿Por qué no soñar con una plataforma que permita distribuir y consumir diversos productos artísticos salvadoreños? Una plataforma que permita al usuario escoger entre música, películas, artesanías, pintura, teatro o danza pregrabada, libros, escultura, videojuegos (que si los hay), animaciones, etc.; con un mecanismo pre pago o post pago electrónico que permita tanto el mantenimiento de la plataforma como la distribución electrónica de las regalías o el pago de los productos colocados por los artistas… por supuesto con cargos y la logística por envío cuando amerite hacerlo. Un mercado virtual de productos y contenido creativo salvadoreño, que además se convierta en una ventana digital al mundo de nuestro talento.  

Un proyecto de tal naturaleza podría conllevar otros beneficios o condicionantes (como quiera verse), como requerir la formalización de las actividades de quiénes deseen colocar su contenido o productos en la plataforma, acompañamiento y facilidades para la formalización de actividades económicas, asesorías y acompañamiento en derechos de autor y/o licenciamientos además de contratos de distribución, fortalecimiento de capacidades en administración, marketing e innovación… las posibilidades son numerosas. Y también disparan otro tipo de reflexiones, como la virtualización o digitalización de contenidos culturales, la realidad virtual en las artes, contenidos híbridos, producciones transmediaademás de considerar otros retos, como la brecha y la alfabetización digital.   

En el terreno de “se vale soñar”, un planteamiento como el expuesto más que un sueño podría convertirse en una necesidad y formar parte de un abanico de soluciones que, desde la innovación, proporcionen al artista la oportunidad de seguir percibiendo ingresos. Porque en momentos de crisis, de eso debemos disponer: del diseño de posibilidades y oportunidades, para su puesta en marcha.  

En toda esta vorágine de liberar contenidos, algunos artistas empiezan a pedir donaciones o a cobrar por sus presentaciones a través de depósitos a cuenta, compras en línea o transferencias a través de celulares; si no llegamos a un mercado virtual hay otro tipo de soluciones que pueden explorarse: es un terreno fértil para que los desarrolladores y especialistas en TIC´s puedan aportar salidas factibles para resolver este problema (y hay que pagarles también, por supuesto). Si bien el artista puede decidir compartir su contenido de forma gratuita, tampoco hay que aprovecharse ni hacer costumbre del altruismo; aunque hable en esta oportunidad desde una visión de mercado, no por ello me inhibe agradecer a los artistas que han cedido sus producciones: ojalá la población, algún día a través de la educación artística, sepa justipreciar el valor económico de lo que han regalado.  

Este artículo se ha pensado desde el consumo (el ingreso), pero también la coyuntura lleva a repensar, con la mira puesta en soluciones tecnológicas, la oferta, tanto en las formas de administración, de producción, de creación, de asociatividad, de gestión de lo cultural; de pensar las necesidades desde cada uno de los actores del ciclo de producción cultural, de cada disciplina, en tiempos del Covid-19. Las reflexiones empiezan a darse a nivel mundial y regional a través de foros, sesiones virtuales con especialistas e inclusive a través de hackatons para la búsqueda diversa de respuestas especiales para el sector cultura; son esfuerzos público – privados, acompañados o no de organismos internacionales: es tiempo de aportes y colaboración a través del pensamiento estratégico y la innovación.  

Ahora que la cultura a nivel global está sumergida en los mismos problemas, tenemos la oportunidad de salir a flote a través del benchmarking y las alianzas; el rezago, a la larga, todavía podría salirnos más caro.  

Referencias 

ABC.ES (05 de abril de 2020). La cuarentena dispara el consumo de plataformas hasta las 45,6 horas semanales. Recuperado de: https://www.abc.es/play/television/noticias/abci-cuarentena-dispara-consumo-plataformas-hasta-456-horas-semanales-202004051827_noticia.html 

Analitika Market Research (2020). Impacto del Covid-19 en el consumidor salvadoreño. Los efectos psicosociales, perspectivas futuras de consumo y cambios en los hábitos de compra de los salvadoreños. San Salvador, El Salvador. 

El impacial (25 de marzo de 2020). HBO dispara su audiencia al 40 % durante la cuarentena por el coronavirus. Recuperado de: https://www.elimparcial.com/dinero/HBO-dispara-su-audiencia-al-40–durante-la-cuarentena-por-el-coronavirus-20200325-0092.html 

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