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Rafael Lara Martínez

Rafael Lara Martínez

Professor Emeritus, New Mexico Tech
Desde Comala siempre…

Yul(ta)ketzalis, reflexión sobre el pasado (resumen)

Pensar el pasado plantea un problema vital. Se habla de lo inexistente, de igual manera que sucede al referir el futuro. Un vacío se interpone entre la presencia y la ausencia. Además, el pasado y el pretérito remoto añaden una premisa suplementaria. Narran la vida de los muertos. Objetivamente, hablo de lo que no existe y de lo que desconozco por vivencia directa. Esta paradoja sólo la completa la muerte o el viaje al inframundo. Mientras las Ciencias Sociales insisten en restituir los hechos objetivos, a contrapunto, la poética la desafía por la exigencia testimonial de la experiencia subjetiva.   

Luego de describir dos obstáculos a esta visión mito-poética de la historia, se describen cuatro (4) rasgos claves de la gramática náhuat que concluyen en una episteme singular de la historia: el triángulo saber-conocer-creer. El primer obstáculo lo levanta la literatura salvadoreña monolingüe. Desde el siglo XIX —pasando por el auge de la novela testimonial en los ochenta—, hasta la colección de literatura que culmina el siglo XX —la Biblioteca Básica de Literatura Salvadoreña (1996-1998)—, se confirma el castellano-centrismo de esta esfera de la identidad nacional. Se identifica lo indígena con lo castellano sin una mito-poética propia.  
El segundo obstáculo resulta de la con-fusión entre las palabras y las cosas, entre el dicho y el hecho. Un simple ejemplo en inglés sirve de punto de partida. «I sit down/I stand up» no equivalen a «me siento/me paro», salvo que la expresión nocional del vector (down/up) identifique la reflexividad (me). Las lenguas no expresan las mismas categorías y, por ende, existe el impulso a evaluarlas en su jerarquía por calcar el mundo. Al traducir lo real en palabras, las categorías nominales del náhuat ofrecen una oposición diametral con las lenguas occidentales. Sin explicación adicional, estas nociones son: absolutivo (xule-t;  a-t), vocativo (¡xule!), posesivos (-nu-xule-yu vs. nu-siwaw/siwachin vs. nu-pil-tzin), plurales clasificadores ((laj)lala) vs. sitalmet vs. tepetket, vs. manuwan ¿relación subjetiva con el hablante?) y locativos (-a-pan de -a-t; -ix-pan, -kuj-tan…; donde x = sh del inglés).  Si el término -a-pan que hoy se traduce por un sustantivo «río, -agua-locativo» ofrece la misma terminación que una presunta preposición —-ix-pan, enfrente de, -ojo-locativo»— este rescate de la memoria olvida el archivo etimológico que emparienta a ambos conceptos en su filiación locativa a un nombre de lugar: Ahuachapán (-pan).  
 
Igualmente sucede con los rasgos gramaticales que caracterizan el náhuat. Me limito a cuatro aristas. La primera noción es la palabra-oración. Por la marca de la tercera persona en cero (ø) —sin género (ello(ø)/it)— nombrar equivale al acto jurídico de atribuirle cualidades culturales a las cosas. No existe la simple palabra «hombre» ni «mujer», sino siempre ofrece su conjugación en una tercera persona implícita: ni/ti/ø-takat/siwat, yo/tú/ello(ø)-hombre/mujer (I/you/it-man/woman). También, todo verbo se halla conjugado, sin un infinitivo que lo desplace del espacio-tiempo terrenal: ni/ti/ø-kuchi = yo/tú/ello(ø)-dorm(ir) (I/you/it-sleep(s)).  
 
