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Las cartas estaban echadas, ¿qué sigue…?

El arriesgado titular del 14 de septiembre de 2020 “Las cartas están echadas” se cumplió; y más allá de las encuestas lo que significaba ese encabezado era una atmósfera, un humor social generado por una compleja ecuación política que yuxtaponía diversos elementos: desgaste de los partidos, castigo por la corrupción, ausencia de liderazgo en la oposición, entrega de ayuda gubernamentaldisminución de homicidios, disrupción, nuevos escenarios digitales de la política, etcétera. 

En nuestro medio demográfico y socio-económico, cerca de un 80% de la gente “no tiene nada que perder”, están cansados de promesas incumplidas, de la corrupción y realmente poco entienden o poco le importa el crecimiento económico, situación fiscal, autoritarismo, democracia, entre otros conceptos sofisticados. El círculo profesional de clase media más crítico es muy reducido, no llega al 20%; y un porcentaje minúsculo, del 3%, está en el Olimpo haciendo dinero. Entender esto es clave…  

La democracia contemporánea no es igual al reductivo modelo ateniense de Clístines de unos pocos ciudadanos; y menos aún en el escenario digital de las redes sociales, en dónde el poder se hace cada vez más “líquido” (Bauman), y penetra en los entresijos de las comunidades.  

La pregunta es qué sigue después de estos resultados. Un punto de inflexión será el factor económico, determinado por el endeudamiento, la situación fiscal y el bajo crecimiento económico. El gobierno actual es un “gastador” significativo de recursos -para bien o para mal- y al hacerlo sin análisis de costo-beneficio y sin planificación los recursos se agotan más rápido de lo que creemos 

Más allá de las remesas y de un tibio crecimiento económico producto de la inversión extranjera, al parecer nos quedan tres caminos dramáticos: a) Gestionar más ayuda de China; b) Crear o elevar impuestos; o c) Desdolarizar la economía o en el mejor de los casos imprimir billetes. Los escenarios no son muy alentadores. Podría haber otros… 

El gobierno ya no tendrá excusas ni culpables, logrará el control total del Estado o podrá intentar una refundación de la República. El experimento puede salir bien o mal; el pronóstico es reservado. El presidente tiene viento en popa y logró lo que nadie creía.   

Las relaciones con nuestro principal socio no pasan por un buen momento; el cambio de Trump a Biden ha erosionado la comunicación y probablemente la ayuda que podamos recibir del gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica.   

El presidente y su equipo pasan por una fase de blindaje; no hay reportaje ni investigación periodística que les haga mella. Además, por si fuera poco, creó sus propios aparatos de comunicación y periodismo a la medida, que van creciendo significativamente. Los medios deberán revisar detenidamente su equipaje y seguir haciendo su trabajo en condiciones cada vez más difíciles y hostiles.   

El gobierno tiene casi todo en “bandeja de plata”, lo único que lo puede desgastar es que se debilite su sistema de articulación con la gente, mantener este nexo será la tarea oficialista para los años que vienen. 

Los partidos de la oposición tradicionales no desaparecerán; quedan mutilados y heridos, pero con la capacidad de recomponerse, sí, y sólo sí, si diseñan un buen acto de contrición por sus pecados, se arriesgan a un rebranding, renuevan su liderazgo y logran entender la dinámica y lógica de la sociedad digital. Los nuevos partidos, que también inician su historia con bajos números, posiblemente son muy progresistas para una sociedad conservadora, y deberán tener paciencia y seguir trabajando, buscando una lógica más municipal en dónde puedan demostrar su eficacia.   

Si el gobierno, pese a su abrumador triunfo, busca el entendimiento y el diálogo con los perdedores, disidentes y críticos, es probable que pueda encauzar al país hacia un rumbo mejor. Esto implica una alta madurez. No se trata que lo necesite, sino recordar que es el mandatario de todos y no sólo de su club de amigos y fans.

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