La segunda noción es el verbo como centro rector de la palabra-oración íntegra, donde toda frase adicional —sujeto, objeto u otro— funciona como oración suplementaria. Además, muchos sustantivos describen la actividad de la cosa que nombran, en vez de utilizar una simple etiqueta arbitraria. Por tanto, si la oración «ø1-ki2-tzutzun ne ø-te-kwa-ni1 ne ø-teen-kal2» se traduce «toca el jaguar la puerta», su traición es evidente. Literalmente dice: «ello(ø)-lo/a-toc(a), lo que es comelón de gente, lo que es abertura casa».  Ligado a este concepto, se hallan los verbos de movimiento cuyo carácter prospectivo (ir a), retrospectivo (venir de) o la estación (estar en) la determina la raíz verbal misma. Si las lenguas mesoamericanas eluden el uso de preposiciones —por nombres relacionales (ø-nu-wan, «es mi compañía = está conmigo»)— los complementos locativos utilizan sufijos: -ku, -pan, -tan, reconocidos en los topónimos o nombres de lugar: ø-nu-ix-pan, «es ante mi(s) ojo(s), está delante/enfrente de mí».  El uso reciente de preposiciones —ka, por ejemplo— adapta la lengua subalterna a las reglas gramaticales del idioma hegemónico, el castellano: ka nupan, «a/de/en tras de mí»; ø-witz ka Puxtan, «viene a «en el lugar de (-tan)» pux».  Así, los antiguos locativos —Izalco y México con igual terminación— pierden su valor ancestral al asimilarse a un sustantivo, como si el lugar (estar) fuese un ente (ser).   

La tercera noción define una lengua serial, cuyos verbos se conjugan en serie sin infinitivo. De nuevo, la traducción corriente traiciona la lengua original. Na ni-yawi ni-mu-kwepa ni-k-ilpia, «yo voy a volver a amarrarla», literalmente dice «es-yo, yo voy, yo-mismo-vuelvo, yo-la-amarro».  

La última noción la expresa el uso de partes del cuerpo como metáfora de conceptos abstractos. Piénsese en términos castellanos como «descabellado (loco)», «oreja (espía)», «bocón (hablantín)», «echarle ojo (cuidar)», «dar una mano (ayudar)», para entender que cada parte proyecta una metáfora o sentido distinto del biológico. Así, cinco (5) se dice «maa-kwi-l, mano-tomar-pasivo» es decir, «lo que se man-tiene o tiene a la mano». Si en francés ese «mantener» designa el presente, el ahora como único tiempo vivo — main-tenant— el náhuat lo llama «maa-pipil, los hijos de la mano», base del conteo aritmético. La visión del pasado náhuat difiere radicalmente de la historia como ciencia social.
 

Mientras las Ciencias Sociales concentran su investigación en los archivos para construir un saber, el náhuat piensa que el pasado y el pretérito se insertan en un triángulo nocional complejo. Al saber (-mati) se añade el conocer (-ix-mati, ojo-saber/saber visual) y el creer (-yul-mati, corazón-saber/saber cordial). Al reducir el pasado al saber, se engendra el siguiente par de paradojas. El saber desconoce lo que dice; carece de visión (-ix). El saber no cree lo que dice; carece de cordialidad viva (-yul). En este triángulo nocional —sé, conozco y creo— la historia náhuat recupera la vivencia de un Dante indígena quien luego de un viaje al inframundo rescata el pasado óseo (ADN) de los ancestros, para renovar el proyecto futuro de su comunidad.  

La Biblioteca Nacional no sólo la almacena un edificio. La inscribe la geografía o escritura de la tierra que todo habitante conoce (-ix-mati) y la escribe el cementerio que levanta la creencia (-yul-mati) de los antepasados. Acaso las conmemoraciones poéticas anuales a un personaje difunto —a un hecho histórico singular— calquen ese triángulo nocional resaltando uno de sus vértices. La creencia en los Muertos alza (-(ki)-ketza) algo (-ta) que sólo descifra el habla (-ta-ketza) de su reflexión (yul-(ta)-ketza) atávica (ikman).
 

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